Opinión

Un pluralismo defectuoso: a menos ideas más partidos

Juan José Laborda | Viernes 10 de abril de 2015
Muchas veces he planteado en estos artículos una ecuación que, aunque no sea matemática, me parece socialmente lógica: cuando los partidos tienden a ser organizaciones con un pensamiento único u homogéneo, es decir, cuando la disciplina reemplaza al debate interno democrático -el artículo 6 de nuestra Constitución exige a los partidos que “su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”-, entonces la equivalente tendencia opuesta será que cada vez aparecerán más partidos; a menos pluralismo interno, más fragmentación o pluralismo partidario.

La sociedad española está demostrando una vitalidad ejemplar. La política, sin embargo, va con retraso. Lo que me parece una buena señal, pues es signo de madurez que los ciudadanos vayan por delante mostrando sus preferencias y sus demandas; eso de que los partidos actúen como vanguardias definiendo el futuro a las masas es puro mesianismo totalitario.

Por eso mismo confío en que la sociedad española, a pesar de su irritación por la situación social y política, se comportará como lo que es, una sociedad europea, consciente de la complejidad de los problemas, y que no está dispuesta a prescindir del modelo constitucional que se dio en 1978.

El modelo de partido que Antonio Gramsci definió como “intelectual orgánico” (Gramsci no alcanzó a ver que en ese modelo sólo los jefes tenían permiso para pensar) ocasiona diversos males y disgustos. Como gozamos de Estado de Derecho los partidos, afortunadamente, tienen sus poderes limitados, de manera que sus excesos y errores sólo suelen tener consecuencias electorales. Hace no tanto, Izquierda Unida y el partido de Rosa Díez amenazaban en las encuestas al bipartidismo. Entonces eran dos formaciones en crecimiento constante, con pronósticos de más de 30 diputados cada uno de ellos, y hoy están en riesgo de desaparición.

Pero este hecho no significa que el PP y el PSOE tengan garantizada su hegemonía política para siempre. Podemos, el rival del PSOE, se encuentra frenado en su ascenso electoral por los socialistas. Pablo Iglesias Turrión y los demás dirigentes de Podemos creen que deberán moderar su anterior discurso radical; se autodefinen como socialdemócratas, ahora que ven su triunfo electoral con muchas dudas. Iglesias ha declarado, respecto de sus cambios ideológicos, “aunque se folla desnudo, se liga vestido”(Como vio Antonio Elorza, Iglesias estaba proponiendo un disfraz, no un traje normal, igual que Lenin cuando entró en Rusia prometiendo la paz, disfrazando sus verdaderas intenciones de poder.) En mi opinión, su frenazo no se debe a su anticuada ideología extremista, sino al hecho de que Podemos es la formación política que menos respeta los derechos de sus afiliados, en otras palabras, que niega más el pluralismo interno. La tutela impuesta por la cúpula dirigente a la candidata en las recientes elecciones andaluzas, Teresa Rodríguez, es una prueba de autoritarismo inaudito, con ribetes de desconfianza patológica, pues los encargados de tutelarla ni siquiera son andaluces, sino simples comisarios del mando supremo partidario. Por eso, el reiterado mensaje de Rodríguez Zapatero, definiendo a Podemos como socialdemócrata, empieza a interpretarse como un desafío a Pedro Sánchez, camuflado del conocido buenismo, que se materializaría en una política de alianzas con el partido de Pablo Iglesias Turrión para alcanzar el gobierno; sería una fórmula parecida a las del tripartito catalán de la etapa de Maragall, sólo que con Podemos desempeñando la función que tuvo entonces la ERC de Josep Lluis Carod Rovira.

Ese dilema del PSOE se planteará después de las próximas elecciones locales y autonómicas.

La concentración de poderes de Mariano Rajoy, presidente del partido, y a la vez del Gobierno, asusta a los que piensan que la democracia necesita controles. Cuando la cúpula dirigente decide absolutamente todo, desde los puestos de diputados y de presidentes autonómicos, hasta los cargos institucionales del Poder Judicial, del Tribunal Constitucional o el de director de Radio Televisión Española, el partido ha dejado de ser “instrumento fundamental para la participación política”(artículo 6 de la CE), convirtiéndose en apéndice instrumental de un poder liberado de cualquier control interno; el partido no controla nada, así aparecen los Bárcenas, y entonces sólo la Justicia se interpone ante los desmanes. El problema surge, más o menos pronto, cuando la cúpula partidaria que decidía unida, se resquebraja por la dinámica propia de cualquier oligarquía. Es la situación del PP de hoy. Los problemas se silencian, porque nadie puede abrir un debate por miedo, por comodidad, o por conciencia de su inutilidad. Eso sucedió esta pasada semana. En el máximo órgano del PP no hubo debate. La diputada Cayetana Álvarez de Toledo se quejó de ese espeso silencio: “cuando el Presidente acabó de hablar se dio abruptamente el acto por concluido sin que ninguno de los asistentes pudieran tomar la palabra”. Pero Cristina Cifuentes, candidata al gobierno de Madrid, replicó que Cayetana Álvarez de Toledo no habló porque no quiso, y que después hizo esas críticas en un periódico. ¿No expresan ambas una misma realidad? El partido de Mariano Rajoy tiene con el partido de Albert Rivera una competencia parecida al del otro campo electoral, pero Ciudadanos aún no quiere, o no puede, liberarse del modelo de partido personalista.