Traducción de Miguel Martínez-Lage. Siruela. Madrid, 2015. 112 páginas. 13,95 €. Libro electrónico: 7,99 €
Por Adrián Sanmartín
La editorial Siruela cuenta en su catálogo con buena parte de la producción de Amos Oz y ha tenido la feliz iniciativa de poner en marcha la “Biblioteca Amos Oz”, donde hasta el momento han aparecido Una historia de amor y oscuridad y Quizás en otro lugar -primera novela del escritor israelí-, títulos a los que ahora se suma La bicicleta de Sumji, primorosa nouvelle, cuya publicación en hebreo data de 1978.
En Una historia de amor y oscuridad, Amos Oz -nombre imprescindible de las actuales letras israelíes-, nos ofreció una espléndida autobiografía novelada, en la que vuelve sus ojos hacia su infancia y adolescencia en Jerusalén y en el kibutz de Hulda, durante las décadas de los cuarenta y los cincuenta del pasado siglo, para explorar, y con ello de alguna forma exorcizar, los fantasmas de un pasado con dolorosos episodios. Su protagonista es un niño que descubre la complejidad de la vida, la irremediable presencia del sufrimiento, y tiene que enfrentarse al terrible hecho del suicidio de su madre, que le suscita sentimientos encontrados.
También el protagonista de La bicicleta de Sumji es un niño a punto de cumplir los once años que vive en Jerusalén y que ha de aprender a madurar, a aceptar los cambios que entraña la existencia, a superar las frustraciones y a adaptar los sueños a la realidad: “Desde que estuve en tercero o cuarto, mi imaginación se vio catapultada por las montañas del Himalaya, esa sublime cordillera del corazón de Asia […] Aquella palabra maravillosa: Himalaya. En las frías noches de invierno, acurrucado bajo el calor de mi manta, la repetía una y otra vez […] Con solo subir a las alturas del Moab miraría al este y vería, a lo lejos, los picos cubiertos de nieve del Himalaya. Y luego abandonaría la tierra del Moab y viajaría al sur, a través del desierto de Arabia, por el estrecho de las Lágrimas, hacia la costa del cuerno de África. Y penetraría en el corazón de la jungla rumbo al manantial del río Zambeze, en la tierra de Ubangui-Chari. Y allí, completamente solo, viviría una vida libre y salvaje”.
Porque, claro está, Sumji, desde cuyo punto de vista, en una narración en primera persona, se rememora la historia, no puede ir al Himalaya. Vive en una Jerusalén bajo el mandato británico y tiene un padre severo. Su tío Zémaj le regala una bicicleta que luego cambiará por un tren, y después por un perro, y, cuando el animal se le escapa, encuentra un sacapuntas. Un sacapuntas que Sumji dará “como prenda de amor”, pues está enamorado de su compañera de clase Esti.
En La bicicleta de Sumji, que tiene mucho de novela de aprendizaje, nos encontramos sin duda con lo que Amos Oz señaló en su discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias: “Si adquieres un billete y viajas a otro país, es posible que veas las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y los enclaves históricos. Si te sonríe la fortuna, quizá tengas la oportunidad de conversar con algunos habitantes del lugar. Luego volverás a casa cargado con un montón de fotografías y de postales. Pero, si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de otro país y de otro pueblo. La lectura de una novela es una invitación a visitar las casas de otras personas y a conocer sus estancias más íntimas”. Aquí conocemos a un delicioso personaje que comparte con nosotros sus más secretos deseos, su ansia de aventura. Y nos cuenta la mayor de ellas: la del crecimiento, la del camino hacia la madurez.