Opinión

El liberalismo de John Stuart Mill

Juan José Solozábal | Martes 14 de abril de 2015
Es tiempo de volver sobre el pensamiento liberal. Esto es lo primero que se me ha ocurrido al reparar en la NYRB de este mes de abril en un artículo de Cass R.Sunstein sobre un libro de Hayek acerca de las relaciones de John Stuart Mill y la Sra Harriet Taylor, el gran amor del filósofo inglés con el que finalmente podría casarse, aunque su felicidad duraría poco al morir ella tempranamente en Avignon de tuberculosis. En realidad el artículo de Sunstein no deja de consistir en una confrontación algo elemental entre Stuart Mill y Hayek, como pensadores liberales de referencia, aquel en el siglo XIX y el premio Nobel en el siglo XX, pero puede servirnos para recuperar en esta hora, en la que los riesgos para la libertad son tantos, ciertas claves de comprensión de la gran figura del filósofo y político Stuart Mill.

Déjenme que les comente que el artículo de Sunstein incluye una ilustración consistente en una fotografía en la que Hayek, que ocupaba a la sazón una cátedra en la London School of Economics, imparte una lección a sus alumnos en 1948: son veinticinco muchachos y una chica, atildados y perfectamente peinados, a los que se dirige de pie Friedrich Hayek, impecable, con un traje de chaleco, y portando un libro cerrado en la mano derecha. No reconozco el aula, que es más bien pequeña, aunque me llama la atención la sencillez de las mesas de madera, individuales y sin duda vetustas. Poco de este fabianismo contenido quedaba en la London que, dejado atrás el sesenta y ocho, frecuenté a finales de los setenta. La Escuela no era un nido de izquierdistas, como tenía fama, pero la informalidad imperante en ella, hablemos de los docentes o de los alumnos, tenía poco que ver con la imagen de respeto con el establishment que traslada la foto que reproduce la New York Review of Books.

Stuart Mill era un reformador, con una idea optimista de las posibilidades del individuo de trasformar la sociedad y conseguir su felicidad. Para él existía un patrón de referencia, basado en su idea de libertad tanto del gobierno como de las opresivas costumbres sociales, y creía que la sociedad había de ser evaluada respecto de ese modelo. Hayek , en cambio, consideraba la opción por la reforma, a la vez, equivocada, así como perniciosa o contraproducente. Según el pensador austríaco y enemigo de Keynes, con quien mantenía polémicas que enfervorizaban a la comunidad académica, el mejor regulador social es el mercado, o sistema de precios, que registra el conocimiento, las preferencias y los valores de un sinfín de gente, al que no puede ser alternativa ningún intento de planificación u ordenación social, sugerido por una razón humana universal. Mejor que en la ingeniería social confiar, al modo de Burke, en las veneradas tradiciones y prácticas seculares que respondían a la óptica y al conocimiento inmemoriales de la sociedad.

El interés del artículo de Sunstein, decía, consiste en iluminar correctamente al centro del pensamiento de Stuart Mill , esto es, profundizar sobre su valoración de la libertad, entendida desde el individualismo radical, como autodeterminación o desenvolvimiento de las posibilidades de cada persona, superada la perspectiva utilitaria que piensa en la maximización colectiva a ultranza del placer sobre el dolor, como designios de la acción pública, según los planteamientos de Benthan o su padre John Mill. Lo que propone Sunstein es que no nos quedemos en la comprensión del pensamiento liberal de Stuart Mill como un desarrollo o profundización de la reflexión política que le precedió, esto es, en cierto modo, como su culminación. Se trataría, en cambio, más que de presentar sus teorías en relación con los precedentes intelectuales que las hicieron posibles, de señalar la dependencia circunstancial de las mismas, mostrando en concreto la conexión de los rasgos fundamentales de su pensamiento con sus condicionamientos históricos y, sobre todo, personales.

Por lo que se refiere a las incitaciones de su circunstancia política ya hemos dicho que John Stuart Mill fue un publicista reformador que se pronunció, con agudeza y brillantez inusitadas, sobre las cuestiones candentes de su tiempo, pues dirigió la publicación trimestral The London and Westminster Review a finales de los años 20 y durante la década de los treinta del siglo XIX, hablemos del gobierno representativo, la extensión del sufragio, la lucha de las mujeres por la igualdad, la colonización, la independencia americana, la descentralización o el gobierno federal. Se sentía miembro de lo que Coleridge llamaba la “cleresy”, refiriéndose a los intelectuales cuyos puntos de vista sobre la sociedad y la cultura estaban llamados a influir en la opinión pública.

Pero, apoyándonos en parte en Sunstein, conviene subrayar dos tipos de incitación, las he denominado personales, que resultaron capitales en la configuración del pensamiento de Mill. Me refiero, en primer lugar, a su relación con la amada Harriet Taylor: a pesar de las formas que tanto los enamorados como el Sr. John Taylor observaron, por respeto a las convenciones sociales y a la educación de los hijos, no dejo de ser una relación escandalosa que le produjo marginación y sufrimiento. Esta experiencia le convenció de dos importantes cosas: la igualdad de la mujer, cuya postergación social era injusta para ella y nociva para la sociedad, a la que privaba de una contribución imprescindible para su progreso; y sobre todo la necesidad de afirmar la libertad individual, sin la que no hay posible autonomía o vida digna, no solo contra la autoridad pública sino frente a las trabas de la sociedad.

Hay otra segunda circunstancia personal que incidió en el radicalismo liberal de Stuart Mill, a la que Sunstein no presta atención pero que resulta capital. Se trata del significado de la educación que no puede entenderse como un patrón impuesto desde fuera y que constituye un marco de referencia obligado e imprescindible para la utilidad del pupilo, sino que debe compatibilizarse con la asunción de un proyecto de vida propio asumido desde dentro y no impuesto externamente al educando. John Stuart fue sometido a una educación planificada y absorbente por su padre: aprendió griego a los tres años, latín a los seis, leyó cantidades ingentes de historia moderna y clásica, y a los doce años la emprendió con la lógica y la ciencia económica moderna. El resultado fue una depresión descomunal pues no acababa de ver que esta educación meramente receptiva y sapiencial le dejase tiempo para el cultivo de su propia personalidad, incluidos los sentimientos. De esta penosa situación individual sacó al joven Stuart Mill la lectura ocasional de unas memorias en las que el autor, el escritor francés Marmontel, relata cómo la crisis de la madurez, determinada por la muerte del padre, es el momento en que el protagonista pasa a afrontar su destino al asumir las riendas de la familia.

Lo que justifica la vida de uno, lo que le causa la verdadera felicidad, no es su contribución, según los cálculos de otro, a la utilidad de los demás, sino, como dice Alan Ryan, refiriéndose al ejemplo de John Stuart Mill, la afirmación de la autonomía, la vitalidad y el deseo de ser el autor de la propia existencia, como demandas indeclinables de la dignidad humana.