Este espléndido discurso del más grande logógrafo griego, el único de los pronunciados por Lisias en persona que se nos ha transmitido en su totalidad, es uno de esos discursos políticos, que después de haber pasado 36 años de la primera vez que lo traduje en mi querida Salamanca, pilotado por el gran profesor don José Vara Donado, aún me conmueve por su amor a la libertad y el decoro humano, y pone en vergonzosa evidencia los discursos chocarreros y desmañados de los políticos de hoy, empezando por los que preparan los discursos del buen Rey Felipe VI (los de la Reina son mejores, y eso que sus asuntos no suelen tener interés estrictamente político).
Lisias construye una invectiva impecable contra el breve y sanguinario régimen de los llamados Treinta Tiranos, aunque reconociendo que el acusado, Eratóstenes, integrado en la corriente menos tiránica, la de Terámenes, es quien menos mal hizo de todos los Treinta. Eratóstenes representa el típico ciudadano-político que hace el mal (la detención inicua en la calle de Polemarco, el hermano de Lisias) porque no resiste el miedo que imponen los tiranos más brutales, a diferencia de Sócrates que supo controlar su miedo, y con absoluta dignidad no detener al ciudadano que los Treinta Tiranos le pidieron apresar. Y es que la pasión del miedo es aquella que más nos corrompe y más nos indignifica como seres humanos. El momento en que aparece esta oratio lisíaca era un momento relativamente favorable para los designios justicieros de Lisias, ya que los ánimos se hallaban todavía exaltados y estaba fresco el recuerdo de la bárbaras tropelías de los insaciables Treinta Tiranos. Pero también eran los días en que los vencedores (los demócratas) y los vencidos (los oligarcas) de aquella Guerra Civil estaban tratando de construir una reconciliación nacional que impidiese la rendición de las viejas cuentas – a los españoles nos tiene aún que sonar mucho -. Se decretó el olvido de los hechos acaecidos y demócratas moderados y antiguos amigos de los tiranos sellaron un pacto de silencio perpetuo que suponía el olvido de los crímenes de los oligarcas y la corrupción de los demócratas.
Es así que Lisias representa nuestro Trevijano, como campeón de una intransigencia vengativa y justiciera, antipática y disonante con respecto al tono de fatigada relajación pasional que suele dominar en las posguerras y en las transiciones con consensos que asesinan toda la memoria del pueblo.
Es así que Lisias, el acusador, como Trevijano, estaba predestinado al fracaso. Pero como diría el genio zamorano Agustín García Clavo en uno de sus magníficos sonetos “Enorgullécete de tu fracaso / que sugiere lo limpio de la empresa”. Fue inútil que desplegara, precisamente en este discurso, las más bellas galas retóricas, que lo convirtieron sin duda no sólo en la obra maestra de Lisias, sino en uno de los grandes monumentos de la libertad; inútil también que, remontándose sobre el poco seguro terreno legal, convirtiera el proceso de Eratósthenes en el proceso de todo un régimen, de todo un negro período de la historia de Atenas; inútil todo porque los nuevos gobernantes preferían el orden y su nuevo enriquecimiento a la estricta justicia, y no querían que una venganza contra los asesinos de sus amigos y hasta de sus parientes pusieran en peligro su poder tan difícil e indignamente conseguido, y hozaban alegres su vida porcina.
Eratósthenes fue absuelto; y así, este discurso, tan hermoso y sublime, sobre todo en su dramática y vigorosa “narratio”, a partir de la cual se podría hacer una novela de terror político, es de las pocas obras lisianas que no lograron sus fines. La Democracia Ateniense entraba en una etapa mortecina e indigna, y que nunca tendría ya la grandeza vigorosa de la gran Democracia Ateniense del siglo V a. C. Y aunque con frecuencia la comodidad moral, cuando no la mera cobardía y el egoísmo mezquino, explican las componendas políticas entre el régimen que fenece y los representantes del régimen naciente ( a menudo incubado en el seno desgarrado del régimen anterior ), las figuras señeras de gente briosa como Lisias y Trevijano, modelos de intransigencia moral contra el mal, permanecerán siempre como paradigmas morales indelebles a imitar, a pesar de que la pusilanimidad amoral de sus coetáneos, sencillamente quizás de la propia naturaleza humana herida –el pueblo nunca es un colectivo de héroes- los hayan llevado al fracaso, que es el fracaso que se explica siempre por la carne trémula y miedosa del pueblo en general, base de sus sustancial vasallaje.
Entresaquemos, en fin, algunos párrafos de este discurso, y pensemos que quizás la “paz en libertad” surgida tras la caída del régimen de los llamados “Treinta Tiranos” ha podido darse también en otros muchos lugares y momentos de la Historia…
“(…)una vez que los Treinta, malvados y sicofantas como eran, llegaron al poder, a pesar de que andaban diciendo que era preciso dejar la ciudad limpia de malhechores e inculcar a los ciudadanos, sobre todo a los más jóvenes, el amor a la virtud, la justicia y la igualdad, aún expresándose así no se resignaron a obrar a ese mismo tenor,(…)”
“(…)ordenaban lo que había que votar y quiénes tenían que ser magistrados, y eran dueños de hacer las candidaturas”. “(…)los ciudadanos cobardes y mal aconsejados votaban lo que se les imponía”.
“Ocurre, pues, en la ciudad lo contrario de lo que sería razonable, porque lo justo era que también los amigos de Terámenes perecieran, excepto alguno en el que pudiera darse la circunstancia de haberse opuesto a él; pero veo, en cambio, que las defensas se hacen en referencia a aquél, y que los que con él operaron intentan recibir honras cuando fueron vuestros amos crueles, como si él hubiera sido el causante de muchos bienes, y no de grandes males.”
“Después de haberos esclavizado por mantenerse fiel a aquéllos, luego traicionó a sus amigos para seguir en el poder, y os traicionará de nuevo a vosotros”.
“Se trata de ser esclavos o ser libres”.
“Os esclavizó dos veces, en su desprecio por lo presente y su afán de novedades y, retorciendo el lenguaje y usando los más bellos nombres de modo impropio, se constituyó en maestro de las más terribles fechorías”.
“A mí me parece que sería capaz de atreverse a todo quien ahora, no siendo jueces otros sino los mismos que fueron perjudicados, se ha presentado con desfachatez a defenderse ante los propios testigos de su maldad: tanto es su desprecio hacia vosotros o su confianza en otras personas”.
“Piensan que gozarán ellos mismos de gran impunidad en relación con lo hecho y que podrán obrar en lo sucesivo como se les antoje si, después de haber apresado a los culpables de los mayores males, les dejáis marcharse”.
“Desean que vosotros seáis sumamente olvidadizos”.
“Creo que era mucho más fácil hacer oposición antes bajo su yugo que ahora protegidos por vuestras propias leyes”.
“Si le absolvéis se verá que aspiráis a actuar del mismo modo que él”(…) “Ni penséis tampoco que el voto ha de ser secreto, porque vais a demostrar a la ciudad cuál es vuestro criterio”. “Su poder será vuestra servidumbre”.