Juan José Vijuesca | Miércoles 22 de abril de 2015
Mientras comienza la romería de listas y listos electoralistas; mientras soportamos los estertores de los candidatos a gobernar un país, que a duras penas le queda estómago para digerir tanta basura, pues sabido es que los caminos de los políticos son inescrutables, sobre todo de quienes caen en la tentación de postularse del lado contrario a la honradez; pues he ahí, como les decía, que mientras contemplamos como los aspirantes bajan de la tarima mezclándose con el suburbio del voto y mientras nos definen quien o quienes son merecedores de tener la llave maestra de gobernar lo ingobernable, pues miren ustedes, mientras todo eso sucede, al mismo tiempo se enarbola un escrache al que fuera otro de los símbolos de la política y de las finanzas en nuestro país.
Caramba, caramba, una vez más la causalidad se viste de Prada cuando en puertas de las municipales, autonómicas y demás paritorios electoralistas, llega el top ten de la irregularidad fiscal y de la presunción de otras tantas reliquias adyacentes al fraude. Lo de Rodrigo Rato nos abruma con la puesta en escena, no sólo por tratarse de un personaje que, como digo, ha formado parte de los diez principales en la colegiata del poder en nuestro país, si no por la puntualidad del momento en el que nos llega el destape de lo irregular. Esto da que pensar y mucho, teniendo en cuenta que lo de sacar rédito en la movida no repara en gastos. Da igual si el ventilador gira hacia dentro como si lo hace al contrario, el caso es posicionarse a costa de lo que sea. Y claro, lo que sea puede ser a base de sacar a escena a cualquier “celebrity”. Si tuviéramos que estudiar en alguna de las antiguas enciclopedias de grado medio el tópico de la historia educativa en España, además de los reyes visigodos de siempre, nos encontraríamos con Rodrigo Rato como uno de los fundadores de la Galia.
Y es que cuando la memoria histórica nos inunda de acontecimientos como el vivido, con multitud de cámaras y despliegues de cobertura a pie de calle, la repercusión se hace grande, muy grande, tanto como el rédito del Prestige, por poner un ejemplo, sin eximente alguno, eso sí, ante el gran desastre y sus consecuencias medioambientales que aquello ocasionó.
Y hablo de causalidad, que no de casualidad, porque es lo que demanda el juego de urnas para hacer caja y sumar en intención de votos. Mariano Rajoy, inalienable de costumbres, enseguida ha puesto de manifiesto que el asunto del señor Rato obedece a la esfera de lo estrictamente personal, de manera que allá con su penitencia por mucho activo que fuera del Partido Popular y demás fidelidades pasadas; pero ya se verá si esto suma o resta en su propósito electoral. El caso es que un tema con tanto presunto alzamiento de bienes, blanqueos y demás jeringonzas fiscales va a noquear el devenir del PP a pesar de que Rajoy quiera desvincularlo. El daño ya está hecho y la imagen de España también cuenta. No lo olviden.
En un país como el nuestro, donde la capacidad de asombro ya no existe, da igual que sea Rato, Alarico o Recaredo el que sirva de modelo para enredar aún más al colectivo, dicho de manera coloquial, al censo electoral, que dicho sea, lleva una temporada de tantos años como presuntos casos de corrupción pendientes de resolver anidan en justicia; y lo que te rondaré morena hasta las próximas generales, pues ahora se persigue con ahínco el conocer nombres y apellidos de quienes componen la lista de los “agraciados” por la amnistía fiscal y aquí sí que podríamos estar ante el fin de los tiempos. Mientras tanto, cada cual aspira a la mayor y les da igual que el imputado tenga o haya tenido orígenes en Génova, en Ferraz o en Islas Vírgenes, lo que prima es la subasta de votos y coger a tiempo ese tranvía llamado deseo con destino a Moncloa o alguno de los apeaderos con renombre.
En fin, lo peor de todo es que en este vodevil nuestro de cada día muchos tiran la piedra y luego esconden la mano. Es lo que tiene escupir hacia arriba y luego esperar que caigan pétalos en forma de perseidas o lágrimas de San Lorenzo.