Opinión

Morir con alas prestadas

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Martes 31 de marzo de 2015
Terrible y cruel ha sido la tragedia del avión de Germanwings. Excelsa la actuación de autoridades y no menos sobresaliente el hacer ciudadano. Ahora bien, sin perder de vista que el cerebro humano guarda para sí lo mejor y también lo peor de nosotros mismos, a pesar de que tengamos la mayor capacidad de conciencia del reino animal y destacar por nuestra competencia para desarrollar cultura y tecnología, resulta que mantenemos vivas en el interior del cerebro las primitivas estructuras de los reptiles y de los primitivos mamíferos. Quizás por ello abandonamos conductas racionales y cometemos el error de confiar en nuestra propia suerte dando por seguro que muchas de las cosas que nos rodean funcionan por sí solas o por mera costumbre.

Mala cosa si la voluntad de quienes toman decisiones en nombre de la mayoría radica en un solo ser. A mi juicio esto es demasiado peligroso cuando nosotros mismos fabricamos la soledad y el aislamiento ajeno. Resulta frustrante, por tanto, mancillar el dolor de tantos familiares y personas allegadas a las víctimas por el simple hecho de focalizar el suceso en el comportamiento de un joven copiloto, cuya responsabilidad no tendría que haber ido más allá que la de haberle impedido pilotar un avión lleno de pasajeros. Por ello, y en este caso, me niego a convivir con el fatalismo de la casualidad y el destino de cada cual.

Las víctimas no tienen otra culpa que la de haberse puesto en manos de quienes ofertan la garantía de sus propios actos. Si como parece ser, queda demostrada la principal tesis del copiloto como causa de este horroroso suceso, no cabe otra que alargar la sombra de la responsabilidad allá donde alcance todo este asunto que, a pesar de la rapidez en las investigaciones, aún queda envuelto en una serie de incógnitas.

Si el pasajero está sometido a controles y chequeos de todo tipo antes de embarcar en un avión, cosa que me parece de capital importancia, dada la convulsa situación mundial, resulta igual de obligatorio que por parte de la tripulación deban estarlo también, quizás con mayor rigor por el compromiso que exige el atender y salvaguardar al pasaje. A fin de cuentas, cada vez que nos subimos a un avión lo hacemos con las alas prestadas.

Si el piloto fue la causa de tal horror, significa que nadie quedamos fuera de esa esfera social, pues basta una sola décima de segundo en el perfil de cualquiera para que la psiquis nos conduzca a lo imprevisible; ya lo dijo Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”. De manera que no es tan abrumador el destino cuando lo insólito se cruza en el camino para que cualquier catástrofe deje de tener voluntariedad y lo sea por causas naturales o por mero infortunio; ahora bien, la negligencia de quienes tienen el encargo de controlar todo lo que honra a la eficacia de proteger la vida de los demás, no debe redundar en una contumaz e histriónica calificación de “homicidio involuntario”, pues las diversas informaciones que trascienden sobre el caso nos describen al copiloto Andreas Lubitz como alguien que estaba siendo tratado de un Trastorno de Ansiedad Generalizada y con un pasado de enfermiza tendencia suicida. Se hace costoso, pues, pensar que una patología de tal naturaleza no emita señales de advertencia dentro del propio entorno de trabajo y de manera especial en sus superiores. Una amiga de Andreas ha declarado al periódico Der Spiegel que desde hacía bastante tiempo este chico estaba atravesando una crisis existencial.

En fin, ser víctima de los demás puede ser grave, lo peor es cuando los demás se convierten en víctima de uno solo y encima otros le prestan a éste las alas para volar con destino hacia la nada. Estúpidas e innecesarias muertes.

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