Opinión

Los intocables millonarios griegos

ENTRE ADOQUINES

Alicia Huerta | Miércoles 25 de marzo de 2015

Hace varios días, en medio del fuego cruzado y la tensión negociadora de la UE con Grecia, un visiblemente molesto Francoise Holland se quejaba ante los medios de que los millonarios griegos no contribuyeran a pagar las deudas de su propio país, al borde de la bancarrota. Francia, tan harta como Alemania de hacer el papel de bruja avara dispuesta a dejar a su “amiga” Grecia caer por el precipicio financiero que se avecinaba, mostraba por fin su monumental cabreo a través del cansado gesto y las elocuentes palabras de su presidente. No pedimos que los griegos que no tienen nada se vean obligados a sufrir más recortes, pedimos que los griegos ricos paguen sus impuestos, vino a decir el líder galo. Por fin, alto y claro, sin eufemismos o conceptos abstractos. No es lo mismo escuchar que el gobierno de Alexis Tsipras tiene que luchar contra la evasión fiscal en su país como parte del programa que la Troika le exige para prorrogar las ayudas, que entender la lógica de lo que pide la “malvada” UE: que las grandes fortunas griegas empiecen a pagar los correspondientes impuestos. Unos impuestos que, aunque nos parezca increíble, en la mayoría de los casos nunca han tenido que abonar al fisco. Para colmo, semanas antes de las elecciones que dieron el mando al partido de Tsipras, muchos de esos millonarios sacaron del país lo que aún tenían allí, a la vista. Simplemente, para “salvarse” en el caso de que el nuevo gobierno se plegase a los requerimientos de Europa y le diese por creer que podía tocar a los “intocables”.

Se calcula que desde el pasado mes de diciembre salieron del país heleno 7.000 millones de euros, desaparecidos “misteriosamente” del sistema financiero nacional. Si se analiza el periodo de 2010 a 2012, las cuentas dan ganas de llorar: cerca de 80.000 millones de euros procedentes de las familias más adineradas de Grecia se largaron al extranjero. Si el Estado resultaba deficitario, el problema no era suyo, debieron de pensar los acaudalados griegos. Que el Gobierno administrara mejor lo que tenía o pidiera más préstamos a los “generosos” bancos alemanes – también, en su día, dispuestos a hacer su particular agosto sin demasiadas preguntas ni garantías – y, después, ya se vería. Lo que se empezó a ver fue el caos. Se habían acabado las irreales vacas gordas. Burbujas que explotaban, desempleo, recortes, familias que no podían pagar ni los recibos de la luz, que perdían sus casas. La Troika no tardó en avisar a Grecia del peligro. Hace cuatro años envió un mensaje rotundo a los mandatarios helenos del momento: señores, acaben de una puñetera vez con la evasión fiscal. Solo que no era tan fácil. Menos aún, cuando no se tuvo intención alguna de hacerlo. O quizás, agallas. Porque, como es obvio, quien tiene una gran fortuna ostenta, asimismo, un gran poder. Que, además, se remonta a generaciones, rancios apellidos, dinastías republicanas con mucho más poder que las monárquicas dispuestas a revolverse, antes de admitir que los tiempos han cambiado y que ellos son, precisamente, quienes más han de contribuir a eso que se llama Estado del bienestar. Porque son los que más ganancias obtienen en su país.

Da la impresión de que, por el momento, a los magnates griegos esto les suena bastante a chino. Y, como lo único que no se pega en esta vida es la hermosura, a los griegos de nivel económico medio o modesto tampoco les hacía gracia contribuir con su cuota correspondiente al Estado. A ese mismo Estado, al que luego se le exigen subsidios de desempleo, sanidad para todos, acceso gratuito a la educación, infraestructuras y otras “menudencias” por el estilo, aunque nadie quiera preguntarse de dónde demonios sale la pasta para costear todo ello. Es algo, reconozcámoslo, muy de mediterráneos. Solo que tanto Italia como España, viendo que el rescate amenazaba en el horizonte y la prima de riesgo rozaba la estratosfera, se pusieron manos a la obra. En cuanto la Troika tosió, se acabó eso de jugar con cuentas en paraísos, y las amnistías fiscales iban a servir no solo para repatriar fortunas. También, para iniciar procedimientos de inspección que le dieran al Estado lo que era suyo en beneficio de todos. Había que subir impuestos – una guarrada -, pero, sobre todo, recaudarlos. Y ya no siempre a los pobres pringados con una nómina en el banco, peccata minuta. El torniquete tenía que aplicarse a los miles de millones procedentes del blanqueo, la corrupción, el chanchullo. Muerte a la mal llamada “ingeniería financiera”.

