Opinión

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TRIBUNA

Juan José Laborda | Viernes 24 de abril de 2015

En una trepidante semana como la pasada viene bien a nuestra decaída moral conocer unas circunstancias aún más trepidantes que vienen sucediendo a la vez en Guinea Ecuatorial.

Ese hermoso país, antigua colonia nuestra, que tiene por lengua común de sus diversos grupos humanos culturales el español, vivió una reciente expansión económica al convertirse en el tercer país productor de petróleo y gas del África subsahariana. Desde que el petróleo bajó de precio Guinea Ecuatorial entró en recesión económica. Para este año de 2015, el FMI pronostica que será el país del mundo que sufrirá una mayor contracción: su PIB caerá el 15,39 %, seguido de Sierra Leona que bajará el 12,76%, Venezuela el 7%, Rusia el 3,83% y Brasil el 1,03 %.

Una recesión con esos porcentajes de pérdida de la riqueza nacional puede crear un malestar social que produzca una inestabilidad en las instituciones políticas de Guinea Ecuatorial. Como otros muchos países petroleros -el caso paradigmático es Venezuela-, el dinero fácil del oro negro destruyó la agricultura y la artesanía tradicionales, arrasadas por productos importados al calor de una demanda muchas veces irracional para los intereses del país. Pero el gobierno de Obiang no tomó medidas pensando en el futuro de Guinea Ecuatorial; es más, se dejó llevar por un gasto desmesurado en proyectos con poca rentabilidad social -como grandes obras públicas, caras y suntuosas-, mientras no se mejoraba en nada la educación y la sanidad. Ese estúpido “laisser faire, laisser passer” ocasionó que aumentase la población urbana, y que se desarticulasen los vínculos comunitarios de los poblados de las áreas rurales, de modo que cuando se produjo la recesión actual, muchas personas que vivían en las ciudades, Malabo y Bata significativamente, se quedaron sin empleo, en unas condiciones realmente muy difíciles. Guinea Ecuatorial tiene una población de unos 800.000 habitantes, y los descubrimientos de gas y petróleo podrían haber servido para que todos salieran de la pobreza, pero el gobierno de Obiang no lo intentó nunca.

Las revueltas y revoluciones que han cambiado muchos gobiernos en África, alarmaron al propio Teodoro Obiang. Modificó la Constitución del país (16 de febrero de 2012), buscando la cooperación de los partidos de la oposición, pero éstos, sintiéndose engañados, se retiraron de las negociaciones. Al final, las reformas consistieron en crear nuevas instituciones, que sólo fueron premios y sinecuras para contentar a sus partidarios (¡ni siquiera pueden calificarse ya de fieles!), y para situar a su hijo, el famoso Teodorín Nguema Obiang Mangué (nacido en 1971), en una vicepresidencia de la República, con competencias en Defensa y orden público. Lo más sorprendente es que ese cargo no existe en la recientemente reformada Constitución, lo que indica, además de que las leyes no se respetan, que Obiang duda sobre qué hacer con un hijo que pretende sucederle como presidente de la República.

El CPDS, el partido socialdemócrata que está legalizado (aunque sufre periódicas represiones), propuso hace pocos meses un “Diálogo Nacional” de todas las fuerzas políticas con el gobierno de Obiang, con el fin de establecer unas bases para democratizar el Estado, y que para empezar se formaría un “Gobierno de Unidad Nacional”. El presidente Obiang aceptó la propuesta, inició negociaciones, autorizó el regreso de algunos exiliados, pero una vez más, cuando llegó la hora de las decisiones, no hubo ningún acuerdo, y el CPDS, y los demás partidos que realmente son de la oposición (el Régimen alimenta siglas políticas completamente artificiales por propio interés), denunciaron por falsa y artera la actitud de Obiang en ese fallido proceso.

La habitual táctica de Obiang de ganar tiempo, prometiendo reformas cuando las cosas se le ponen feas, esta vez no ha funcionado. Los partidos de la oposición se han unido, cosa que no sucedía desde hacía muchos años, y además, han conseguido que sus propuestas hayan merecido la atención de los embajadores de países como Estados Unidos y de la Unión Europea, incluyendo, como es lógico, el de España.

La reacción del Régimen no ha podido ser más torpe y maligna. Desde la televisión oficial, pasando por la policía, hasta llegar a altos cargos ministeriales, el Régimen salió a descalificar a la oposición con la consigna de que ésta quería “desestabilizar” el país. Un argumento parecido al que emplea Nicolás Maduro en Venezuela, con una mala situación económica que él tampoco puede corregir. Pero el caso de Guinea Ecuatorial es aún peor. El Régimen guineano ha intentado acusar a la oposición de querer introducir un enfermo de ébola en el país, para producir la cacareada “desestabilización”. Esa acusación es tan inverosímil que resultaría cómica si no fuese el pretexto que puede desencadenar una oleada de detenciones y encarcelamientos de los líderes de la oposición democrática. En diversos parlamentos europeos se han adoptado iniciativas para protegerlos, y en España, el senador por Burgos, Ander Gil García, ha pedido formalmente al Gobierno de Rajoy que esté vigilante en Guinea Ecuatorial, y es conveniente que se sepa que nuestra embajada en Malabo estuvo atenta y coordinada con otras embajadas cuando Andrés Esono Ondó, el nuevo líder del CPDS (y promotor del “Diálogo Nacional”), fue detenido, cuando regresaba de Europa, acusado de ese intento de introducir de matute un enfermo de ébola.

Ha llamado la atención que el presidente Obiang no ha secundado públicamente esa disparatada acción contra la oposición. La tesis que detrás de esa acción ha estado su hijo Teodorín, no sólo se basa en que además es estúpida, sino en el hecho de que Teodorín ha perdido poder en la remodelación gubernamental de hace unos pocos días. ¿Anuncio de cambios? España no debería estar al margen.