No ha mucho tiempo que sabemos la triste e inesperada noticia sobre la imposibilidad de identificar los restos de Miguel de Cervantes. Mas ya tenemos un consuelo para remediar el mal: un libro más sobre el más grande escritor de todos los tiempos. Se titula Cervantes: la figura en el tapiz (Pasado y Presente, 2015) y su autor, Jorge García López, se propone descubrirnos ni más ni menos que al verdadero Miguel de Cervantes. El objetivo es de suma importancia, pero, en mi opinión, muy difícil de cumplir, si tomamos en cuenta cuántos autores ya se habían propuesto lo mismo. El autor quiere suprimir de la vida de Cervantes todo lo que la idealice, cualquier tópico o lugar común, y empieza por el retrato del pincel de Juan de Jáuregui, que dio el título a la biografía.
Desde la primera página Jorge García López trata de introducirnos en la vida cotidiana de Cervantes: retrata los últimos días del escritor o analiza su vida matrimonial con Catalina Salazar. Lo hace de una manera muy literaria, bien ambientada, dirían algunos, introduciéndonos en los sentimientos y pensamientos más íntimos de Cervantes. No obstante, ¿es fácil saber los sentimientos de uno que vivióhace quinientos años? ¿Cómo sabemos si Cervantes “busca singularizarse”? Se fija en los géneros literarios de moda, pero ¿de verdad podemos atribuirlo al afán de originalidad? Dado que solemos equivocarnos en lo que siente nuestro prójimo, García López ha optado por un estilo muy peligroso que da lugar a muchas suposiciones gratuitas, infundadas, sobre la persona del gran escritor. Es imprescindible ambientar a Cervantes en su tiempo, de acuerdo, pero sin llenarlo con nuestras elucubraciones. En caso contrario, corremos el peligro de no liquidar los tópicos de antaño, sino alimentar otros nuevos.
Además, la propia época no queda bien retratada en la biografía, porque no estamos muy de acuerdo acerca de que los autores del Siglo de Oro sólo pensaban en la búsqueda “del mercado y del nuevo lector”. Esta es una preocupación más bien de un autor contemporáneo, ya que la publicación tanto de comedias como de prosa poco rendía a su creador: una vez vendido el privilegio, si es que lograba encontrar a un librero o mecenas que pagase los gastos de impresión, la edición ya no daba más ingresos. Tampoco es muy acertado por parte de García López llamar “humanismo decadente del siglo XVI”, a la hora de encuadrar a Cervantes entre “las corrientes intelectuales de su tiempo”. ¿Cómo iba a ser decadente el humanismo español de esa época cuyos representantes corregían las traducciones de Erasmo y creaban las bases del derecho internacional? Nada hallaremos más tópico que ésta visión del pensamiento español.
No logra Jorge García López evitar un error habitual de algunos cervantistas, a saber, confundir al personaje con su autor. En un momento dado critica al cervantino clásico por “haber aislado al Quijote de su contexto histórico e incluso analizarlo con los ojos de cada presente que lo revisaba”. ¿No se propuso, estimado García López, hablar antes de Cervantes que del Quijote? El objetivo principal es descubrir la vida de Cervantes que es una y no puede cambiar con la época, pero otra cosa es el Quijote que es una obra literaria. Lamentarse de que cada época trae distintas interpretaciones del Quijote es un llanto por un amor perdido, como dice Ortega, es decir, lo más inútil del mundo porque una obra clásica es clásica, precisamente, porque tiene algo para satisfacer el gusto y las necesidades de cualquier época.
Aparte de estas ligeras críticas, la biografía escrita por Jorge García López resulta relevante, porque cumple la función fundamental de darle continuidad a los estudios sobre Cervantes. García López da continuidad a la gran escuela de los grandes maestros cervantistas de la época de Franco, especialmente Martín de Riquer, cuyos argumentos quedan recogidos y sintetizados en las páginas de Cervantes: la figura en el tapiz. Son su meollo. Martín de Riquer decía: “en la lectura del Quijote no hay más cera que la que arde”, tampoco la hay en la vida de su autor, Miguel de Cervantes, que no necesita las reivindicaciones ni redescubrimientos. Pero, bueno, siempre “…hay algunos que asícomponen y arrojan libros de sícomo si fuesen buñuelos”(El Quijote, II, 3).