Editorial

Europa ante el desafío de la inmigración

Sábado 25 de abril de 2015

El fenómeno de la inmigración no es en absoluto nuevo, pero de un tiempo a esta parte se ha intensificado en el escenario europeo. Y lo hecho hasta tal punto que la inmigración irregular y cada vez más masiva plantea hoy a Europa uno de sus mayores retos. Un reto que lleva aparejado cuestiones de gran trascendencia, empezando por el gran drama que supone que esa inmigración que trata de llegar a un territorio que imaginan como la tierra prometida se quede muy a menudo en el camino muriendo en pos de su sueño. Pese a ello, parece que la UE no acaba de ser consciente de la situación y solo la aborda en momentos especialmente graves. Uno de esos momentos se ha producido ahora, con el naufragio del pesquero que ha costado la vida a más de ochocientos inmigrantes que viajaban en él hacinados.

La magnitud de la tragedia, que se suma a otras quizá no tan llamativas pero igual de dolorosas, provocó una inmediata reunión en Luxemburgo de los ministros europeos de Exterior e Interior y puso en marcha una cumbre extraordinaria y de urgencia de jefes de Estado y de Gobierno. Bien está, pero no es para lanzar las campanas al vuelo, pues es lo mínimo que la UE podía hacer. En la cumbre se han tomado medidas adecuadas como triplicar el presupuesto para labores de vigilancia y rescate u otras no desdeñables como brindar más recursos a países africanos para que controlen mejor sus fronteras, aunque en este caso no estaría de más hacer un riguroso seguimiento de que esos recursos se emplean verdaderamente para ese fin.

No obstante, quizá todos los esfuerzos resultarán finalmente baldíos si no se establece una mayor cooperación para que la población del territorio africano no viva en condiciones tan brutalmente desiguales frente al continente europeo y en muchos casos bajo regímenes de auténtico terror o inmersos en bárbaros conflictos bélicos. Y, muy especialmente, si Europa no se toma suficientemente en serio la desarticulación de las bandas de tráfico humano que han montado un tan suculento como nauseabundo negocio en torno a la miseria más extrema y que está convirtiendo el Mediterráneo en el mar de la muerte.

No puede abandonarse la idea planteada en la cumbre de tomar medidas militares en la costa de Libia que impidan la salida de los barcos de las redes de traficantes. Bien es cierto que no es fácil, ya que exigiría el consentimiento de Libia, hoy en una situación muy complicada con dos Gobiernos, uno exiliado y otro en Trípoli, pero quizá podría subsanarse el problema con un mandado de la ONU. En cualquier caso, es imprescindible que se profundice en el asunto de desmontar las mafias del tráfico humano. Igualmente, esperemos que de una vez por todas Europa comprenda que está frente a un problema común, y no solo de los países del Sur, que debe abordar sin reticencias de manera conjunta, considerando las costas de todo el continente como una frontera global del espacio europeo.