Opinión

La moral pública, la prensa y la política

TRIBUNA

Juan José Laborda | Jueves 07 de mayo de 2015
Al comenzar la campaña electoral creo que se pueden hacer algunas consideraciones generales sobre los tres enunciados del título de este escrito.

Hay un desapego social hacia la política partidaria, efecto de dos sensaciones de los electores. Primera, la corrupción parece que haya enervado los fundamentos de nuestro sistema político, y las noticias, y un importante número de los creadores de opinión, han contribuido a producir una sensación de fin de régimen político. Segunda, una parte significativa de los electores, efecto de que las propuestas de los partidos políticos cambian según indiquen las encuestas, cambian al mismo compás, logrando que las preferencias de voto sean un sube y baja como no se ha visto en ningún tiempo del que se tenga memoria.

Es un juego -en el sentido matemático del término- del sistema de partidos políticos, que alimenta incesantemente la sensación -otra sensación más- de que el futuro es una incógnita. En el parlamento andaluz, la mayoría de los grupos no están dispuestos a votar a la socialista Susana Díaz para presidir la Junta de Andalucía, y ahora la ciudadanía sabe que los partidos esperan a las elecciones municipales para negociar conjuntamente las alcaldías y la Junta de Andalucía. Es probable que el PP facilite la investidura de Susana Díaz a cambio de que los socialistas acepten que la lista más votada obtenga la alcaldía. Tendría su lógica y su justificación, pero para Susana Díaz es algo casi imposible, después de sus promesas de no negociar jamás con el PP y “Podemos”. ¿Aboca esta situación a que el PSOE andaluz se entienda finalmente con “Ciudadanos”? ¿O vamos a nuevas elecciones autonómicas?

Se percibe una cierta confusión política, pero esta no genera realmente alternativas antisistema. Como ya escribí hace unos meses, “Podemos” no puede ser el remedio radical de nuestros males democráticos, pues como partido los contiene todos, sólo que a una escala gigantesca. Si por ese lado ya no se ve ninguna alternativa, lo que resulta reconfortante en España es que no existen partidos xenófobos, antieuropeos, antisemitas y antiárabes, que preocupan en varios países cercanos.

Sigo pensando que el Estado constitucional de 1978 no está en crisis, aunque es evidente que necesita reformas, entre otras razones porque España necesita consensos en casi todos los niveles sociales e institucionales. La sociedad española tiene más vigor de lo que suele decirse, vigor que sorprende a los extranjeros que nos conocen, y tal vez sea Cataluña la excepción, allí donde el sistema de partidos hace tiempo que entró en descomposición.

Y llegado a este punto, expongo una hipótesis. Por la importancia que tuvo la Transición (¡como proceso constituyente que alcanzó felizmente sus objetivos!), tengo la impresión de que la política fue por delante de la sociedad, y esto supuso que también fuera por delante creando la opinión pública, y también -y esto es singular-, en gran medida, la “opinión publicada”.

Un estudio sobre la prensa vasca y el terrorismo etarra en los “años de plomo” me sirve para confirmar mi impresión de que la política condicionó a las dos clases de opiniones. Los periodistas, salvo honrosas excepciones, siguieron la opinión mayoritaria de las autoridades y representantes vascos, asumiendo como normal la serie de asesinatos de aquellos años. Coincidiendo con otros creadores de opinión, el director de “El Correo”, el periódico más influyente en el País Vasco, opinó: “Fuimos un reflejo de la sociedad(…)Reaccionamos con tibieza. Las portadas de aquella época eran frías, confusas, deslavazadas, empujadas por el ritmo infernal de ETA.(…) Ver ahora aquellas portadas te dejan con la boca abierta. Un asesinato de ETA no era la noticia más relevante. La prensa vasca no dejaba de ser un reflejo de la sociedad vasca del momento. Los periódicos no supieron acercarse a la realidad con la contundencia necesaria.”

Es bueno que los periodistas y los medios reconozcan que no defendieron los valores básicos en cualquier democracia, en suma, los Derechos Fundamentales, empezando por el derecho a la vida. La opinión publicada, cierto, estuvo al mismo nivel que la opinión pública, y esto, según mi análisis, ocurría porque la política partidaria tuvo una influencia desmesurada, ventajas del prestigio que daba el haber logrado construir una democracia avanzada, con autogobierno y con la pena de muerte derogada, en un país en el que hasta hacía poco mandaba Franco.

Ahora, con los cambios que han tenido lugar en la actualidad, se ha producido una inversión: en general, el periodismo va, o intenta situarse, por delante de la opinión pública. Será benéfico que la influencia de la política, y de los partidos políticos, no alcance nunca más los niveles de impregnación y de control como los de aquella época pasada, en Euskadi, lo mismo que en toda España. Pero pasar de una opinión inducida por los poderes políticos, a una opinión publicada que depende de intereses económicos (aunque sólo pretendan aumentar los ingresos publicitarios en “diversión y espectáculo”), mantendrá sin resolver los problemas de nuestro sistema político, que necesita que se informe con objetividad y que se opine y se critique con solvencia, en asuntos tan relevantes para la moral pública como la corrupción y las propuestas de los partidos políticos en tiempo de elecciones.