TRIBUNA
Alfonso Cuenca Miranda | Sábado 11 de abril de 2015
Cuando en 1861 el Sr. McLean, cansado de las “molestias” derivadas del requisamiento de su casa familiar en Manassas por parte de las tropas unionistas a fin de emplearla como hospital de campaña, decidió trasladarse más al Sur, poco sospechaba que el destino le perseguiría hasta alcanzarle cuatro años más tarde. Su nueva casa en la pequeña aldea de Appomattox Court House sería finalmente la elegida como teatro en el que habría de representarse la escena que supuso el final de la guerra civil norteamericana. Tras tener Grant la extrema deferencia de permitir a Lee la elección del lugar en el que había de tener lugar la rendición del Ejército de Virginia, el ayudante de éste, después de rechazar un primer emplazamiento, guiado por los dados de Clío fijó sus ojos en un porche, en un vestíbulo, que habrían de entrar para siempre en la narrativa universal. En el mismo habría de ponerse fin a una sangrienta contienda, la primera guerra moderna, que había costado la vida a más de 600.000 estadounidenses.
La Historia nos ofrece de cuando en cuando encuentros memorables entre dos grandes personalidades (ya sean aliados o enemigos encarnizados), encuentros que tuvieron un gran impacto en su día y que ejercen una poderosa atracción sobre las generaciones posteriores, especialmente para los amantes de la ciencia de Herodoto. Los ejemplos son variados: Gregorio VII y Enrique IV en Canossa, Cortés y Moctezuma en Tenochtitlán, Napoleón y Alejandro en Tilsit, Stanley y Livingstone en el lago Tanganica… Imaginar las miradas, las palabras, los silencios, los pensamientos, los sentimientos de sus protagonistas, nos permite ser más conscientes de la especial densidad que acumulan ciertos acontecimientos históricos. Porque, más allá de la coincidencia de dos hombres, las escenas referidas simbolizan el encuentro entre dos mundos, dos concepciones, dos ideas, contrapuestas o, como mínimo, extrañas hasta el momento entre sí. Así ocurrió también en la mañana del 9 de abril de hace ahora 150 años cuando Lee y Grant estrecharon sus manos.
Vayamos a los hombres. Hijo de un célebre patriota de la Revolución americana y emparentado políticamente con el propio George Washington (por su mujer heredaría Arlington, a su vez propiedad de la familia de la cónyuge del primer presidente de la Unión), Robert E. Lee representa como pocos el Viejo Sur y la caballerosidad dixiniana, y ello a pesar (o quizás más por ello) de que no compartiera la ideología oficial confederada en relación con la esclavitud. Su amor por su locus natalis, Virginia, fue su gran pasión, por encima de todo, hasta el punto de rechazar el ofrecimiento realizado por el secretario de Guerra en Washington para comandar los ejércitos de la Federación ante la lucha que se avecinaba. Su brillantez militar, elogiada hasta la saciedad por cuantos se han acercado al personaje (entre ellos Churchill), de la que son muestra sus maniobras en la campaña de los 7 días, Fredericksburg, “the Wilderness”… y sobre todo en Chancellorsville, hacen de Lee uno de los más grandes conductores de tropas de todos los tiempos. Pero, al margen de ello, lo que verdaderamente sobrecoge en Lee es su hombría, entendida en el sentido más amplio posible, acompañada de unos exquisitos modales y una acendrada religiosidad. Es esa profunda humanidad la que le hará exclamar ante sus tropas, desolado por la derrota en los campos de Gettysburg, que toda la culpa es suya. Todo ello hizo de Lee un mito en vida, reverenciado hasta el fin por sus hombres; incluso, por ejemplo, no careció de su particular Bucéfalo o Babieca, su caballo Traveller, compañero igualmente mitificado y enterrado a pocos metros de él.
La figura de Ulysses Grant se halla, en muchos aspectos, en las antípodas de la de Lee, aunque no por ello carece de extremos admirables. Hijo de un curtidor encontrará en la milicia su razón de ser, hasta el punto que sus desilusiones en este campo (destinos alejados de la acción) le sumirían antes de la contienda en una afición al alcohol que nunca le abandonaría completamente. Junto a su genio táctico, destaca en Grant su determinación inquebrantable, algo que pronto captaría la atención y el favor de Lincoln, quien, tras sus acciones en el frente Oeste en Fort Henry y Fort Donelson, lo seleccionó para dirigir importantes operaciones en aquél (se dice que ante las críticas a Grant por la adicción al whiskey rogó que le informaran de la marca favorita de su espadón para recomendárselo a todos sus generales), con las recompensas de Shiloh y, sobre todo, Vicksburg y Chattanooga. Tales éxitos harían que el Presidente finalmente le encomendara derrotar en el Este al hasta entonces invencible general sureño. Durante año y medio la lucha entre ambos será épica hasta llegar a la mañana del Domingo de Ramos de 1865 en Appomattox.
Volvamos a la misma. A la una de la tarde Lee llegó a la casa de McLean. Media hora más tarde arribaba un Grant, según testigos, algo desaliñado (la noche anterior había tenido una fuerte migraña), quien, sin embargo, dio muestras de una excepcional grandeza. Algo nervioso, el general de Ohio, cual Spínola ante Nassau, hizo lo posible por hacer más fácil el momento para su admirado alter ego. Así, rememoró anécdotas de la guerra de Méjico en la que había coincidido con Lee (lo cierto es que éste último apenas lo recordaba). Tras unos minutos, Lee, con extrema gravedad, recordó lo que les había traído. En poco tiempo, se fijaron los términos de la rendición del ejército sureño, extremadamente generosos por parte de Grant: las tropas podrían regresar libremente a sus casas, los oficiales podrían retener sus espadas, y ambos conservarían las caballerías necesarias de cara a proseguir las labores agrícolas una vez en sus hogares… A las tres de la tarde se redactó el documento por un soldado federal de origen indio. Se dice que Lee al descubrir su pertenencia a la tribu de los Seneca exclamó: “es bueno tener aquí a un verdadero americano”, a lo que éste respondió: “Señor, aquí todos somos americanos”. Tras unos minutos de cortesía para las despedidas y mientras Lee y su séquito se alejaban a caballo, las tropas unionistas comenzaron a proferir gritos y exclamaciones de alegría, cortadas en seco tras una orden de Grant.
Los caminos de nuestros protagonistas nunca volverían a encontrarse. Un mundo se iba (Virginia, el Sur) y otro llegaba (Ohio, el Norte). Tras un intento abortado de procesamiento por su papel en la guerra, Lee pudo vivir sus últimos años (5) en paz y tranquilidad ejerciendo de rector de la universidad de Lexington. Por su parte, el sol de Grant llegaría a su mediodía al ser elegido en 1868 como el decimoctavo Presidente de Estados Unidos. Con todo, su presidencia, especialmente el segundo mandato, se empañaría por diversos escándalos de corrupción que involucraron a miembros de su gabinete.
Bien es verdad que la herida de la terrible contienda civil tardaría muchos años en cerrarse. Pero, debe reconocerse que el comportamiento de Lee y Grant contribuyó a que aquélla no fuera tan profunda y pudiera cicatrizar antes. En Appomattox la casa cesó de estar dividida. Los “antiguos” hermanos recordaron su añorada infancia y al compartir lo mejor de sus recuerdos hicieron posible el futuro de sus hijos.