El trágico accidente aéreo de los Alpes ha reunido inusualmente en el escenario de los hechos a los tres máximos dirigentes de los países más afectados, Alemania, España y Francia. Para algunos, un exceso. Pero, probablemente, no lo haya sido. Porque es cierto que sólo los gestos no hacen política, pero no hay política sin gestos. Y política es tomar el timón de la sociedad conmovida, pues son los accidentes aéreos los que causan más impacto emocional por razones que no se corresponden con el volumen de la tragedia (mueren muchos más cada día en accidentes de tráfico) sino con su impacto en el inconsciente colectivo.
Hollande, Rajoy y Merkel han estado donde tenían que estar. Han aprendido las lecciones de quienes en situaciones similares no lo hicieron, y causaron la enajenación de sus conciudadanos, no por no hacer su trabajo como dirigentes eficaces, sino por olvidar que las sociedades las unen nervios tan sensibles como indefinidos que alguna cabeza tiene que organizar.
Ni Hollande, ni Merkel ni Rajoy van a explorar los restos en la montaña, ni van a retirar los cadáveres, ni van a escudriñar en las cajas negras. Pero tampoco lo vamos a hacer la mayoría de nosotros. Por eso, su trabajo es representarnos para consolar a las víctimas y dar las gracias a quienes cargarán con el trabajo duro, y tan cerca de ellos como se pueda, en ese escenario alpino que si antes era de belleza discutible, ahora no es más que el erial donde yace el drama.
No se trata de sobredimensionar un gesto como el protagonizado por estos dirigentes, que, a fin de cuentas, tampoco era tan difícil de pensar. Pero sí puede servir de comparación con la ausencia de ellos en los liderazgos europeos durante una larga temporada, porque la prolongada crisis económica (junto con algunos factores añadidos) ha causado una posición de los dirigentes políticos cada vez más a la defensiva.
Los líderes (en España, “los políticos”), más que representantes han sido los muñecos del pim pam pum de la feria. Más que respetados, o al menos comprendidos, han sido culpabilizados. Y no porque no existan siempre razones para la crítica, que eso es democracia, sino más allá de ellas, como si tales políticos fueran figuritas de vudú a quienes muchos ciudadanos les han traspasado su angustia personal a base de alfilerazos.
La culpa no es obviamente de quienes miran con recelo a sus dirigentes, sino también de los líderes mismos, que han pensado que lo que se esperaba de ellos era que pidieran perdón, siempre y por todo. Y no era del todo cierto. Lo que se les exigía no era que causaran compasión, sino que infundieran esperanza.
El liderazgo político está menos estudiado en Europa que en Estados Unidos, probablemente porque las democracias parlamentarias otorgan menor relevancia a sus dirigentes que las presidencialistas, que son excepción en nuestro Continente. Allí se construyen líderes en un cuidadoso laboratorio de imagen. Aquí, los líderes parecen mediatizados como si tuvieran que ser más gestores de empresas dependientes de juntas de accionistas, que abanderados carismáticos al frente de una tropa popular.
No sé si Hollande, Rajoy o Merkel entendieron ayer así su misión. Probablemente sí. Y quizá les convendría sostener esa actitud en el tiempo. Al menos a dos de ellos, con más problemas que la tercera: Hollande y Rajoy.
A nuestro presidente del Gobierno le hace falta superar su naturaleza de gestor (a mi juicio, de éxito) si quiere afrontar las exigencias de la democracia mediática, la de la imagen. Porque Rajoy, por su forma de ser, gana mucho en la cercanía, pero aparece distante a través de los medios. Sus competidores no pueden ofrecer mejor capacidad de gestión, pero sí están jugando con éxito con otros intangibles, como la simpatía o la pasión. Con lo que ningún competidor cuenta es que Rajoy es el actual presidente del Gobierno, y como tal, puede ofrecer liderazgo, si es que su pudor no se lo impide.
Susana Díaz ha sido capaz de plantear un tiempo político nuevo en Andalucía, siendo la representante de un partido político viejo e incompetente en esa región. Ésa es la medida del liderazgo: que la confianza y la esperanza se sobrepongan al pasado, independientemente de sí éste se ha desarrollado con errores o aciertos. El pasado no puntúa para el liderazgo. Sólo el futuro interesa.