Opinión

Plan contra la intolerancia en Francia

TRIBUNA

Cristina Hermida | Viernes 24 de abril de 2015

El sentimiento de islamofobia y antisemitismo sigue creciendo considerablemente en Francia, de forma todavía más intensa desde el mes de enero de 2015, fecha en la que se produjeron los graves atentados yihadistas. Ello ha provocado que en este mes de abril se haya puesto en marcha un potente plan de 40 medidas contra la intolerancia que cuenta con notables herramientas jurídicas, policiales y educativas dotadas de un presupuesto que alcanza la cifra de 100 millones de euros.

La intención de Manuel Valls con este plan estratégico es tratar de poner freno al odio desatado en el país contra los musulmanes, los gitanos, los extranjeros, los judíos, etc., persiguiendo los delitos con componente racista o antisemita, incluso cometidos a través de internet. Es más, el elemento racista o antisemita en cualquier ilícito penal o delito va a ser considerado a partir de ahora como “una circunstancia agravante”. Se intentará así sensibilizar a la sociedad para que no se cometan delitos racistas y además impedir que los ciudadanos de origen musulmán o judío se vean obligados a huir de Francia ante el miedo de ser atacados, excluidos socialmente, o por la mera vergüenza que invade al que pretende confesar su religión en este país.

No son pocos los ciudadanos en Francia que por motivos religiosos viven en una situación de acoso permanente. Atendiendo a la Directiva 2000/43/CE, conviene recordar que el acoso constituye una forma de discriminación por origen racial o étnico puesto que se trata de un comportamiento no deseado relacionado con el origen racial o étnico que tiene como objetivo atentar contra la dignidad de la persona y crear un entorno intimidatorio, hostil, degradante, humillante u ofensivo.

A mi modo de ver, los atentados producidos en los últimos tiempos en Francia contra musulmanes, gitanos o judíos constituyen “delitos de odio” por ser delitos motivados por la intolerancia hacia ciertos grupos en la sociedad. Interesa resaltar aquí que los delitos de odio gozan de dos características que hacen que se conviertan en ilícitos singulares: en primer lugar, el acto resulta ser un delito tipificado en el Código Penal y además el delito se encuentra motivado por un prejuicio. Esto indica que el autor habitualmente actúa contra alguien por algún rasgo protegido de éste. Ahora bien, la víctima no necesariamente tiene que ser una persona individual, pudiéndolo ser varias personas a la vez o incluso la propiedad asociada con un grupo que comparte una característica singular. Característica singular se viene considerando por los tribunales y órganos jurisdiccionales aquella característica básica o esencial compartida por un grupo como la religión, la etnia, la raza, el idioma, etc.

Por eso me parece acertada la decisión del Gobierno francés de aseverar las sanciones penales para que la sociedad se tome de una vez en serio la envergadura de los delitos de odio. Asimismo me parece indispensable que en paralelo se luche contra el discurso del odio bajo el cual se recoge cualquier forma de expresión que extiende, incite, promueva o justifique el odio racial, el antisemitismo, la xenofobia o cualquier otra forma de odio basada en la intolerancia, entre las que cabría poner como ejemplo, la intolerancia que se asocia con la hostilidad que sufren los musulmanes, judíos o gitanos actualmente en Francia.

Concretamente a los musulmanes y judíos se les persigue en Francia no por la raza sino por la etnia a la que pertenecen, la cual vendría en su caso definida por las creencias religiosas que les identifican como grupo social, conforme al célebre fallo del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo “Timishev contra Rusia” del año 2005.

Va a costar no solo dinero el plan de Valls. Eso seguro. Pero creo que merece la pena invertir en la lucha contra los prejuicios “ilegítimos” que se han apoderado de Francia en los últimos tiempos. En esa batalla estamos todos implicados y no solo las instituciones jurídico-políticas francesas. De todos los ciudadanos de la Unión Europea depende que esos sentimientos irracionales de temor y de desagrado que muchas veces sentimos hacia lo diferente se revisen desde la autocrítica con el fin de no estigmatizar a una determinada comunidad.