Con el Imperio Otomano dando sus últimos coletazos tras más de seis siglos de historia, tuvo lugar uno de los episodios más oscuros y a la vez menos conocidos del siglo XX: el genocidio armenio.
Hasta un millón y medio de personas, si no más, perdieron la vida tras ser sometidas a un exterminio sistemático entre 1915 y 1923. Considerado por muchos historiadores como el primer genocidio moderno de la historia, antecedió en tres décadas al del nazismo o al del estalinismo.
Centenares de miles de armenios, aunque también griegos, serbios y asirios, vieron cómo eran expulsados de sus casas, se les expropiaban sus bienes y eran deportados a regiones desérticas de Siria y Mesopotamia para ser masacrados después. Entre medias, incontables palizas, secuestros, violaciones, torturas y vejaciones.
De la convivencia al horror
A comienzos del siglo pasado, la importante y pujante comunidad armenia presente dentro de las fronteras otomanas, que algunos cifran en tres millones de personas, coexistía pacíficamente con la mayoría musulmana del país. A pesar de ser considerados ciudadanos de segunda o ‘Dhimmi’ por no profesar la religión islámica, los armenios estaban presentes en casi todos los estratos de la sociedad y contaban con importantes eminencias en campos como la ciencia, la cultura o la política.
Sin embargo, los armenios otomanos todavía tenían muy presente el pasado de violencia que habían padecido en el Imperio no hace mucho, como cuando 200.000 personas fueron asesinadas por las tropas del sultán Abdul Hamid II entre 1894 o 1897 o la masacre de Adana, en la que 25.000 hombres, mujeres y niños fueron ejecutados el 13 de abril de 1909 en esta ciudad del sureste de la Península de Anatolia.
En este contexto de tensa convivencia, era previsible que un conflicto como la I Guerra Mundial supusiera el escenario propicio para una limpieza étnica a gran escala. En los primeros envites de la Gran Guerra, la actual República de Turquía estaba gobernada por un partido nacionalista denominado Comité de Unión y Progreso (CUP), aunque popularmente sus miembros eran conocidos como los 'Jóvenes Turcos'.
A imagen y semejanza de lo que tres décadas después supuso el nazismo con las SS o la Gestapo, esta formación contaba a su vez con un brazo armado pseudo policial denominado Teshkilati Mahsusa (Organización Especial). Conformada por presos liberados, tropas irregulares y matones, esta milicia sembró el miedo durante años aplicando su particular ley del terror por todo el país, con especial ensañamiento sobre las minorías como la armenia.
Tras el estallido de una revuelta popular, el Gobierno de los ‘Jóvenes Turcos’, el 24 de abril de 1915,temeroso de que se repitieran más escisiones del Imperio como las de Rumanía, Serbia o Montenegro fruto del Tratado de San Stefano, decidió detener y deportar a 250 personalidades armenias. Tras ellos vinieron muchos más que acabaron pereciendo en alguno de los 26 campos de concentración registrados.
Dos posturas encontradas un siglo después
Mientras Armenia lleva años reclamando indemnizaciones para los descendientes de las víctimas, Turquía no niega la muerte del millón y medio de armenios ni que se cometieran graves delitos contra la comunidad, pero rechaza de manera tajante calificar lo ocurrido entre 1915 y 1923 de genocidio pues, esgrime, no había un plan premeditado para la eliminación sistemática y masiva de los detenidos.
En su defensa, Ankara señala que el Imperio Otomano hizo frente a una insurrección dentro de su territorio nacional de peligrosos y radicales sectores de la comunidad armenia financiados por Rusia, que entonces veía con buenos ojos la oportunidad de desestabilizar a un actor de peso pero agonizante en el Mediterráneo oriental.
En la actualidad, ambos países mantienen congeladas sus relaciones diplomáticas, a pesar de que los contactos extra oficiales se mantienen, pues los dos, por ejemplo, forman parte de la Organización de Cooperación Económica del Mar Negro y Ereván cuenta con embajada en Ankara, no así al revés. Además, las fronteras se mantienen cerradas desde 1993, cuando estalló el conflicto de Nagorno-Karabaj entre Armenia y la vecina Azerbaiyán.
Las relaciones bilaterales no pasan por su mejor momento, y los dardos envenenados, más ahora en pleno centenario del genocidio, vuelan de un lado a otro. Sucesivos intentos de crear comisiones bilaterales de investigación han caído en saco roto fruto de las rencillas del pasado.
En pleno homenaje, Ankara ha organizado a su vez la conmemoración del 100º aniversario de la cruenta batalla de Galípoli, a la que ha invitado, en franco desafío, al presidente armenio, Serzh Sargsyan, que ha declinado acudir. En cambio, decenas de miles de armenios repartidos por todo el mundo como consecuencia de la diáspora posterior al genocidio, con importantes comunidades en Argentina, Estados Unidos o Francia, si honrarán a las víctimas con multitud de actos.
Mientras, la comunidad internacional corre un tupido velo sobre el reconocimiento de la masacre. Esta misma semana, Austria ha sido el último de una reducida lista de 23 estados, entre los que también se cuentan Francia, Italia, Alemania, Canadá, Grecia o Rusia, que sí reconocen lo sucedido en los términos expuestos por Armenia.
Por su parte, el Parlamento Europeo ha instado a Turquía a reparar los daños y el Papa Francisco reconocía el pasado 12 de abril el sufrimiento del pueblo armenio “durante el primer genocidio del siglo XX”, unas declaraciones que tuvieron réplicas muy duras por parte del primer ministro otomano, Recep Tayip Erdogan, que le recordó el historial de nazis acogidos por Argentina tras la II Guerra Mundial.
Por el contrario, Estados Unidos, tradicional aliado de Turquía, en cuyo territorio está una de las principales bases militares para luchar contra Estado Islámico, Incirlik, se resiste a emplear el término genocidio. Algo parecido sucede con el Gobierno español (País Vasco y Cataluña han reconocido los hechos por su cuenta) o con Naciones Unidas, cuyo secretario general, Ban Ki-Moon, se limitaba a calificarlos el pasado día 13 de “crímenes atroces” sin entrar en más valoraciones.
En cualquier caso, la memoria de lo sucedido no se difumina con el paso del tiempo. Este jueves, la Iglesia Apostólica Armenia, la más antigua del mundo, canonizó al millón y medio de muertos en una ceremonia religiosa en la catedral de Echmiadzin. Además, este viernes está previsto que se rinda un multitudinario homenaje a las víctimas al que acudirán Vladimir Putin y François Hollande.