Los Lunes de El Imparcial

Jesús Cotta: Rosas de plomo

BIOGRAFÍA

Domingo 03 de mayo de 2015

Premio Stella Maris de Biografía Histórica. Stella Maris. Barcelona, 2015. 416 páginas. 19 €.

Tan controvertida como valiosa investigación sobre la posible amistad entre Federico García Lorca y José Antonio Primo de Rivera, con sorprendentes resultados.

Por Carmen R. Santos



En principio, y a primera vista, quizá no existan dos figuras más alejadas entre sí que las de José Antonio Primo de Rivera y Federico García Lorca. Sin embargo, aquí parece cumplirse el refrán de que las apariencias engañan. Aparentemente, nada llevaba a suponer, sino más bien a todo lo contrario, que el fundador de Falange Española (FE) y el egregio poeta y dramaturgo de la Generación de 1927 no solo tuvieron algo en común sino que protagonizaron una relación de amistad. Esta posibilidad, no obstante, se ha barajado en varias ocasiones, aunque sin llegar a una conclusión clara y definitiva. Sin duda, la tarea en este sentido resulta tan sugerente como complicada y espinosa. Sobre todo porque Primo de Rivera y García Lorca son paradigmáticos y reverenciados iconos de dos concepciones políticas furiosamente opuestas que desembocaron en una brutal Guerra Civil -mejor incivil, como bien advirtió Miguel de Unamuno-, que sembró España de muerte y destrucción.

La dificultad del empeño no ha arredrado a Jesús Cotta para ofrecernos Rosas de plomo, subtitulado Amistad y muerte de Federico y José Antonio, que se alzó con el Premio Stella Maris de Biografía Histórica. Al malagueño Cotta, profesor primero de Griego y después de Filosofía, asignatura que hoy imparte en el Instituto de Enseñanza Secundaria Martínez Montañés de Sevilla, no le asusta situarse en una posición políticamente incorrecta y cuestionadora de tópicos y lugares comunes de toda laya, de la que ya dio cuenta en títulos anteriores. Así, en los ensayos Topicario. Y arpones contra el pensamiento simple o Manual de ayuda contra los libros de autoayuda, y en la novela Las vírgenes prudentes, donde se plantea una sorprendente historia de colaboración entre un grupo de monjas y otro de prostitutas ambientada en nuestro conflicto fratricida de 1936.

En Rosas de plomo, Jesús Cotta maneja una amplia documentación -al final del libro se incluye un apartado bibliográfico- y pone sobre la mesa sólidas argumentaciones con el propósito de demostrar que, en efecto, García Lorca y Primo de Rivera, el Poeta y el Caballero, según los denomina, se conocieron y mantuvieron lazos de amistad, por mucho que después se haya querido obviar, cuando no silenciar, convertidos, respectivamente, en mártires de las causas republicana y fascista. Un trágico final que Lorca presintió para ambos: “Verás cómo me matan antes que a José Antonio”, le dijo el autor del Romancero gitano a Felipe Ximénez de Sandoval -amigo de los dos, que después sería el biógrafo del líder de la Falange-, testimonio recogido en el libro de Cotta.

Precisamente Ximénez de Sandoval sería uno de los encargados de propiciar un encuentro entre el político y el escritor, pero sin llegar a buen puerto. Según cuenta, pese a que tanto uno como otro manifiestan su deseo de conocerse, Federico le repetía: “¡Si se enteran!”. Así, Lorca y Primo de Rivera se trataron de forma indirecta a partir de 1931, coincidiendo probablemente en varias ocasiones en diferentes actos en Madrid, aunque sin entrar en relación. La primera coincidencia de la que existe constancia se produjo en un restaurante de Salamanca en agosto de 1934 en el que estaban José Antonio, con una cohorte de seguidores, que en ese momento daba mítines por España, y Federico con su grupo de La Barraca -donde no regía ningún tipo de sectarismo, contando con actores de todas las ideologías, incluida la falangista-, en una de las giras mediante las cuales llevaba el teatro clásico a lugares, incluso los más recónditos, donde no se podía disfrutar de él. En el restaurante, según varios testimonios, Primo de Rivera hizo llegar a Lorca una servilleta en la que se leía: “Federico, ¿no crees que con tus monos azules y nuestras camisas azules se podría hacer una España mejor?”. Lorca no responde, pero de una u otra forma ambos siguen interesándose el uno por el otro y, finalmente, se conocen y entablan amistad.

Aunque en los testimonios relativos a esa amistad, hay algunos que la niegan, Cotta considera que la balanza se inclina del otro lado, resaltando la confesión de Gabriel Celaya, a quien García Lorca le dice, después de reprocharle que no saludara a José Manuel Aizpurua, impulsor de la Falange en San Sebastián: “José Manuel es como José Antonio Primo de Rivera. Otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes cenó con él? Pues te lo digo. Solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo, ni a mí me conviene que me vean con él”. Igualmente, le parece decisiva la confidencia que le hizo Luis Rosales -en cuya casa, como es sabido, acudió Lorca a refugiarse poco antes de ser asesinado- a Ian Gibson, en una entrevista privada, de que efectivamente hubo amistad entre los dos, aunque el hispanista inglés no le dio mucho crédito.

En su trabajo, tan controvertido como valioso, Jesús Cotta analiza detalladamente todos los testimonios, tanto los afirmativos como los negativos, y sobre todo examina con el mismo pormenor la personalidad de Lorca y de Primo de Rivera, sus cosmovisiones y sus concepciones de España para encontrar similitudes. Porque para Cotta, Lorca y Primo de Rivera no son completamente dispares, aunque sí se forjase como absolutamente antagónica la imagen pública, el mito, que de ellos se ha puesto en circulación. No significa esto, sin embargo, que en el libro se quieran insinuar turbias razones en esa posible relación o se pretenda presentar a un Lorca falangista. Así, señala Cotta: “Si Gibson es capaz de encontrar mil razones para considerarlo de izquierdas, Luis Rosales es capaz de decir a Penón que el Poeta era totalmente conservador. Sin duda, ni izquierdista ni derechista. Era Federico García Lorca”. Al autor de Rosas de plomo le interesa especialmente poner de manifiesto algo que ya se consigna con claridad en la dedicatoria del ensayo: “A quienes en aquella guerra antepusieron, como Federico y José Antonio, las personas a las ideas. Porque no se hizo el hombre para la idea, sino la idea para el hombre”.