Opinión

América Latina con malas noticias

TRIBUNA

Alejandro San Francisco | Martes 07 de abril de 2015

"Esperamos para América Latina una tasa de crecimiento en 2015 que es de las más bajas de los últimos 15 años", han sido las lapidarias palabras de Alejandro Werner, Director del Departamento del Hemisferio Occidental del Fondo Monetario Internacional (FMI). Este martes 7 de abril el FMI publica su informe World Economic Outlook, con un análisis sobre la situación global de la economía.

Como suele ocurrir en procesos como éste, las causas de esta caída son múltiples, entre las que destacan la desaceleración sostenida de China, el gigante mundial, y la caída en el precio de los commodities, cuyo resultado sería el bajo crecimiento de la región. De hecho, en lo que va del 2015 ya se ha notado esta situación, con un Brasil que no crece y que está con riesgos de contracción, fenómeno que ya afecta a Venezuela experimenta, Argentina presenta un bajo crecimiento, y países como Chile y Perú observan también una desaceleración. A nivel mundial, en cambio, las buenas noticias vienen por parte de los Estados Unidos, y algo parecido pero en menor escala se ha visto en Europa y Japón. En el Viejo Continente destaca especialmente la situación de España, que muestra signos de clara recuperación y ha logrado crear fuentes de trabajo y reducir el número de desempleados.

Estas noticias económicas de América Latina son malas y provocarán, nuevamente, un retraso en las vías al desarrollo que habían emprendido muchos países de la región en las últimas décadas. Muchos sostenían durante el siglo XX que el problema del continente era estructural, producto de la dependencia. Algunos sugirieron la necesidad de avanzar en procesos revolucionarios violentos que cambiaran el modelo de sociedad, situación que se logró apenas en Cuba, y Nicaragua en menor medida, con penosos resultados para sus respectivas poblaciones. Como consecuencia de esa situación y del contexto de la Guerra Fría, emergieron dictaduras militares que en las décadas de 1970 y 1980 llenaron la región, sin que la situación de sus respectivos países haya cambiado radicalmente. La última década del siglo permitió avizorar un futuro mejor, con la irrupción de regímenes democráticos prácticamente en toda América Latina, y la implementación de reformas económicas liberales (en Chile habían comenzado un poco antes), que permitieron reducir la pobreza atávica y alcanzar un crecimiento económico sostenido e inédito.

El problema de fondo es que el punto de partida estaba muy abajo: millones de personas viviendo en la indigencia, cientos de millones padeciendo la pobreza. De hecho, según datos del Banco Mundial, apenas tres países tienen una pobreza menor al 20% de la población en la región: Argentina, Chile y Uruguay. Aún así hay buenas noticias en algunos países, cuya tendencia ha sido la disminución de los índices de pobreza en los últimos años, entre los que destaca también Uruguay, además de Perú, Brasil, y en menor medida Ecuador y Colombia. Algunos países, lamentablemente, tienen niveles de pobreza que superan el 50% en la actualidad: tales son los casos de Guatemala, Honduras y Nicaragua.

El tema económico es crucial, porque no hay derrota de la pobreza sin crecimiento de la economía, y cualquier estancamiento tiene como resultado la condena de millones de personas a vivir en malas condiciones, por meses, años o incluso décadas. Las consecuencias de situaciones como ésta son lamentables: menor esperanza de vida, una educación incompleta o de mala calidad, acceso a prestaciones de salud más precarias, una vivienda de menor calidad y muchas veces incluso inestable y sin sostén legal. Además, la perpetuación del círculo vicioso de la pobreza, debido a la menor movilidad social, transformando esta lacra en algo hereditario, precisamente por falta de oportunidades laborales y de progreso.

No podemos dejar de mencionar una situación preocupante, como es la crisis que enfrentan algunos gobiernos de América Latina y la situación de desprestigio casi generalizada de la actividad política en la región, lo que ha quedado demostrado en la escasa adhesión que muestran las encuestas tanto a los gobiernos como a los políticos en general, la irrupción de situación de corrupción que enlodan de manera generalizada a la actividad política y también al mundo privado, convirtiéndose en pasto fértil para los populistas de cualquier signo, con el peligro que ello entraña y las escasas posibilidades de que represente una solución a los problemas pendientes.

Es verdad que la situación es mejor que hace medio siglo, cuando la pobreza estaba todavía más generalizada y cuando las únicas alternativas históricas parecían ser, o lo fueron, las revoluciones socialistas o las dictaduras militares. Hoy el punto de partida es mejor, por cuanto la pobreza ha disminuido de manera considerable en la región, a pesar de que queda todavía mucho por hacer. Adicionalmente, la democratización que comenzó en la década de 1980 no fue flor de un día, sino que ha tenido una consolidación muy relevante, aunque persistan problemas como las reelecciones adecuadas a las circunstancias, signos de corrupción, populismo y mal uso de los recursos estatales, y muchas veces una retórica política vacía y sin resultados.

La realidad de América Latina hoy, con su estado de desarrollo político y sus potencialidades económicas, exige dar un salto más al desarrollo, que sea a la vez inteligente y creativo. De lo contrario el resultado será, una vez más, una condena a la mediocridad. Si tuviéramos que resumir algunos de los desafíos que deben asumir las sociedades latinoamericanas en el presente, podríamos señalar, al menos, lo siguiente. En primer lugar, seguir considerando la pobreza como un mal a combatir, y para ello desarrollar políticas que fomenten la creación de empleo y el uso de los recursos estatales de manera focalizada en quienes más lo necesitan. En segundo lugar, procurar tener estados que funcionen bien, útiles y sin grasa, atacando con decisión cualquier atisbo de exceso de burocracia y permitiendo la incorporación de capitales privados a las empresas estatales que todavía existen con escasa justificación y muchas veces con escuálidos resultados. Finalmente, renovar la política interna, porque en el largo plazo no hay desarrollo económico con mala política, la inversión decrece y aumenta la inestabilidad. En esto tampoco se puede actuar con lenidad ni indiferencia, porque está en juego el desarrollo de América Latina y de su gente.

Si en el pasado el continente sufrió la pobreza y el subdesarrollo por malos diagnósticos y pésimas decisiones, el futuro está abierto a la esperanza y el progreso, que llegarán sólo si se realiza un trabajo bien hecho, en lo político y en lo económico.