Opinión

Soberanismo catalán, ¿descenso o aumento?

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 17 de abril de 2015

En la vida cuotidiana de la undécima ciudad de España, ritmada por el equilibrio entrenova et vetera, aún son posibles en plena calle diálogos como el siguiente: “Profesor, me parece advertir en algunos de sus últimos artículos –dice al cronista un amable y bien entrado en años colocutor- que cree observar en la opinión pública catalana una cierta, pero indubitable atenuación del soberanismo? Entiendo -añadió- que Vd., al igual que yo, es catalanófilo”. “Desde luego -respondió su interlocutor, prolongando su contestación en estos términos: Por el bien de España”. “Sí, como yo- aseveró el principal protagonista de la conversación provinciana”- . Ante tan estimulante réplica, el cronista se encontró, sin embargo, obligado a advertir a su deferente lector: “De todos modos, no debemos confundir el deseo con la realidad. A pesar del sedicente descenso, la pulsión soberanista es, a la fecha, en extremo fuerte en el Principado, conforme indican encuestas y estadísticas y refrendan asimismo las mil quejas de los catalanes españolistas, doloridos con sobrada razón de su desamparo por la ausencia de una robusta empatía y solidaridad de sus compatriotas al sur del Ebro…”

Tras la despedida, un ramalazo de resquemor y reluctancia sacudió el ánimo del abajo firmante. Su respuesta no reflejaba con exactitud su estado de espíritu, mucho más pesimista que el dejado entrever a su apreciado y sin duda ocasional y excepcional lector. La ebullición del talante actual de los sectores más enragés de la colectividad catalana no ha llegado a la meta que sólo un movimiento de masas de desbordada manifestación –en las urnas o en las calles o, simultáneamente, en unas y otras- daría vado. La rauxa que en la versión estereotipada pero, a las veces, también real y constatable, preside, en férrea dialéctica con el bien alabado seny, la vida histórica del pueblo catalán, todavía no ha dejado la huella de su expresión más genuina en el tejido de la sociedad hodierna en su postrer pleito con Madrid. Pesarosa y desgraciadamente, quizá sólo actos de inusitada violencia física contra los símbolos del Estado en las plazas y avenidas de los grandes núcleos urbanos del Principado –en particular, claro, de su incomparable capital- puedan significar, por el momento, y al margen de réplicas y efectos muy previsibles mas de dimensión desconocida, el término de un deriva que únicamente se mostrará de modo temporal frenada por el talud de la fuerza represiva. Mientras que, inexorablemente, llega la caída otoñal de las flores nacidas en una primavera desesperanzada en el gran teatro de la política nacional, las elites madrileñas seguirán especulando sobre la artificiosidad de un movimiento que sólo pretende, en el fondo y en verdad, en lograr la bicapitalidad.

No, admirado conciudadano, ni usted –al que deseo larga vida- ni el cronista conocerán una bajamar significativa del soberanismo catalán…