Traducción de Martin Lexell y Mónica Corral. Destino. Barcelona, 2015. 576 páginas. 22 €. Libro electrónico: 12,99 €. El escritor sueco Per Olov Enquist narra en clave novelística dolorosos episodios de su propia vida en una bajada a los infiernos que aquí se trasmuta en excelente literatura.
Por José Pazó Espinosa
La literatura hoy en día es tan ligera como las patillas de unas gafas de sol o la funda de un iphone. La novela, de forma especial, se desliza por un tobogán de agua serpenteante, rodeada de lectores que ríen y sienten emociones dignas de un parque de atracciones. La narrativa, en muy poco tiempo, en tres décadas, ha perdido peso intelectual y tamaño literario, se ha achicado, y se ha convertido en un reino de bebidas gaseosas servidas en vasos de papel de medio litro, y comida rápida, muy rápida, tan rápida que se engulle antes de que le hagan a uno la foto con la sonrisa blanca y dentuda. La novela actual es alimento para seres preadolescentes que moran en sus teléfonos portátiles. O ni eso. Para adultos que han decidido no ser adultos. Algo que ya anunció Grass en su Tambor de hojalata. La pesadilla de Voltaire.
Sin embargo, todavía se puede encontrar de vez en cuando literatura de fuste, peso y densidad. Hay que recorrer desvanes y buscar en cajas llenas de polvo. Hay que olvidarse de que los libros son solo para el verano e invocar a las tardes y noches de lluvia. Hay que alejarse de los parques acuáticos y frecuentar guaridas de escritores que no se han rendido a la subida de adrenalina de la montaña rusa, ni a los onanistas honores de Facebook. Hay que hurgar en los bolsillos de seres anacrónicos que, en vez de un móvil con internet de alta velocidad, han decidido llevar los bolsillos llenos de piedras y espuma, como personajes de Becket.
En España, esa generación, esa forma de fermento del pensamiento, se agotó con Juan Benet. El último Benet, el que hacía collages con recortes de La Ilustración española y americana en la azotea de su chalet del Viso, sentado en el suelo con su amante, ese Benet que llenó la escena intelectual y novelística de la Transición con una mirada oblicua y perspicaz, que conducía por España en un coche con volante en la derecha, ese Benet, vive todavía en la sombra de algunos, en el eco de unos pocos, aunque tengan un estilo muy diferente y sean de otras culturas. Uno de ellos es Per Olov Enquist.
Enquist es un novelista sueco con apellido de jugador de tenis. No es, como fue David Foster Wallace, un tenista frustrado, pero sí un saltador de altura que no llegó a los dos metros. Pasó su infancia en un pueblo mil kilómetros al norte de Estocolmo, en una casa verde, solo con su madre, maestra del pueblo. Era huérfano de padre. Allí, emboscado en un mini Macondo glacial, frecuentó a un tío criador de zorros, paseó por cuevas de gatos y descubrió el sexo en los anuncios de sostenes de un catálogo de ropa y artículos para la casa. Se inició en el deporte, en la literatura, y en esa búsqueda tan protestante de las sombras de uno mismo y de sus progenitores. Y todo ese cóctel dio como resultado a un escritor que aparece todos los años en la lista de posibles Premios Nobel, y que aquilata en esta orilla oriental del Atlántico una bolsa de canicas (eufemismo para testículos) comparable a la de Philip Roth. Un escritor macho de la vida interior. Un cirujano del hielo del alma masculina contemporánea. Un pecador del mundo de la cultura del fin del siglo XX.
Todo hombre debe bajar en vida, por lo menos, una vez a los infiernos. Enquist, en Otra vida, su novela autobiográfica publicada por Destino, desciende con celeridad. Lacónico como un personaje de Dreyer, implacable como un íntimo de Calvino (el luterano), jocoso como un compañero de charlas de Erasmo de Rotterdam, se interna en los meandros de su ser sin otra linterna que unas palabras dignas de adolescente retraído. Y así, oblicuamente, nos cuenta que alcanzó el éxito literario temprano que le negó el deporte, que frecuentó la progresía sueca socialdemócrata antes de que se popularizara en el resto de Europa; que trató con Olof Palme y con Ingmar Bergman. Que se casó, se divorció, y se arrejuntó con una danesa que lo llevó a un exilio regional: de Suecia a Dinamarca (algo así como de Cataluña a Aragón). Y que allí fue tan feliz que cayó en un alcoholismo profundo, gigante, propio de un macho muy alfa, pero conciliable con el éxito y con una visión de sí mismo descarnada pero orgullosa. Que, alcoholizado como solo un nórdico puede estarlo, se dedicó una década de su vida a curas de desintoxicación que culminaron en Islandia, bajo una noche eterna. Todo hombre debe bajar al menos una vez en vida a los infiernos. Lo que está menos claro es que deba volver.
Enquist volvió de sus infiernos y nos relata esa vuelta heroica con atractivo, pero sin decirnos por qué bajó allí. Quizá él mismo no lo sabía, quizá las razones para la bajada a los infiernos no sean muy importantes. Al fin y al cabo, Dante tampoco nos contó las suyas. Enquist, en su bajada, es una voz sincopada, que habla de él mismo siempre en tercera persona, que juega a la poesía que se esconde en los finales abruptos. Un hombre -porque está claro que es un hombre- roto sin querer reconocerlo, un ser a merced de lo que otros piensan de él. Frente a la literatura ligera imperante, es un autor pesado y radiactivo como una piedra de uranio. Y sin embargo necesario.
Necesario porque hacen falta voces que nos subyuguen a pesar de no ser ni complacientes, ni siquiera agradables. Porque la literatura, no es solo el disfrute de una mañana en la playa un día de agosto, sino la revelación ininterrumpida, pesada incluso, de que las cosas no son lo que parecen. La declaración de que bajo nuestra felicidad se encuentra un océano de inmenso desconsuelo, de que, tras la sonrisa de los millones de fotografías que nos hacemos, hay un rictus casi infantil que delata nuestro llanto oculto, nuestros gemidos disfrazados de risas. Enquist no baja la guardia. Digno, reservado, socarrón, nos dice que la infelicidad, a la postre, es igual de absurda que la felicidad. Y que la vuelta de los infiernos es casi tan irrelevante como la ida.