TRIBUNA
Manuel Sánchez de Diego | Martes 07 de abril de 2015
La Semana Santa vestida de morado, nos acerca a la penitencia, al sufrimiento, a la pasión y el dolor. El Domingo de Resurrección nos renueva en una fe de confianza, en el futuro de la Humanidad. Confiar en los demás no es lo habitual. Hemos sido educados en la desconfianza hacia el prójimo, nuestro competidor. Sin embargo, mi experiencia me ha demostrado que cuando menos lo esperamos, la parte buena de las personas aflora y nos hace sentirnos orgullosos de ser humanos.
He pasado estas vacaciones de Semana Santa en Oviedo, ciudad magnífica, limpia, acogedora y con una excelente oferta gastronómica, cultural –merece la pena visitar el renovado Museo de Bellas Artes‑ y social. De todo ello, me quedo con la gente. Posiblemente no sea la más simpática del mundo, tampoco la más guapa, ni siquiera la más elegante; pero es buena gente. Desde el vendedor del cupón de la Once, a la pescadera, la vendedora de flores, de la prensa… Acudo al Principado como asturiano consorte a ver a la abuela que raya ya los 100 años. Allí la familia política, Claudio, Estrella, Vitín, Tona y, tantas y tantas personas, como Ramona y Ana me acogen como uno más de la familia. Vamos a la cabaña de la montaña, asistimos a procesiones y, en todos lados, los protagonistas son las personas.
El pasado jueves perdí la cartera con el DNI, las tarjetas, el recibo de la lotería y dinero. Revolví todo el cuarto y no quedó ningún recoveco del coche que no fuera examinado. Gracias a ello recuperé unas llaves perdidas y varias cosas más. Pensé que el extravío había sido en la montaña y volví a sus senderos a buscar entre piedras y tojo. Al final, con el correspondiente ofrecimiento a San Antonio de Padua, cuando iba a subirme en el coche para regresar a Madrid, un agente de policía desde la oficina de denuncias me llamó para informarme que tenían mi cartera. Alfredo y su padre, gente honrada, la habían encontrado en la calle y la llevaron a la comisaría. Mi sorpresa fue mayor cuando al recogerla encontré que estaba todo, incluyendo el dinero. Gracias por la honradez. Esas pequeñas acciones de la gente buena acaban teniendo su recompensa.
Me he preguntado el por qué en Asturias con gente tan valiosa, los jóvenes emigran. Existe toda una generación de jóvenes asturianos en Madrid, París, Gran Bretaña, México, Costa Rica, Camboya… y hasta en Japón. De familias extensas muy pocos permanecen en su tierra. -La falta de trabajo- me dicen. Pero ¿por qué falta el trabajo? Por el cambio del modelo productivo, porque la competencia de los productos asiáticos hace que nuestros productos no sean competitivos o, incluso porque nuestros sectores productivos, desde la leche a las motos ya no resultan rentables dentro de la Unión Europea. Por eso nos dedicamos a exportar ingenieros, biólogas, economistas, enfermeros…
Quizás la receta se encuentre en poner más de sociedad y menos de administraciones públicas. Menos normas y más libertad, menos servidores públicos y más emprendedores, menos autonomías de unos y más racionalidad de todos. Sé que eso es difícil predicarlo en un país donde la máxima aspiración de los jóvenes es ser funcionario. Sin embargo, aprovechando la Resurrección, debemos ser capaces de resucitar de nuestro propio calvario, de la crisis económica y aprovechando a la gente buena apostar no solo por el turismo, la gastronomía, la cultura y naturaleza; también por la innovación, el emprendimiento, la industria, la ganadería y la agricultura. Para ello se necesita al menos, buena gente y libertad.