Este domingo 10 de mayo el Papa Francisco recibió en el Vaticano al dictador cubano Raúl Castro. Dos razones estarían detrás de este encuentro privado, del cual apenas han trascendido algunas cosas. La primera, es que Castro quería agradecer al Sumo Pontífice por su colaboración para resolver los problemas entre la isla y los Estados Unidos, que se arrastran por décadas. La segunda se refiere a la visita que hará el Papa a Cuba, programada para septiembre próximo, previo al viaje que continuará en los Estados Unidos, incluyendo Washington, Nueva York y Filadelfia.
Raúl Castro señaló, tras su reunión con el Primer Ministro italiano Matteo Renzi, lo siguiente: "Yo me leo todos los discursos del Papa. Si continúa hablando así, les aseguro que volveré a rezar y regresaré a la Iglesia. Y no lo digo en broma". Las palabras se inscriben dentro de los códigos de la diplomacia y tienen, sin duda, un objetivo político. Sin embargo, también podrían servir para uno de los objetivos planteados por el Sumo Pontífice: que los fieles cubanos puedan asistir con entera libertad a los actos religiosos que presida el Papa. No queda clara cuál será la postura del régimen cubano, pero está en juego uno de los anhelos más caros de la Iglesia en estos tiempos, como es la libertad religiosa.
El Papa se ha referido en Evangelii Gaudium (24 de noviembre de 2013), un interesante documento religioso y con aspectos claves sobre el desarrollo de la sociedad en el mundo del siglo XXI, a "la importancia del diálogo social en un contexto de libertad religiosa", recordando la vigencia de un "sano pluralismo" y el derecho a elegir "la religión que se estima verdadera y de manifestar públicamente la propia creencia" (n. 255).
Nada de eso se da en el contexto de la dictadura cubana. En los primeros años tras el triunfo de la Revolución en 1959, la Iglesia Católica fue perseguida y proscrita, lo que llevó a las protestas del Papa Juan XXIII. No sólo fue el final de la libertad de culto, sino también de la educación católica y de las expresiones públicas de la fe o de las celebraciones insertas en el calendario tradicional. Eso no fue evidente desde el principio, cuando no estaba claro el curso que tomaría el proceso revolucionario, pero a medida que se consolidaba el giro socialista de la Revolución, la Iglesia se pronunció en relación a algunos temas, marcando algunas distancias. Desde luego, el Episcopado cubano condenó al comunismo, por ser una doctrina materialista y atea, recordando que los regímenes comunistas estaban entre los peores enemigos que había tenido la Iglesia en el mundo contemporáneo.
Lo que había ocurrido era la instauración de un nuevo modelo de Estado, muy ajeno a la concepción de la Doctrina Social de la Iglesia al respecto. El propio Papa Francisco se ha detenido en este tema en su Evangelii Gaudium (24 de noviembre de 2013): "Al Estado compete el cuidado y la promoción del bien común de la sociedad. Sobre la base de los principios de subsidiariedad y solidaridad, y con un gran esfuerzo de diálogo político y creación de consensos, desempeña un papel fundamental, que no puede ser delegado, en la búsqueda del desarrollo integral de todos. Este papel, en las circunstancias actuales, exige una profunda humildad social" (n. 240). El Estado totalitario, el de Cuba por ejemplo, no tiene nada que ver con esta forma de ver las cosas.
No se trata simplemente de gestos, sino de una profunda transformación del régimen dictatorial en uno de libertades. Cuando Benedicto XVI visitó Cuba , por primera vez en medio siglo, el Viernes Santo se decretó como día feriado y se permitió participar en los oficios correspondientes. Paradójicamente, la Misa final del Santo Padre ese 28 de marzo de 2012 fue en la Plaza de la Revolución, ocasión en la que reclamó "la esencial libertad religiosa", además de pedir que Cuba sea "la casa de todos y para todos los cubanos, donde convivan la justicia y la libertad".
Ya lo dijo Juan Pablo II en 1998, en su visita a Cuba, entonces regentada por Fidel Castro: "Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba", fueron las palabras del Papa polaco, en un proceso que ha sido más largo de lo esperado, aunque ya se comienzan a ver algunas luces en el camino.
Corresponde hacer una consideración de fondo, que en alguna medida se trasunta en los sucesivos mensajes papales. El reclamo que se hace para procurar la libertad de culto no puede ser simplemente la defensa de un interés particular o de un privilegio que parezca más una concesión del poder dictatorial que una vigencia efectiva del Estado de derecho democrático, con normas iguales para todos y libertades públicas efectivas. ¿Libertad para los católicos? Por supuesto, pero no exclusivamente para ellos, sino para todos los cubanos.
En definitiva, se trata de una convivencia efectiva de justicia y libertad, así como de una apertura de Cuba al mundo. La tarea no parece fácil ni está claro el camino que seguirá la dictadura de los Castro en los próximos años. Quizá existan algunos gestos de apertura, que tienen que ver más bien con ciertos recursos diplomáticos o comunicacionales que con convicciones profundas o con una transición democrática verdadera. Probablemente un cambio real se producirá solamente cuando ambos dictadores hayan muerto y se abran realmente nuevas posibilidades de obrar con libertad.
En cualquiera de los casos, es evidente que los Papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, han desempeñado un papel importante y, probablemente, esto seguirá siendo así hacia futuro. Las grietas de un régimen impenetrable comienzan a mostrarse con más claridad, así como aparecen espacios -todavía tímidos- de libertad. Todo ello anuncia que la Revolución que tanto entusiasmara en la década de 1960, ahora se encuentra en una etapa de decadencia, en la cual se escuchan los estertores de la dictadura, mientras se abren luces de esperanza hacia el futuro.