Opinión

De parlamentarios y de vocaciones políticas

TRIBUNA

Juan José Laborda | Viernes 17 de abril de 2015

Al presentar la Revista de la Asociación de ex Diputados y ex Senadores de las Cortes Generales quise hacer una intervención propositiva y alejada del pesimismo respecto de nuestra política parlamentaria:

“Es un grato honor presentar los dos primeros números de esta Revista. Es la obra de la Asociación de antiguos miembros de las Cortes Generales, y los casi treinta y ocho años de parlamentarismo contienen los mejores episodios de nuestra historia contemporánea, y por tanto, merece respeto cualquier contribución para que se conozca mejor la actividad de las dos Cámaras parlamentarias nacionales.

Los directores, el antiguo diputado Pedro Bofill, y el periodista Luis Carlos Ramírez, y su plural Consejo de redacción, no ocultan su intención de crear un órgano informativo con vocación de entrar en los grandes debates sociales, y ese es otro motivo añadido de respeto: el parlamento surge y se desarrolla con la libertad de crítica. John Milton, el autor de “El paraíso perdido”, que después sería ministro del primer gobierno parlamentario de la Historia, escribió en 1644 , en plena guerra civil, “Areopagitica”: su famoso discurso, dirigido a los parlamentarios, en el que Milton sostiene que la libertad de informar y de debatir en los libros y en el parlamento son designios de Dios, pues afectan a la verdad, y la verdad es necesaria para gobiernos que responden ante la ley y ante los electores.

Esa apuesta por la libertad se halla en la lista de colaboradores que no son parlamentarios, juristas, profesores y periodistas fundamentalmente. Su enumeración demuestra que nuestro parlamentarismo no está alejado de la cultura y que no es cierto que los intelectuales no quieran saber nada de las instituciones políticas. Por orden de aparición, escriben: Juan José Solozábal, Carlos Carnicer, Luis del Val, Jaime Rodríguez Arana, Luis María Cazorla, José María Codes Calatrava, Ángel Luis López Ros o Pedro Cruz de Castro.

El listado de parlamentarios de hoy y de tiempos anteriores es significativo: escriben los dos presidentes, Jesús Posada y Pío García Escudero, y junto a ellos firman comprometidos textos: Pedro Bofill, Javier Moscoso, Landelino Lavilla, Carmela García Moreno, Manuel Nuñez Encabo, Carlos Robles Piquer, Elvira Rodríguez, Francisco Fernández Marugan, Rafael Martínez Campillo y yo mismo. Listado significativo por su pluralidad de pensamiento, y también por la calidad de sus escritos (mi contribución aunque sea el menos meritorio de todos los artículos, también es muy buena, y lo digo sin ninguna humildad, pues la humildad, según escribió Oscar Wilde, es la virtud de los que no tienen otra.)

Es verdad que nuestra vida parlamentaria ha creado unos vínculos de amistad excepcionales; y la amistad surge del respeto y de la admiración.

Si esos sentimientos de solidaridad y de sincera amistad se dieron y se dan, ¿por qué la vida política actual está opuesta a estas virtudes? Se podrían contestar con libros enteros a esa pregunta. Casi todos comenzarían con la paradoja de que las diferencias ideológicas y programáticas son ahora mucho menos amplias de lo que fueron hace cuarenta años, en la España de los años de la transición, y también en todas las democracias de Europa y de Estados Unidos de aquellos años. ¿Por qué la política de las actuales democracias atlánticas se ha dejado arrastrar por la noción de enemigo, el concepto que Carl Schmitt popularizó en la Alemania de los años treinta de nuestro siglo anterior? El tema es también actual, y permite sostener que las democracias contemporáneas padecen de males que justificaron el pesimismo de aquellos anteriores años de la anterior crisis global.

Estas revistas parlamentarias no rehuyen estos problemas, que son problemas que solo el parlamento y la política parlamentaria podrán tratar y resolver de manera civilizada. A lo largo de estos artículos encontrará el lector diversas reflexiones, pero que la mayoría confluyen en dos claras exigencias.

Primera, el consenso no fue solo la técnica inteligente con la que democratizamos el Estado, sino que se convirtió en método consustancialmente necesario para que nuestro sistema político evolucione resolviendo los retos de nuestros días.

Segunda, el pluralismo político empieza con las personas, y esto debe servir para que los representantes elegidos, los diputados y senadores, se afirmen como personalidades capaces y solventes, con pensamiento propio, alejados de esa tendencia de los partidos políticos a automatizar moral e intelectualmente a los elegidos. La democracia liberal y representativa se basa en partidos políticos. El artículo 6 de la Constitución de 1978 los definen con precisión democrática: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política”. Los partidos, en un modelo parlamentario como el nuestro, también tienen la misión, y la obligación, de controlar todo poder gubernamental, sea el del Gobierno propio o el de los adversarios competidores. De lo contrario, los partidos anulan el pluralismo individual de los representantes, y de ser instrumentos, pasan a instrumentalizar las instituciones del Estado.

Déjenme terminar con dos párrafos excelentes, que debo reconocer que no son míos. “Invocar la Constitución no supone evadirse de la política, como sostienen sus más acérrimos detractores de hoy, sino todo lo contrario: es buscar soluciones ambiciosas a los problemas, pero siempre desde la lealtad a las reglas”. Y el segundo párrafo dice: “…es imprescindible para ello que todos los españoles recuperemos y cultivemos el espíritu de diálogo y concordia que inspira la Constitución.” El primer párrafo es del presidente del Senado Pío García Escudero, y el segundo es del presidente del Congreso de los Diputados Jesús Posada.