Opinión

Actualidad de Evangelium Vitae

TRIBUNA

Alejandro San Francisco | Martes 24 de marzo de 2015

El derecho a la vida ha sido considerado desde hace mucho tiempo como el principal de los derechos humanos. Sin embargo, a pesar de eso, en diversas sociedades se ha producido una discusión especial en el caso de los niños por nacer, que en muchos países ha llevado a la legalización del aborto. Es verdad que en cada país hay algunas variantes, desde el aborto libre y abierto, en cualquier caso, en otras legislaciones se aceptan solo algunos casos que se estiman especiales, como son los embarazos producto de una violación o el llamado aborto terapéutico. En todos esos casos el resultado es el mismo: la muerte del niño que está por nacer.

Esto y una larga tradición doctrinal llevó a Juan Pablo II a publicar su Encíclica Evangelium Vitae, el 25 de marzo de 1995, una fecha especial que se conmemora en muchos países como una fiesta por el Día del niño por nacer. Al cumplirse veinte años desde su aparición, conviene revisar algunos de sus aspectos principales, varios de los cuales conservan plena actualidad. El Sumo Pontífice fue muy prolífico en su Magisterio, tanto en las numerosas visitas pastorales a los diversos continentes como en la publicación de varias encíclicas sobre asuntos muy variados, algunas de ellas centradas en temas de la doctrina social de la Iglesia, como Laborem excercens, Sollicitudo rei socialis y Centesimus annus, mientras otras representan textos doctrinales importantes, y con consecuencias prácticas, como son Veritatis splendor, Evangelium vitae y Fides et ratio. Se trata de obras que en el fondo están conectadas, representan una visión antropológica unitaria y muestran una actualización de la doctrina católica sobre temas que tienen una permanente actualidad.

Una de las principales preocupaciones de Evangelium Vitae son las nuevas amenazas contra la vida humana. Si en el pasado la hambruna, las enfermedades y las guerras fueron plagas dolorosas, a fines del siglo XX la situación había evolucionado positivamente, pero aparecieron "nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano", con el agravante de que amplios sectores de la opinión pública “justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias" (n. 4). Entre ellas destaca especialmente la eliminación de muchas "vidas incipientes o próximas a su ocaso", es decir aquellas provocadas por el aborto o la eutanasia.

Como destacaba Joseph Ratzinger el 2003, en Las catorce encíclicas de Juan Pablo II, estamos frente a un asunto crucial: "La vida humana, donde se la trata como mera realidad biológica, se convierte en objeto del cálculo de las consecuencias. Pero el Papa, con la fe de la Iglesia, ve la imagen de Dios en el hombre, en todo hombre, sea pequeño o grande, sea débil o fuerte, sea útil o parezca inútil". Evangelium vitae expresaba que la raíz común de las tendencias contrarias a la vida o las que menoscaban el valor de la vida según las circunstancias es el "relativismo ético" presente en muchos aspectos de la cultura y del orden político contemporáneos. Y concluye el Sumo Pontífice: "Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar" (n. 73).

La doctrina de la promoción y defensa del derecho a la vida es integral, y se refiere tanto a la protección de los no nacidos como al respeto a la dignidad que corresponde a aquellos que ya nacieron, y el apoyo especial que merecen los más necesitados por razones de salud, pobreza o malas condiciones de existencia, para que puedan desarrollar una vida que les permita un adecuado desarrollo espiritual y material. Así lo había reconocido expresamente el Concilio Vaticano II, en el documento Gaudium et Spes (n. 27), cuando señala:

"Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana".

Como se puede apreciar, el tema es complejo de indudable actualidad. Las cosas, desde 1995 hasta hoy, han tendido a consolidar las tendencias denunciadas por Juan Pablo II, y es posible que una reversión cultural en favor de la vida humana demore todavía algún tiempo. Después de todo, las tendencias culturales que han favorecido el aborto en el mundo llevan un trabajo de largo plazo, muy intenso y consistente, con importantes victorias. Construir una cultura por la vida requiere un esfuerzo inmenso, recordaba el Papa, tanto en la formación de la conciencia moral como en la educación, en la labor de la mujer y el trabajo de las familias, en las tareas académicas y en los medios de comunicación, en el ámbito de la cultura y en la política.

Es evidente, por lo demás, que un esfuerzo en esta dirección es un llamado muy amplio, que excede los límites de una religión, al apelar a valores humanos profundos y que pueden ser ampliamente compartidos. En definitiva, es necesario un trabajo que permita provocar una efectivo cambio cultural en un mundo que sufrió mucho la multiplicación de la muerte en el siglo XX, y que requiere de convicciones profundas para enfrentar las amenazas todavía vigentes contra la vida humana en el siglo XXI.