Opinión

El ser colectivo de España

TRIBUNA

Rafael Narbona | Sábado 11 de abril de 2015

“El artista es el umbral por el que nos llega la belleza”, sostiene Ortega y Gasset. ¿Se podría formular una frase semejante aplicada a la política? Sólo es necesario cambiar los conceptos y unas pocas palabras. No hace falta mucho talento para escribir: “El político es el umbral por el que nos llega el buen gobierno”. Desgraciadamente, la frase no convencerá a casi nadie en un país que contempla apesadumbrado el interminable desfile de la corrupción y ha perdido la fe en las instituciones por culpa de la crisis económica. Para muchos, la Transición ya no es un modelo de cambio pacífico, sino un turbio pacto que ha engendrado los males del presente. Se cuestiona la forma del Estado e incluso se baraja la liquidación España como nación. Se ha dicho que no vivimos en una democracia, sino en un régimen autoritario. El radicalismo ha resucitado, rehabilitando ideologías que causaron pavorosos genocidios. Se ha olvidado que comunismo y fascismo no son teorías opuestas, sino diferentes formas de totalitarismo, que justifican el sacrificio del individuo para instaurar un ficticio paraíso. “La historia del siglo XX –escribe Octavio Paz- es la historia de las utopías convertidas en campos de concentración”.

En 1915, Miguel de Unamuno se preguntaba en la revista España: “Es que el pueblo español, como tal pueblo, ¿sabe cómo es? ¿Es que tiene conciencia colectiva de sus propios estado y condición espirituales?”. Más adelante, añadía: “Somos los héroes del no querer, de la noluntad. ¿Y para qué hemos de querer si la vida es sueño?”. Tal vez la retórica de Unamuno suene arcaica, pero su reflexión no ha perdido vigencia. El pueblo español tiene una percepción deficiente de su ser colectivo y una incurable tendencia al fatalismo. Se dice que España no es una nación, pero se olvida que se constituyó como tal antes que Alemania, Italia o Reino Unido. Nuestra identidad descansa sobre un extraordinario patrimonio cultural, que incluye un Siglo de Oro y una Edad de Plata. El Quijote, con su trasfondo erasmista, no ha perdido su condición de símbolo de una forma de encarar la existencia, que desprende ternura y benevolencia. Se recuerda al hidalgo manchego por su desgraciada aventura con los molinos, pero no por su compasión hacia los galeotes, el joven pastor azotado por un amo brutal o la hermosa Marcela, que defiende su libertad de amar sin imposiciones. En Homenaje a Cataluña (1938), George Orwell destacaba la generosidad de los españoles, propensos a regalar un paquete de tabaco cuando alguien se acercaba a pedirles un simple cigarrillo. Esa prodigalidad convivía con un odio fratricida que horrorizó a Antoine de Saint-Exupéry y a Georges Bernanos, testigos de los crímenes cometidos durante la guerra civil. Bernanos se encontraba en Mallorca cuando se produjo el levantamiento militar. Católico, monárquico y con un hijo falangista, no vaciló en condenar los asesinatos de los rebeldes, que en siete meses fusilaron a 3.000 “rojos”. En Los grandes cementerios bajo la luna (1938), escribe: “La ira de los imbéciles siempre me dio tristeza, pero hoy más bien me espanta. En todo el mundo retumba esa ira…”. Saint-Exupéry viajó a Cataluña como corresponsal, presenciando los fusilamientos de sacerdotes y frailes: “Aquí se fusila como quien tala árboles –anotó, asqueado-. No hay ningún respeto hacia el hombre. En todos los partidos se han acorralado las conciencias como si fueran una enfermedad”.

El anticlericalismo es un vicio muy español. Tal vez por eso no se está prestando a Santa Teresa de Jesús el interés que merece en el quinto centenario de su nacimiento. El historiador Joseph Pérez ha repetido muchas veces que la identidad española se forjó gracias al cristianismo, la lengua castellana y la monarquía. Evidentemente, ese legado ha sufrido una necesaria evolución. La monarquía garantizó la cohesión social durante la Transición, la lengua castellana aprendió a convivir con otros idiomas, y Pedro Arrupe, Prepósito General de la Compañía de Jesús, asumió y promovió el espíritu reformista del Concilio Vaticano II, dejando un recuerdo imborrable entre creyentes y no creyentes. El genio de Cervantes halló una admirable continuación en la poesía de García Lorca, que amaba a España, pero no “con una venda en los ojos”: “Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos”. La “ira de los imbéciles” acalló su voz, propagando un luto que aún ensombrece nuestras letras. No puedo dejar de mencionar Platero y yo (1914), la obra maestra de Juan Ramón Jiménez, con su delicadeza franciscana, su vocación de modernidad y su amor por los “parias”, ya sean pobres, locos, niños enfermos o animales maltratados.

La España de hoy es una democracia tan imperfecta como la de cualquier otro país europeo. En Alemania, Suecia y Reino Unido, también se producen actos de vandalismo y excesos policiales. Sólo el que no lee la prensa ignora ese hecho. La jacobina Francia proclama su integridad territorial en el primer artículo de su Carta Magna y autoriza al Presidente a adoptar medidas excepcionales para evitar la división del país. Nadie considera que este principio constituya un vestigio del gobierno pronazi de Vichy. Izquierdas y derechas asumen el patriotismo como una obligación ciudadana. Es evidente que la política española necesita renovarse, pero no con discursos fundamentalistas. La nostalgia del franquismo es tan dañina como la exaltación revolucionaria. La sociedad necesita fuerzas políticas responsables, con voluntad de diálogo y espíritu conciliador. No hace falta épica, sino inteligencia, que es la clave del arte de gobernar. España es el país de Velázquez y Picasso. El sentimiento místico llamea concertado con el anhelo de paz. Ambos impulsos se compenetran, expresando el ser colectivo de España, pero quizás hace falta mirar con “los ojos del alma” para saber apreciarlo. Son palabras de Santa Teresa de Jesús, mujer, escritora, visionaria y reformadora. El político que ignore esta idiosincrasia fracasará de un modo u otro, pues en esa tensión se halla la esencia de nuestra identidad como nación.