Lunes 26 de mayo de 2008
Los medios de comunicación españoles llevamos unos meses repitiéndonos en contenido, desde que comenzó la interminable crisis del PP. No hay día en el que no surja una nueva noticia que ponga foco en la lenta agonía que está sufriendo Mariano Rajoy desde que anunció que se presentaría a la presidencia del partido en el Congreso que tendrá lugar en Valencia en menos de cuatro semanas. Desde ese día, no han parado de lloverle sapos y venablos que le caen de los lugares más inesperados. Después de las protestas frente a Génova por la retirada de María San Gil y Ortega Lara, la semana ha empezado como terminó. Con nuevos frentes abiertos con los que llenar titulares. Esta vez ha sido una incendiaria carta de Gabriel Elorriaga en El Mundo, diciendo textualmente lo que ningún dirigente del PP se ha atrevido, hasta ahora, a verbalizar, públicamente al menos: que Rajoy no es el líder “renovado, sólido e integrador” que su partido necesita. A Elorriaga, por lo menos, hay que agradecerle la valentía de atreverse a mostrar sus cartas a las claras, en vez de andarse con circunloquios ambiguos que emborronan la discusión y sólo sirven para torpedear a un débil Rajoy, pero sin ofrecer una alternativa. Porque María San Gil tiene todo el derecho del mundo a retirarse si no se encuentra a gusto en el PP, pero hubiera sido de agradecer, por el bien del partido, que hubiera argumentado su espantada con razones precisas, en vez de con una nebulosa “falta de confianza” en la directiva. El murmullo anti-Rajoy es ensordecedor, pero, a parte de Elorriaga, no hay ninguna voz que se haya atrevido a alzarse sobre las demás explicando claramente el porqué de sus críticas y, mucho menos, postulándose como alternativa.
Y mientras al PP no cesan de surgirle tumores, el PSOE y sus medios afines saltan de alegría porque los populares les están dando el trabajo hecho. José Blanco, María Teresa Fernández de la Vega, el mismo Zapatero y hasta un retirado Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Todos han hablado sobre la supuesta guerra entre “duros y blandos” del PP, un lenguaje de adolescentes, aunque no sea inocente porque demasiados han mostrando una sospechosa y repentina solidaridad con “quienes quieren jugar a la democracia, Mariano Rajoy y su gente” -palabras de Ibarra- frente a “aquéllos que están haciendo lo posible por romper el sistema”. Es curioso que derramen lágrimas por el sistema democrático precisamente aquellos que más han hecho por desestabilizarlo al imponer el trágala de un estatuto de partido, como el de Cataluña.
Al PSOE le interesa fomentar la imagen de que lo que se dirime en el seno del PP es un enfrentamiento entre “ultraconservadores” y “centristas”, cuando lo cierto es que la discusión va mucho más allá y trasciende las fronteras de este partido. Dentro del PP no se está produciendo un conflicto ideológico entre liberales y conservadores. Lo que estamos viendo -a parte de puras luchas internas por el poder- es la representación más cruda de las dos visiones de España que existen hoy por hoy: la que defiende la unidad de una nación de ciudadanos frente a la de quienes propugnan una España confederal. La de aquellos que defienden que la soberanía reside en los ciudadanos -desde que así lo sentaron el 1812 los constituyentes de Cádiz- y la de los que, desde que se empezó a discutir el Estatut en 2003, pretenden que el poder pase de los individuos a los territorios. Y ésta es una brecha que también ha resquebrajado a Izquierda Unida y agrietado al PSOE con Rosa Díez, aunque el poder sea un buen pegamento para unir a las posiciones más adversas. Hoy por hoy todo pinta bien en el seno socialista, pero el día en el que el zapaterismo deje de ser rentable electoralmente, volarán cuchillos aún más afilados que los populares.
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