Siempre me he considerado una persona generosa pero soy consciente, aunque sea muy poco, de que serlo con los cercanos o hacer ostentación de haberlo sido con los lejanos no solo no me hace más generoso, sino que me aleja del camino de esta gran virtud.
Como en otras ocasiones, podría empezar y terminar con un par de citas de André Comte-Sponville, pero no me siento capaz de parafrasear, simplificar o aportar brillo a lo que, con tanta certeza, escribe el filósofo sobre la generosidad en su libro“Pequeño tratado de las grandes virtudes”. Tampoco sería generoso por mi parte quitarle protagonismo a tan grandes ideas, por lo tanto, permítanme la licencia de transcribir algunos fragmentos del capítulo sobre la generosidad incluido en su gran tratado.
“Sin querer reducirlo todo a una cuestión de dinero, ya que se puede dar otra cosa, no debemos omitir el hecho de que el dinero tiene la cualidad, sirve para eso, de ser cuantificable. [...]¿Qué porcentaje de nuestros ingresos familiares dedicamos a los gastos, llamémoslos de generosidad, en otras palabras, a otra felicidad que no sea la nuestra o la de nuestros íntimos? Sé que el dinero no lo es todo pero, ¿por qué milagro íbamos a tener el corazón más abierto que el monedero? Lo contrario es mucho más verosímil. ¿Cómo sabemos si lo poco que damos es realmente generosidad o es el precio que pagamos por nuestro bienestar moral? En pocas palabras, si la generosidad es una virtud tan grande, tan alabada, es porque es muy endeble dentro de todos nosotros, porque el egoísmo es más fuerte. Porque el corazón del hombre está lleno casi siempre de sí mismo”.
“La generosidad es la virtud de dar, decía yo. Dar dinero (porque afecta a la liberalidad), darse a uno mismo (porque afecta a la magnanimidad, incluso al sacrificio). Pero no se puede dar lo que no se posee, y solo se puede dar a condición de no estar poseído por aquello que se da. En este sentido la generosidad es indisociable de una forma de libertad o de dominio por uno mismo”.
“Dar cuando se ama, ¿es un signo de generosidad o de amor? Nunca se nos ocurre la idea de sentirnos generosos con respecto a nuestros hijos, con respecto a nuestro amado, no siquiera de deber serlo. Sentimos demasiado amor por ellos y demasiada angustia, como para engañarnos. Lo que hacemos por ellos, lo hacemos por nosotros mismos. […]¿Cómo es posible que ame tanto a mis hijos y tan poco a los de los demás? Precisamente porque mis hijos son míos, y me amo a través de ellos ¿Es eso generosidad? Apenas: no es más que egoísmo dilatado, transitorio, familiar”.
Y a continuación, un pequeño test para cuantificar esta gran virtud en su versión más monetaria: