Alfaguara. Barcelona, 2015.336 páginas. 18 €. Libro electrónico: 9,99 €. Una de las voces más brillantes de la actual literatura colombiana ofrece en su nueva novela una sugerente trama que se convierte en metáfora de su país.
Por Francisco Estévez
A veces despistan, otras no aclaran, las más inventan, solo en ciertos casos, los menos- ¡ay!- las solapas afinan a dar sucinta cuenta de aquel conjunto de páginas que encierran entre cartones. Las demás veces no dejan de ser una desiderata, una captación benevolente o una farsa en el peor de los casos. De no existir ya, alguien debiera emprender estudio detenido de ese mini género tan juguetón como tramposo, siempre colindante con la ciencia-ficción en sus extremos más vaporosos, que son las sinopsis de cubiertas en los libros (no en vano, el genio de Stanislav Lem acometió estudio similar desde la creación con esas deliciosas y alocadas reseñas de libros ficticios en Vacío perfecto). Estas ideas vienen al socaire de la nueva novela de Héctor Abad Faciolince, la dificultad de sintetizar argumentos y la solapa propuesta por su editorial. En este caso, da cuenta precisa de su haber interno. Siendo esto cierto, no da templanza del núcleo subyacente que es el verdadero motor de la narración y, a la postre, columna vertebral del libro (paradojas de las síntesis).
La Oculta es el nombre de una finca cuyo origen es parte ínfima del pago de unas deudas del Estado colombiano a un par de comerciantes españoles afincados allá. No es dato nimio la dedicación laboral: el terreno es fruto del laborioso trabajo, siempre meritorio (a diferencia de la mayoría de latifundistas de Colombia y buena parte de América Latina, con tierras heredadas por títulos nobiliarios, gracias de Reyes, simpatías de gobernantes u oscuros trueques). Veta de relieve en el libro es la fuente del trabajo como voluntad de transformar una realidad. Aquí una selva inhóspita de terrenos baldíos, tierra inútil al cabo, en terreno para el ganado. En el tiempo actual de la novela la finca heredada por tres hermanos, que han vivido largos periodos en sus territorios, ha devenido en un sitio para morir. Incluso Pilar, una de las hermanas, se ha especializado en maquillar a los muertos más íntimos.
Las voces de los hermanos no hablarán entre ellas más que entre líneas, símbolo de la dificultad social de comunicación del país entero (que campea por igual en otras naciones, como la nuestra, y quien no quiera ver que no vea). A duras penas tres monólogos de hermanos en un registro con aire coloquial bien logrado. Toño, historiador de La Oculta, Pilar y Eva representan al cabo maneras distintas de entender el territorio y de relacionarse con la finca, con sus antepasados, con su país. Desde la conciencia a la pesadumbre pasando por la pasividad o la aquiescencia. Qué hacer con el futuro de esas tierras, -y por extensión con Colombia- será el dilema a dilucidar.
La relación del antioqueño con el terruño resulta ligamen profundo. Quizá extensible al ser humano en general pues no acaso de la expulsión de cierto paraíso nace el camino de nuestra raza, según querencias cristianas y el eco de otras religiones. De tal modo, abre esta novela con el recuerdo de aquella dolorosa cita del Levítico: “Pero sus campos nunca se vendan, por ser herencia sempiterna”. Así la violencia continua escenificada en secuestros, asesinatos o guerrillas, pasa a plano distinto en la novela, como elemento constante, pero uno más del paisaje colombiano. Fernando Vallejo ya ha descrito con su característica virulencia las hechuras del país, véase la columna aquí dedicada a su libro Peroratas. No es la misma la intención de Abad Faciolince. Léase con atención en La Oculta esa logradísima escena del lago y los sicarios, alternada con otros diálogos y voces que dan un tempo psicológico y un cruce de elementos metáfora muy lograda del país.
En el siglo XX fue Borges (otro que cultivó la mención de libros inexistentes) quien resumió con lucidez aquella idea clásica por la cual la Literatura no es más que la reformulación de esas cinco o seis ideas que obsesionan al ser humano. Aquí se trabaja una de ellas. ¿De qué pretende ser metáfora La Oculta? ¿Cuál es entonces ese hilo rojo yacente que vertebra el libro? El colombiano reflexiona sobre las distintas visiones que atenazan o definen a su país, que conviven como pueden, que dialogan, cuando lo hacen, a disparos o a gritos. Retumba la voz de los tres narradores, las acciones de secundarios, de ese coro gritón de voces se desprende la idea de Colombia como nación Oculta. Se podrá matizar la opinión de algún personaje “como país fallido, sin futuro, con un Estado lejano, indolente y corrupto” pero pone sobre el tapete las cartas que se barajan a lo largo del juego narrativo.
Así el análisis bosquejado, para el lector atento el texto presente es continuación por caminos novelísticos de El olvido que seremos, la dolorosa crónica de la muerte del padre de Abad Faciolince. Cambian algunas técnicas narrativas, con matices también el género. Continúa el ahondamiento en la misma idea, perfilando nuevas vetas ahora talladas en la tradición narrativa, antes rescatadas desde el dolor y la ficcionalización del recuerdo personal. El buen escritor se vale de todo lo que hay en ese gran escritorio suyo que es el mundo. En un libro reconstruye una familia pero cuenta una nación, en el anterior contaba una familia para reconstruir una nación. En ambos textos la idea es la misma; en cada uno se recorren polos en sentidos opuestos. Maneras de contar un país. Maneras de ser Colombia.