Opinión

El discurso dominante y... atosigante

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 24 de abril de 2015

Es en extremo difícil evaluar la calidad y densidad de la oratoria de ha medio siglo con la actual. La impresión por entonces dominante en el gran público era la de la prevalencia de la vacuidad y altisonancia, fruto casi inevitable de la primera. Al margen, claro es, del discurso que se enseñoreaba de las tribunas y esferas oficiales, con reminiscencias ya muy apagadas de los foros y escenarios fascistas, el vigente en los restantes ámbitos solía vegetar en la grisaciedad y en la rutina más esclerótica. En el país de Agustín de Argüelles, E. Castelar y M. Azaña –registros de muy variado tenor, pero todos presididos por la excelencia- el hecho no podía por menos acrecentar el ansia de una renovación de la vida política que trajera el recobro de las libertades y, con él, de la oratoria de parlamentos como los de las Cortes de Cádiz, los de la Constitución de 1869 y aun de la Segunda República en sus tres legislaturas. Sin embargo, como tantas otras esperanzas, éstas también naufragaron. En los discursos e intervenciones en ambas Cámaras el común denominador radicó en la simpleza de la argumentación y en la desmaña de la exposición. Cuando el comportamiento tribunicio de algún dirigente sobresalía por cualquier razón o cualidad –viveza, trabazón, enjundia, ardimiento o espectacularidad gestual-, no se tardaba en considerar un verdadero mirlo blanco por unos cronistas parlamentarios de ordinario ignaros de la alta escuela de la retórica política en la España liberal.

La pobreza, premiosidad y vuelo gallináceo que imprimían su infeliz nota al discurso del que todo tiempo fuera considerado como “El templo de la elocuencia” se trasvasaron, lógica e ineluctablemente, a los diversos planos de la existencia cívica, sin que pudiera servir de antídoto o contrapeso el generado por las instancias académicas, a la cabeza de ellas, la propia Alma Mater. A causa del escaso cultivo en cualesquiera de dichos medios del uso de un lenguaje mínimamente expresivo y rico, a tono, por lo demás, con la áurea tradición de nuestras letras –victoriosas o , en todo caso, homologables en el cotejo con las literaturas más esplendentes de la cultura occidental-, la educación impartida en los centros de enseñanza de la España democrática no dotó a sus alumnos de los instrumentos requeridos para manifestarse con corrección gramatical y, todavía menos, para enhebrar un discurso con justeza expositiva y vibración temática. Por doquier el atril se impuso a la tribuna, y la lectura más o menos ágil y simulada con los métodos más sofisticados de las modernas tecnologías desplazó por completo a la palabra espontánea y lanzada al libre viento…

Empero, desde el comienzo de la aventura humana aquélla es el medio por antonomasia de la persuasión y el nacimiento todas las creencias y fes. En un año repleto de acontecimientos electorales, los políticos profesionales y los aspirantes a su hodierno privilegiado status harían bien en no olvidarlo. Y tampoco –en un orden sin duda más trascendente-, los maestros de escuela, los profesores de institutos y colegios e igualmente los catedráticos de universidad, investidos de tal condición por sus saberes y no por lo meritorio y dilatado de sus servicios de gestión y fomento administrativos, necesarios y relevantes mas insertos en esfera bien distinta a la del Alma Mater genuina.