Opinión

España y el Genocidio Armenio

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 12 de abril de 2015

El próximo 24 de abril se cumplirá el centenario de la destrucción de los armenios del Imperio Otomano. Unos 600.000–algunos estudios elevan la cifra hasta el millón ochocientos mil- fueron exterminados a manos de soldados y paramilitares por orden del gobierno del Comité Unión y Progreso. No sería la primera masacre de armenios –ahí están las hamidianas entre 1984 y 1986 o la de Adana de 1909- pero estaba destinada a ser la última. El Gran Crimen –así se llama en armenio- pretendía borrar cualquier recuerdo y vestigio de la presencia de los armenios en las grandes ciudades y en las provincias que históricamente ocupaban: Van, Erzurum, Mamüretulaziz, Bitlis, Diyarbekir y Sivas. Con ellos, desaparecía una de las comunidades cristianas más antiguas del mundo. Armenia fue el primer reino en convertirse al cristianismo –ocurrió en el año 301- y desde entonces la fe ha estado indisolublemente unida a su identidad a lo largo de los siglos. Las primeras palabras escritas por el inventor del alfabeto armenio, el monje Meshrop Mashtots, fueron una cita del Libro de los Proverbios: “para aprender sabiduría e instrucción, para comprender las palabras del entendimiento”. El pueblo armenio, un pueblo de música, de escultura y de libros, que alumbró algunos de los momentos más luminosos de Historia de la Humanidad, vivió hace 100 años sus horas más oscuras.

Todo comenzó con la propaganda que presentaba a los armenios como traidores al Imperio y aliados secretos de sus enemigos en la I Guerra Mundial. A partir del 19 de abril comenzaron los asesinatos de armenios en Van. La noche del 23 al 24 de ese mismo mes –fecha que señala la conmemoración- 250 intelectuales y líderes comunitarios armenios fueron arrestados en Constantinopla y trasladados a campos de prisioneros cerca de Ankara. Poco a poco, los fueron matando.

El plan de exterminio tuvo dos fases. La primera consistió en la matanza y sumisión a trabajos forzados de todos los varones que estuviesen en condiciones de combatir. A los que estaban enrolados en el ejército les quitaron las armas y los mataron. El catálogo del horror es inagotable: fusilamientos, ahogamientos, enterramientos en vida, casas e iglesias en llamas abarrotadas de personas. La segunda etapa fue el asesinato de mujeres, niños, ancianos y discapacitados a través de marchas forzadas por el desierto sirio sin agua ni alimentos.

Todo genocidio formula la pregunta por los observadores y los salvadores, por los que callaron sin hacer nada pero también por los que se arriesgaron por hacer lo correcto, lo decente, lo justo. Hubo musulmanes- muchos árabes- que ayudaron a los armenios. Al Husayn Ibn Ali, Jerife de La Meca, remitió a los príncipes Faisal y Abdal´Aziz Al-Jarba un decreto exigiendo cuidado, auxilio y protección para los armenios “como os defenderíais a vosotros mismos, vuestras propiedades y a vuestros hijos”. Su historia debe contarse porque ellos son la prueba de que se podía obrar de otra manera.

Junto con la destrucción física, debería erradicarse la memoria armenia de esa tierra. Templos, escuelas, pueblos y centros culturales fueron arrasados. La vida cultural de los armenios –que había sido vibrante y riquísima- debía ser borrada de la Historia. A la expulsión y muerte, debía sucederle el olvido. Los testimonios de los médicos, diplomáticos, misioneros, militares aliados del Imperio y extranjeros a su servicio no dejan lugar a dudas sobre el ánimo de destruir toda presencia armenia en el Imperio. Quienes contaron entonces la verdad, contribuyeron a que hoy sea posible seguir luchando por ella.

Por eso, es necesario recordar, porque la desmemoria forma parte del crimen.

Cien años después, el Genocidio Armenio es también la historia de la resistencia. Donde pudieron luchar, lucharon. El gran escritor judío de lengua alemana Franz Werffel dejó novelada esa voluntad de sobrevivir y defenderse en “Los cuarenta días del Musa Dagh”. El propio autor no pudo evitar reconocer en el terrible destino del pueblo armenio la siniestra suerte del pueblo judío en Europa.

He aquí la espantosa verdad del Genocidio Armenio. Miradla: los trenes, las alambradas, las Marchas de la Muerte, la propaganda que conduce al exterminio y pretende sepultarlo en el olvido. El 22 de marzo de 1939 –en vísperas de la invasión nazi de Polonia- Adolf Hitler llamó a sus generales al exterminio de los polacos y se preguntó ¿quién habla hoy del exterminio de los armenios? Ya en 1939 sobre el Gran Crimen se pretendía correr un infame velo de silencio y olvido.

Sin embargo, el pueblo armenio no se dejó exterminar y sobrevivió para contarlo. La joven República de Armenia y las comunidades de la diáspora preservaron la memoria del genocidio. Escribieron libros y tallaron hachkars, dondequiera que fueron –Estados Unidos, Francia, Argentina, la URSS- mantuvieron la voluntad inquebrantable de sostener la verdad frente a todas las mentiras. Una vez al año, el 24 de abril, cientos de miles de claveles y rosas cubren los muros de Tsitsernakaverd, el memorial que conmemora la matanza.

Estos días se prodigan los eventos que conmemoran la tragedia. Francia, Argentina, Rusia, Canadá, Italia, Grecia, Polonia, Suecia y así hasta veintidós Estados han reconocido el Genocidio Armenio. La Santa Sede lo ha reconocido. Parlamentos Regionales y locales por todo el mundo lo han reconocido. El Parlamento Vasco, las Cortes de Navarra, el Parlamento de Baleares y el de Cataluña lo han reconocido. Los más distinguidos intelectuales turcos –el difunto Hrant Dink y el ganador del Nobel Orhan Pamuk, entre ellos- han abierto un debate valiente y arriesgado sobre el reconocimiento en la propia Turquía.

Es tristísimo que España como Estado siga sin hacerlo. Este retraso en coger el tren de la verdad y la justicia históricas debe movernos a la acción para cambiar las cosas. España debe reconocer –como ya han hecho algunos de sus parlamentos regionales- que lo que sufrió el pueblo armenio fue un genocidio. El Gran Crimen marca un punto de inflexión en la historia de Europa entendida como un sistema de principios y valores fundamentados en la dignidad intrínseca de todo ser humano. España, parte inseparable de esta civilización a la que llamamos Occidente, debe estar, como otras veces, a la altura de su historia. Esto exige reconocer la verdad y luchar por que prevalezca.

El próximo 24 de abril la memoria y el corazón de los armenios de todo el mundo estará en Yerevan recordando el Gran Crimen. Montañas de flores se alzarán y las plegarias se elevarán al cielo con el Ararat al fondo. Mis amigos armenios estarán allí y, de algún modo, yo estaré con ellos.

Esta columna conmemora el Genocidio Armenio y hace votos para que España lo reconozca y recuerde siempre.