Opinión

La derecha y la cultura

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 01 de mayo de 2015

Muy revarbativo de carácter y con el genus vatum, G. Fdez de la Mora (1923-2002) fue astro mayor del panorama cultural conservador de toda la segunda mitad del siglo XX español. Más por su aportación crítica que creativa –dejó en fárfara a su muerte, según noticias proporcionadas por algunos de sus allegados, un libro de poemas-, sus análisis –a menudo vehiculados por el periodismo de alto coturno- de los principales focos y personajes señeros del pensamiento y las letras de dicha centuria tuvieron el casi invariante sello de la notabilidad. De acusado corte menéndez-pelayano, la acentuada vis polémica de su ática pluma no favoreció, desde luego, su recepción y eco en los grandes círculos intelectuales y académicos de la nación, en los que de solito se le incluyó en la extensa nómina de nuestros escritores “carpetovetónicos” y pertenecientes a “la caverna”. Los expendedores de patentes en el monopolístico mercado cultural –en particular, en la esfera editorial, clave de todo su edificio- lo encasillaron pronto bajo tal marbete proclive incoerciblemente a la marginación, sin que sus numerosos e incontestables méritos en el cultivo de la inteligencia pudieran nunca sacarlo de esta sumaria ejecución en vida. Por supuesto, el aplauso que aquistara en anchos sectores conservadores no impidió tan aleve ostracismo, dadas la infirmidad e inoperancia de tales medios, según el brillante miembro de la “Carrière” –pese a que no fuera embajador- y diligente ministro de Obras Públicas franquista conocía bien y lamentara incesablemente.

Con dichos avales es claro que su frase-juicio o sentencia “la Derecha española no ha leído un libro desde Jovellanos…”, conocida tardíamente por el articulista a través de la información de otro proscrito de nuestro mundo literario –éste “converso” desde la izquierda, espécimen asaz raro en nuestras latitudes, conforme resulta harto sabido-, puede tomarse como si fuese extraída del mismo Evangelio…

Pues, en efecto, el ingenio y la perspicacia no pueden ser mayores al arrancar de la figura y obra del insigne prócer gijonés (1744-1811) el yermo itinerario de la de la cultura conservadora en la España contemporánea, inclusive, obvio es, los días presente del ominoso via crucis padecido con el actual gabinete. Exageración aparte y por descontada en tal tipo de expresiones y semi boutades, nadie podrá en duda la superioridad de las corrientes progresistas en la presencia, dominio y control de las actividades culturales en los últimos siglos de la contemporaneidad nacional. Y puestos a elegir arbitrariamente una fecha y una sumidad intelectual, desde luego, las escogidas por el principal teórico de la restauración monárquica de finales de la centuria pasada se acomodan a la realidad. Aun con excepciones, D. Gaspar Melchor de Jovellanos, dueño despótico del saber ilustrado de su época y representante máximo de las “Luces” de raigambre tradicional y cristiana, fue quizá el postrer de los grandes pensadores hispanos inspiradores de un movimiento y un modelo culturales saturados de savia creadora y capacidades adaptativas a las exigencias de un tiempo por entero revolucionario. Desde entonces, los anales de la cultura conservadora hispana no registró nada igual, ofreciendo hoy el nadir de su anemia, esclerosis y complejo de inferioridad ante un rival, por desgracia, ubicado en las mismas desastradas coordenadas, pero en posesión todavía de un infalible instinto mediático.

Desventuradamente, la palingenesia reclamada hodierno por algunos limpios espíritus, ardidos del mejor patriotismo (no hay que echarse mano a la cartera…), no provendrá de la cultura dominante, por contera, con pulsiones terroríficas.