Cristiano Ronaldo es muy rico, muy guapo y muy famoso. A veces, también juega bien al fútbol. Cobra un pastón por los anuncios que hace, de ahí que se preocupe tanto por su imagen. Recientemente, ha cambiado de peinado. En el entorno del astro portugués reina un enorme malestar porque ni el New York Times ni el Washington Post se han hecho eco de un acontecimiento tan relevante. Allá ellos y sus mesas de redacción. En cambio, en el Museo de Cera de Madrid sí han sido sensibles a lo que realmente importa. Hace poco, el peluquero personal de Cristiano Ronaldo se pasaba por allí para arreglar el maniquí del aprendiz de Messi conforme es debido, no fuera a ser que alguien viese al efebo de cera con un pelo sin atusar.
David Beckham no lava sus calzoncillos. Total para qué, pudiendo estrenar cada día dos pares, a razón de 150 euros cada uno. Hagan cuentas, que a mí no me da la gana. Minucias si lo comparamos con Floyd Mayweather, el boxeador del momento. Sólo el protector bucal que usará en el “combate del siglo” contra el púgil filipino Manny Pacquaio vale 25.000 dólares -va laminado en oro y lleva incrustaciones de brillantes y billetes de 100 dólares enrollados-. En el paseíllo inicial lucirá un cinturón hecho a medida con 3.000 esmeraldas en su corona, y la bolsa que se llevará por la pelea en cuestión asciende a 150 millones de dólares.
No sólo en el ámbito deportivo pasan estas cosas. Cada vez que va a un hotel, Mariah Carey ordena que instalen un gimnasio al lado de su suite donde únicamente se proyecten videoclips suyos. Ella y su perrito se bañan en agua mineral francesa y utilizan sales del mar Muerto para hacerse un peeling. Sí, los dos. Rihanna, por su parte, siente pasión por las chuches y la comida basura, hasta el punto de llegar a exigir que un avión privado le trajese desde Estados Unidos hasta Alemania catorce paquetes de galletas Oreo, cuatro bolsas de patatas fritas con sabor a queso, nueve taurinas de helado y seis pizzas familiares.
Hoy, 23 de abril, es el Día Internacional del Libro. La razón, que tal día como hoy morían William Shakespeare y Miguel de Cervantes. En España se hablará sin duda de la prolija escritora Belén Esteban, que también se lleva un pastizal por hacer no se sabe muy bien qué -salvo haber yacido con un torero y pegarle patadas continuamente al diccionario-. Son todas ellas figuras de un primer mundo al que los desheredados del tercero intentan llegar a toda costa. Muchos se quedan por el camino: muertos de sed en el desierto africano o ahogados en el Mediterráneo. Ni ellos conocen a los ricos famosos, ni a éstos les importan una higa los parias de la tierra.
Pero hoy, día 23 de abril, es un día importante para señalar algunas coincidencias: los pobres sirios que huyen de la guerra en su país, los cristianos iraquíes que suben en patera para que el IS no les asesine, Belén Esteban y Cristiano Ronaldo son seres humanos. El Día Internacional del Libro es duro para ellos, porque ni unos ni otros han leído jamás uno -recientemente, Lionel Messi se jactaba de ello-: ninguno sabe lo que es. Pero además, los que mueren intentando arribar a las costas de Europa lo hacen ignorando qué demonios es un peluquero o para qué sirve. Encima, tienen la desfachatez de morirse despeinados. Ya lo dijo Neil Armstrong al pisar la luna: “un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la Humanidad”. Pues aquí, en la Tierra, caminamos cada vez más para atrás.