En Grecia, sin embargo, no ocurrió así. Para empezar, porque los políticos dedicaron ese tiempo precioso a luchar entre ellos en una guerra que solo trataba de preservar las fortunas de toda la vida. En especial, las del sector más influyente del país, el de los armadores, que siempre ha estado protegido frente al Estado. El semanario alemán Der Spiegel denunciaba en un reportaje que, gracias a 58 regulaciones especiales, unas 800 familias relacionadas con el negocio naviero se encuentran exentas de pagar ningún tipo de impuesto. A los alemanes, cansados de ser vistos como insolidarios con sus pobres vecinos griegos, aquello les sentó a cuerno chamuscado. ¿Cómo se traga eso de que la mayor potencia del negocio marítimo comercial del mundo, junto a Panamá, lleve años amenazada con morir de inanición si los demás socios europeos no continúan sufragando sus gastos? Difícil, ¿verdad? Aunque más complicado parece que el nuevo gobierno heleno sea capaz de cambiar el hecho de que la exención de impuestos sobre las ganancias de los armadores esté incluso garantizada por el artículo 107 de la Constitución. Al menos, no de la noche a la mañana. Porque los armadores siguen en sus trece, amenazando con no dar trabajo a los griegos o cambiar la bandera de sus naves si su peculiar situación fiscal cambia. Una verdadera lección de solidaridad, de esa que, sin embargo, los griegos se empeñan en pedir al resto de los países de la Eurozona. Un despropósito. Y una paradoja: según el mismo artículo de Der Spiegel, los armadores griegos pagaron 15 millones de euros en 2012, mientras que los marineros que operan los barcos pagaron 55. Otro dato revelador: cada año se presentan 4 millones de declaraciones, y la mitad quedan exentas de pago.

Por supuesto, los sociólogos han querido dar una explicación a este congénito rechazo griego a pagar impuestos y para ello no han dudado en remontarse al pasado otomano de aquellas tierras. Como lo oyen. A aquel lejano periodo en el que no pagar tributos suponía una forma de resistencia frente al ocupante extranjero. Sin comentarios. ¿A alguno de ustedes le hace maldita la gracia pagar impuestos, con o sin pasado otomano? En todo caso, en Grecia la corrupción del funcionariado tributario es parte – en muchos casos, cooperador necesario - del problema. Así que, en estos primeros intentos de acabar con la evasión, el Gobierno ha tenido que mandar a las islas a una unidad especial dependiente de Atenas y no a los viejos inspectores locales. Un estudio de la Autoridad de Auditoría de Contribuyentes griega ha sacado a la luz que de los más de 500 investigados, solo 20 estaban pagando impuestos en el país. La conclusión es que las arcas del Estado dejan de ingresar cada año 20.000 millones de euros, más del 8% del PIB, una cantidad suficiente para atajar el déficit fiscal en 2 años.

Por eso, ¿cómo no van a subirse por las paredes los mandatarios de países como Francia y Alemania cuando se les acusa de poco solidarios? El diputado alemán del CDU Kurt-Georg Wellmann, por ejemplo, declaraba que “Antes de meterle la mano en el bolsillo a los alemanes, los griegos debían pensar en sus propios millonarios”. A pesar de todo, los ministros de economía de la zona euro daban finalmente este martes su visto bueno a la lista de reformas entregada in extremis por el gobierno griego, prolongándose con ello cuatro meses la vida del enfermo. Y, ¿después? El ministro de Economía alemán, Sigmar Gabriel, uno de los mayores críticos de los planes de rescate porque considera que afectan de forma exagerada a los contribuyentes alemanes, ha asegurado que la UE respaldará activamente a Alexis Tsipras si se toma en serio la lucha contra la evasión fiscal, la cual debería contemplar el bloqueo de cuentas bancarias de ciudadanos griegos en otros países europeos. Grecia dispone ahora de cuatro meses para dar signos de que, en un futuro, será capaz de llevar a cabo sus loables programas sociales y humanitarios a través de sus propios medios económicos, sin culpar de sus desgracias a otros países que lograron evitar el rescate ni hacer demagogia a costa de la “insolidaridad” de sus vecinos, que sí pagan, aunque duela, sus impuestos.