Traducción de María Pons Irazazábal. Lumen. Barcelona, 2014. 408 páginas. 45 €
Por Francisco Estévez
La poeta Wislawa Szymborska comenzaba en 1972 su poema “Cumpleaños” aquejada de una imposibilidad de cifrar “Cuánto mundo ha venido de todo el mundo:/ […] ¿Dónde ponerlo todo? Dios mío, ¿qué hago?/ […] ¿Vale la pena acaso regalar un ocaso?/ ¿A alguien que está en el mundo de paso?” (que conviene comparar con el desgarrador poema homónimo del añorado Ángel González). La escritora polaca parecía anticipar pocos años antes el canto transido de amor del cubano Silvio Rodríguez: “Dónde pongo lo hallado […] qué hago ahora contigo” donde se plantea esa pregunta fatal por la cual el ser amado comienza a fagocitar la realidad del amante a través del eclipse sentimental.
Sea como fuere, el problema es el mismo, dónde colocar los límites al mundo circundante, quién es el “artista” que le pone puertas al campo, dónde situar el marco a tan mastodóntica realidad. Y, sin embargo, ya desde el mito de Adán a nuestros días el ser humano está condenado a tal fin de inventariado: de la lista de la compra, al catálogo de libros, de la nómina de comensales a la letanía de desagravios, el elenco de favoritos o de repetidores. Se auspicia un conjunto de deseos o la retahíla de amores perdidos. Todo es recuento, re-cuento. Incluso este mismo repertorio de atrás no es más que otra dichosa lista. El vértigo de las listas -ahora felizmente reeditado- es buena demostración de cómo la senda humana a través del tiempo -eso que malbaratamos llamando historia- viene trenzada por las listas.
El canon occidental no es otra cosa más que un acuerdo tácito de selección de lecturas con voluntad de ejemplaridad. Y el crítico acaso no valga más que para adelantar listas de lectura o afinar en el mejor de los casos semejante repertorio. La lista, el elenco, la prelación, el rosario de ausencias… con todas las variantes que antojemos: la antología, los florilegios, etcétera. Toda colección implica una selección y por ende, una prelación. Cuando Jacques Derrida roció con gasolina el concepto de jerarquía y aquel otro próximo de valor, se suponía que la presunta democratización -o tal vez banalización- del saber, entre otros efectos, arrumbaría la dichosa manía humana clasificatoria. Sin embargo, el furor por redactar listas inunda hoy día los escondrijos más profundos de la red.
El placer del inventario resulta consustancial a nuestra especie. Medir el caos infinito del mundo circundante, acotarlo en listas finitas o menos nos humaniza. Introducir una cadena de sentido estético es labor excelsa del artista, redentora para con la especie humana. Abrir el marco de la obra quizá sea cuestión propia del crítico, así entiende el oficio quien ahora redacta. La atracción de catalogar, expresar, el infinito proviene de la desoladora conciencia de la propia finitud humana, o sea, la muerte.
De todo ello habla Umberto Eco en este delicioso recorrido literario y artístico de textos e imágenes donde, cuidado, no cabe la reflexión espuria. El semiótico italiano tiene por costumbre no dar puntada sin hilo, ya saben: comentamos con detenimiento en esta columna tiempo atrás su Historia de las tierras y los lugares legendarios (2013). Estas páginas recrean como no puede ser de otro modo El Aleph de Borges, la incontenible “Oda a Federico García Lorca” de Neruda. Fragmentos de enumeraciones hay en todo arte y época. Inevitablemente son las flagrantes ausencias como en clave hispana debiera ser para la modalidad de “enumeración caótica” algunos fragmentos de la poesía de Pedro Salinas explicada en su día por Leo Spitzer; pero Eco sí recuerda el capital ejemplo de “El barco ebrio” de Rimbaud. La “epifanía de la forma” es como llama el piamontés al escudo de Aquiles y su forma circular, en su rodar infinito, constante, imagen plena del largo etcétera de algunos listados.
La función narrativa del escudo de Aquiles, que desperezó con la Ilíada la literatura entera (aquel momento de écfrasis por excelencia, usurpado a la posteridad y quizá por ello su ambivalencia y poder sugestivo de imagen y palabra) manifiesta para Eco que una cosa se define por sus límites. Este crítico piensa mejor que la cosa se define “en” sus límites, a la postre el marco donde descansamos la mirada. Pues el problema es siempre de mirada, como si acaso pudiese ésta ser neutra. Desde la noche de los tiempos al neón de la ciudad (o en nuestra cama más terrible aún la luz de la pantalla -del móvil, del televisor o de una simple lámpara- pues todas esas generaciones conviven hoy día) las historias se suceden. “¡Luz, más luz!”, exclamó Goethe en lecho de muerte.
Al hombre le agrada contar historias, homus narrator al fin y al cabo, o quizá solo escucharse a sí mismo en continuo parloteo. En la aceptación de tal límite, de semejante marco, vivamos el goce de la lista. Dejemos detrás del marco a los profesionales (del retrato, de la escritura, de la pintura…) y quedemos con dulzura condenados mientras vivamos a un largo y bello etcétera.