A qué viene tanta lujuria y tanto manoseo de huesos ajenos. A qué obedece el atractivo de la osamenta que en fiel reposo de hasta cuatro siglos perduran bajo tierra y a nadie causaron mayor dolencia. Dejen de una vez el hurgamiento y rebusca de fémures, tibias, peronés, húmeros y astrágalos. Por amor de Dios, dejen en paz la historia de cada cual y por tratarse de Don Miguel de Cervantes a mayores el repudio por vulnerar tan sacro esqueleto.
La cultura se guarda en los anaqueles, ahí es donde hay que acudir en sabiduría y no utilizando el menosprecio de unos restos que en nada nos hablarán de lo que ya está bien escrito e ilustrado por la ciencia de tan insigne maestro. Entonces, ¿a qué viene ahora remover muros, cámaras y profundos suelos? Lean y sáciense de tanto saber en cultura de libros; sí hombre, sí, la que fuera escrita con pluma de ave, fuerte y tosca, impregnada en tinta negra sobre papel de tela.
Este país de atolondrados regidores, más entregados a destruir que a lo contrario, en nada nos debe extrañar que algún botarate de prosaica mente y funda de consejero, haya visto en los cazadores de fósiles una veta turística cuatrocientos años después. Pues miren ustedes, insensatos iluminados, ni el barrio de las letras en Madrid es el Valle de Abu Simbel, ni estamos tan necesitados de contemplar restos óseos que vayan ustedes a discernir si son de un miembro de la Orden Trinitaria o de alguna hermana misericordiosa.
Si han de hacer algo sus Señorías, vuelquen en doquier todo empeño posible para el fomento de una ruta turística, pero con el ahínco y respeto que merecen tantos ilustres referentes a la cultura, pues no olviden que España vivió una época de auge sin precedentes en aquél Siglo de Oro, donde las letras hispanas brillaron, no sólo con la figura de Cervantes, sino con Quevedo, Lope de Vega o Góngora, por poner meros ejemplos. Hagan maridaje con lo de hoy existente, buenos lugares de encuentro, por cierto, buenos vinos y tapeos cohabitan en este barrio, pero aún así la zona está a falta de cuerpos y en sobra de huesos, que por cuerpos son magnánimas las citas lapidarias en pavimento, dicho sea, pero a pie de transeúntes y vehículos que en poco o nada hacen honra al estar grabadas con letras de oro, eso sí, pero que están todas por los suelos. Si quieren turismo de cultura y a la vez de paladeo, defiendan la historia y lectura de las buenas obras escritas, pero ha de hacerse con ardor y con licencia de conocimientos, con la cabeza alta y que se vea bien de lejos.
Que nadie se ofenda por mis requiebros, que ya sé que más de uno y personas en más de ciento ahora se frotan las manos sabedoras que con tal descubrimiento al hacer llenaran sus bolsillos de euros. Vendrán vendedores ambulantes, relicarios y folclore del nuestro, amenizarán las largas colas de la antigua calle Francos, hoy Cervantes, y a no tardar algún que otro asentamiento dedicado a la venta de refrescos. Y todo eso y más, gracias a un montón de exhibición de huesos. Tengan escrúpulos los inventores de esta tropelía, pues flaco favor a la cultura hacen sus Señorías en dando pábulo de turismo por un simple recreo visual de cualquier esqueleto. Eduquen al pueblo en el devenir de la enseñanza al más puro estilo de los maestros, y hagan hueco en su hueca sesera para tener luces de regidores cultos en lugar de iletrados inciertos.
Dejen en paz a los muertos de cuerpo, que no de alma y obra. Aprendan de las letras cursivas la manera de no agredir el futuro y apuesten por la lectura de buena terapia. Sean compulsivos con la educación y no con tanto afán por llenar arcas, que un pueblo educado es un pueblo capaz de discernir un discurso serio de una prédica sin sustancia ni mérito, aunque esto no les resulte a usías de interés en mi argumento. Si Don Quijote levantara la cabalgadura tengan sus Señorías por buen seguro que no daría pábulo a tanta herejía, como lo es ésta de remover los huesos de su propia historia y la de su inventor maestro. Que así sea.