Opinión

Releer a Tolkien

Alejandro San Francisco | Martes 05 de mayo de 2015

Hace unos días fui invitado a dar una conferencia a un grupo de estudiantes de enseñanza secundaria en el Colegio Almendral, una gran obra social y educacional, de carácter concertada, ubicada en una zona populosa de Santiago, la capital de Chile.

El tema escogido era "Pasión por la lectura", para jóvenes de entre 15 y 18 años, quizá unas 100 ó 150 personas. En una época donde la lectura experimenta una tendencia a la baja y tiene competencias difíciles de superar -la televisión y el cine, por ejemplo-, no resulta fácil enfrentar un desafío así. Felizmente, como suele ocurrir cuando uno desarrolla estos temas, hay buenos aliados a los cuales recurrir. Como Mario Vargas Llosa, cuando recuerda que aprendió "a leer a los cinco años. Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida", según recordaba al recibir el Premio Nobel de Literatura. O la siempre valiosa Esther Hautzig, quien entre la soledad y la relegación en Siberia era capaz de decir: "Allí aprendí que leer, no es solo un gran placer sino también un privilegio". Y así con muchos otros autores que nos transmiten su sabiduría con pasión y superando las barreras del tiempo.

Pero había otro aliado, que felizmente muchas de las alumnas habían leído: J. R. R. Tolkien, el recordado escritor británico. De él conocían El Hobbit, ese cuento de niños publicado en 1937, obra de la cual nacerían otras cada vez más profundas y fecundas, cuyo significado el propio autor explicó en una conferencia de 1939, "Sobre los cuentos de hadas". En esa ocasión el profesor de la Universidad de Oxford explicaba que estas obras tienen sentido cuando son escritas "por y para adultos", idea original que defendía incluso antes de publicar El Hobbit. Los fines de los cuentos de hadas justifican esa afirmación, ya que son la fantasía, la renovación, la evasión y el consuelo, que tanto necesitan los adultos más que los niños.

Paralelamente había comenzado a escribir su gran obra, El Señor de los Anillos, proyectada como un solo trabajo aunque finalmente apareciera como una trilogía en la década de 1950. De inmediato se transformó en un éxito, tanto de ventas como de lectura, que hacían tanto los mayores como los niños, todos con la magia de estar viviendo las aventuras de un mundo secundario, subcreado por una mente brillante, que ya desde los lejanos años de la Primera Guerra Mundial se había propuesto escribir, junto a un grupo de amigos, una mitología para Inglaterra. Por entonces también redactó algunas partes del Silmarillion, una obra que amaba y que tiene algunas historias memorables, como el capítulo de la creación o aquella de Beren y Lúthien, la más hermosa “a los oídos de los elfos”, una de aquellas "en las que en medio del llanto resplandece la alegría y a la sombra de la muerte hay una luz que resiste".

Cuando terminó de leer la "trilogía", el comentario de su amigo C. S. Lewis, a su vez autor de las Crónicas de Narnia y muchas otras obras, fue elocuente: “He bebido de la rebosante copa y satisfecho una larga sed. Una vez que se remonta la empinada cuesta de la grandeza y el terror (aliviada por verdes valles, sin los cuales sería intolerable), casi no tiene parangón en toda la gama del arte narrativo que conozco”.

Así, el autor de la mitología se fue convirtiendo él mismo en un mito, llegó la fama y los deseos de conocerlo, ofertas de transformar su literatura en película, miles de lectores a lo largo y ancho del mundo. Y con ello surgieron nuevas historias, lectores fascinados, escritores en potencia, vidas dignas de ser vividas, amores, dolores, esperanza, regreso a la Tierra Media desde distintos lugares del orbe.

Hace algunos años tuve la ocasión de asistir como oyente a un debate en la Universidad de Oxford, donde la Tolkien Society debatía si los cuentos de hadas nos hacen mejores personas. Mientras anochecía en un college más que centenario, un grupo de estudiantes buscaba argumentos en favor de sus posiciones, en lo que en realidad era un ejercicio intelectual que tenía como base la obra tolkeniana.

Pensando tiempo después, parece claro que los cuentos de hadas no producen esos efectos sobre las acciones de las personas. Sin embargo, suponerlo no es gratuito ni absurdo, sino que tiene su origen en la propia obra. Así se puede apreciar con Bilbo, un hobbit sencillo y que no gustaba de las aventuras, quien luego se ve involucrado por Gandalf en una aventura de la que sale bien parado y regresa a su casa rico, habiendo demostrado que era mucho más de lo que se suponía. Y lo mismo podría afirmarse después de Frodo o Sam, que tuvieron todavía más dificultades, que lograron sortear con heroísmo a pesar de su aparente incapacidad. Los cuentos de hadas no hacen a las personas mejores, pero sí ponen ciertos ejemplos que se pueden apreciar y eventualmente seguir.

Quizá la explicación esté en ese famoso Concilio de Elrond, cuando son los pequeños quienes deben dar la cara en los momentos de dificultades, como recordaría el propio Tolkien en 1956 a través de una carta: "así son a menudo los trabajos que mueven las ruedas del mundo. Las manos pequeñas hacen esos trabajos porque es menester hacerlo, mientras los ojos grandes se vuelven a otra parte", sin duda recordando a aquellos soldados simples que combatieron en la Primera Guerra Mundial, con gran heroísmo y con sencillez.

A comienzos del siglo XXI vale la pena releer a Tolkien. Ciertamente, porque su obra es gran literatura fantástica, pero también porque tiene un programa paralelo de vida sencilla y que vale la pena vivir. Como cuando Thorin dice en El Hobbit: "si muchos de nosotros dieran más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro acumulado, este sería un mundo más feliz". En esa aspiración a un mundo más feliz Tolkien sigue siendo un referente desde la literatura, constituye una gran contribución por medio de las letras de molde, de historias subcreadas e ilusión por un mundo mejor.

Una vez más tenía razón Gandalf, cuando nos recordaba que no nos corresponde elegir a cada uno de nosotros la época en la cual vivir, pero sí hacer cuanto esté de nuestra parte para componerla y hacerla mejor.