Varias personas trabajan sobre un andamio durante las reparaciones de la torre Torre Spásskaya en Moscú. EFE/Yuri Kochetkov
Miércoles 08 de abril de 2015
En el escenario político internacional se juega duro. La crisis de Grecia con la UE europea resulta áspera e inquietante. Y, al tiempo, Moscú también se enfrenta a garrotazos con Europa, por la irrupción de Angela Merkel y su escudero Hollande en el conflicto de Ucrania y por el castigo económico de la UE a Rusia. Y en este cruce de intereses o batallas, Putin, que sueña con reconstruir el imperio soviético, le extiende la mano a Tsipras para, entre ambos, plantar cara al poder de la Unión Europea y ganar otro aliado para su causa.
Por mucho que por diplomacia y estrategia intenten disimularlo, los mandatarios europeos y los griegos luchan en una guerra sin cuartel y sin aparente salida, por el empecinamiento de los populistas helenos en dar largas en devolver lo que deben, incumplir los acuerdos, ir trincando algo de pasta, pero sin desencantar a su parroquia militante, y, enfrente, la férrea posición de la canciller, a la cabeza del resto de los presidentes europeos. Pero, como es natural, no quieren romper la cuerda porque la salida griega de euro supondría una auténtica crisis. Aunque también hay dirigentes y expertos europeos que creen que la ruptura desestabilizaría la UE un tiempo, pero a la larga se aliviaría de un lastre.
Sin duda, Bruselas va a luchar hasta el final para evitar la ruptura. Pero también ha marcado una líneas rojas que pueden provocar la expulsión de Grecia, si Tsipras las traspasa cada día. Y, de momento, las pisotea.
Y en este avispero, el presunto zar ruso se acerca a Grecia para unir fuerzas en su reto ante Europa. Ahora, el gesto chulesco de Putin no es más que un farol. Pero enciende las luces de alarma en Washington y en Bruselas.
TEMAS RELACIONADOS: