Pedro J. Cáceres | Domingo 05 de abril de 2015
El contexto de mi historia taurina, hoy, es de frustración, mal sabor de boca y dolor ajeno.
Dolor ajeno por la derrota de Iván Fandiño, el domingo en Las Ventas, en lo que era un reto, personal, y un desafío a toda la tauromaquia actual: abrir temporada en Madrid, en solitario y con toros de seis hierros de los que llaman duros, dicen que muy de la afición de Madrid –otro balance paralelo del Domingo de Ramos es que con tal premisa y el resultado final conocido, queda retratada dicha afición sobre sus gustos “toristas”-, y que salvo excepciones son hierros descatalogados. Y así pasó. Cuatro silencios, dos de pitos y una salida poco deseable entre alguna almohadilla y bronca, de media intensidad, que subió de tono cuando el torero se encaró con un paisano.
Mal sabor de boca, le queda a uno, que dicho público, afición es otra cosa, que venía forzando a Fandiño a seguir por el camino equivocado del gladiador romano -que si bien le dio buenos frutos al inicio porque no había otra forma de abrirse paso, para luego demostrar que con el toro posible es proyecto de figura posible-, dicho público no supiera estar a la altura de las circunstancias en agradecimiento por darles el capricho y, aun censurando puntualmente actuaciones por debajo de sus enemigos, valorar el gesto en toda su medida. No valen ovaciones roto el paseíllo para luego pasar factura con intereses de usura por una desafortunada tarde.
Mal sabor de boca por leer como se quiere hacer leña de un árbol, que ni mucho menos está caído –recordemos la zurra a Talavante con los 6 “vitorinos” y al festejo siguiente abrir puerta grande, con toros posibles, con la de Victoriano del Río-.
Mal sabor de boca que el vasco no triunfara pese a la frustración personal- susceptible de venganza o al menos ninguneo- de no haber podido contribuir, servidor, antes del festejo con sus sensaciones previas (parece que tenía exclusiva con dos medios como un famoso en el Hola) y el porqué de tan arriesgada acción vender más el evento y después, el lunes, o martes, o miércoles…o hoy, no poder servir de vehículo para explicar, él –en estas ocasiones no vale la “voz de su amo”- lo sucedido, se exculpara de lo que fuera preciso, analizara la tarde, y , por encima de todo, hablar que lo suyo ayer fue el mayor triunfo de un torero en Madrid poniendo el cartel de “no hay billetes” fuera de abono, que no ocurría desde un día de otoño de 1997 que lo hizo El Juli, de novillero. Pretendía, el que suscribe, poner en positivo lo que la gesta tuvo de ello y, sin minimizar la derrota, no convertirla en un fracaso, sino hacerla un poco más dulce y desde el agradecimiento a haberse atrevido a algo tan osado en tiempos de conformismo, comodidad y estabulamiento del escalafón que hace de esta nuestra tauromaquia de hoy que carezca de emociones, al menos previas, aunque luego las cosas no salgan, pero al menos se ha intentado.
Y frustración por no haber contado con su confianza para todo lo expuesto.
No entiendo su ocultamiento previo para vender el evento, salvo lo anteriormente citado.
Ni tampoco, su desdeñar la oportunidad con tal planteamiento -expuesto a sus “orejas remotas”, por este cronista- para que compareciera ante oyentes y lectores y supieran su versión y que aún derrotado propuso un reto de héroe, y valorar para el futuro su poder de convocatoria. Es posible que ahora esté en fase depresiva, razón de más para quitarse cuanto antes, con viento a favor, los fantasmas. O que el arranque heroico que le llevó a asumir algo inédito, o así, sea tan sencillo, y tan perverso, como la soberbia.