Los Lunes de El Imparcial

Philippe d’ Iribarne: El islam ante la democracia

ENSAYO

Domingo 29 de marzo de 2015

Traducción de Santiago Martín Bermúdez. Pasos Perdidos. Madrid, 2015. 192 páginas. 16,50 €

Por Rafael Fuentes



Los conflictos seculares entre Occidente y el mundo islámico, que retornan en nuestros días a ser acuciantes -incluyendo los cada vez más frecuentes brotes violentos de musulmanes nacidos y educados en secularizadas sociedades occidentales-, impulsan nuevos estudios, basados en ópticas novedosas, sobre el fenómeno de esa confrontación. A esta nueva oleada de investigación pertenece El islam ante la democracia, del sociólogo e investigador del Centre National de la Recherche Scientifique Philippe d’Iribarne, autor a su vez de textos clave como Culturas y globalización (1998) o Pensar la diversidad del mundo (2008). Philippe d’Iribarne parte del precepto de conocer al Otro bajo aquel axioma de Todorov según el cual desconocerlo conduce al miedo y al enfrentamiento violento (por más que ese apotegma de Todorov quizá debiera ser completado teniendo en cuenta que también el desconocimiento del Otro puede generar credulidad y una falsa familiaridad que nos deje inermes frente a la agresión.)

Philippe d’Iribarne trata de superar los prejuicios del orientalismo, definido por Edward W. Said como una constelación de lugares comunes contra lo islámico de origen medieval que alcanzarían su culmen a partir del pensamiento ilustrado: Montesquieu, Tocqueville, y continuado por Max Weber o Ernest Renan hasta hoy, configurando una “islamofobia” que se asienta en una visión distorsionada. Por igual, D’Iribarne rebasa también la crítica al orientalismo de Said que atribuye la beligerancia musulmana al imperialismo europeo -que en tiempos modernos daría comienzo con la llegada de Napoleón a las pirámides-, punto de partida de un colonialismo y hostilidad occidentales, donde deberíamos hallar la explicación del retraso musulmán frente a Europa y de su lenta secularización.

Contra ambas líneas de prejuicios encontrados se sitúa Philippe d’Iribarne. Para ello busca la motivación central de la resistencia a los valores democráticos en el propio islam. Existen avatares políticos y geoestratégicos que influyen sin duda en esa repulsa a lo democrático, pero el autor de Pensar la diversidad del mundo se concentra en lo que considera su piedra angular: el universo mental generado por las verdades coránicas. Este regreso a la exploración del Corán desde la perspectiva de la tolerancia y lo democrático se había convertido poco menos que un tabú, en tanto que su análisis se vuelve revelador.

El Corán, como creador de un universo de sentido, trasmite un profundo temor a la división (la fitna). Y en consecuencia destierra el debate intelectual, el discurso plural o el desacuerdo dentro del respeto. El axioma coránico comunica una verdad que no admite réplica pues constituye la Ciencia de Dios. Quien no lo sigue está en el campo de la falsedad injuriosa: “Siguen una simple conjetura -nos dice el Corán-. La conjetura no sirve de nada contra la Verdad.” (LIII, 28). Frente a la evidencia coránica solo cabe una actitud: la sumisión –no es casual que Michel Houellebeq titule precisamente así, Soumission, su última novela sobre el islamismo en Francia-. Si alguien no se somete simplemente le espera un castigo horrendo: “Los incrédulos continuarán dudando de él hasta que llegue súbitamente la Hora, o bien el castigo de un Día devastador.” (XXII, 55). No existe piedad para los no creyentes: “Vuestro refugio es el fuego; nadie podrá socorreros.” Sentencias -entre otras muchas- espigadas en el Corán, que dan cuenta de un mundo mental cerrado incompatible con las aspiraciones democráticas.

Philippe d’Iribarne, en uno de los apartados más lúcidos de su trabajo, desautoriza la extendida creencia de que el islam correrá antes o después una suerte similar al cristianismo, en el que a una época autoritaria y despótica le ha sucedido un repliegue de lo religioso hacia la conciencia individual, haciendo posible una libertad política. En El islam ante la democracia se señala el abismo que separa a ambas religiones monoteístas. Occidente se fragua en el ágora griega, donde la luz no llega desde arriba. Allí las limitaciones de la humanidad no se perciben como una debilidad, sino como un instrumento creativo para la duda, la reflexión consciente de sus límites, y, por lo tanto, un instrumento “que le permite escapar de la desmesura”.

Del mismo modo, el cristianismo puede asumir la tradición filosófica griega -véase como paradigma a san Agustín- porque el mundo cristiano acepta tantear en la búsqueda de una verdad esquiva, con el reconocimiento de que “son legítimas distintas opiniones y de que el debate de buena fe es constructivo”. La idea de "sumisión" no posee relevancia en los Evangelios. A pesar de haber sucumbido a fases de cruel intolerancia, la suma del ágora griega y la enseñanza evangélica está en una visión diametralmente opuesta al Corán, y por ello posibilitó la eclosión de los valores de la Ilustración.

La unanimidad sin fisuras que exige la cosmovisión del Corán no lleva a augurar una evolución parecida. El islam interviene activamente en esa resistencia a lo democrático y los derechos individuales en el ámbito musulmán y, hoy por hoy, el desarrollo de la educación coránica, el aumento de la peregrinación a La Meca y la influencia de los modernos medios de comunicación -concluye D’Iribarne-, no empuja a ninguna secularización, sino muy al contrario, “a la radicalización, la hegemonía de un islam legalista mundial fundado en torno al Libro y acompañado de un estricto control comunitario para hacer respetar las prohibiciones religiosas.” El futuro está abierto y nada se puede descartar, pero es bueno adecuar nuestras expectativas a un conocimiento del Otro sin estereotipos anclados en la buena o mala fe. Ensayos como este ayudan, pues, a mantener los ojos bien abiertos y afilar el análisis.