Don Francisco Giner de los Ríos ha muerto. ¿Cómo diríamos?… La existencia nacional es, a despecho de la petulancia que manifiestan ciertos gruesos municipios, la de uno de estos mínimos pueblos interiores que, solos y alucinados, levantan sobre la gleba gris sus grises viviendas y, en medio, una iglesia rota como un izado harapo. Un área de polvo y ardor la rodea, en verano, hasta el infinito: el invierno le pone cerco de frígidas, áridas llanuras.
Todo en él está quieto, mudo e inclinado hacia la muerte. Pero en la plaza hay una fuente, una fuente que fluye siempre, vivaz, incansable, segura, perennal, con la eterna jovialidad moza que es, a un tiempo, el rumor y el alma de toda agua corriente. Es la única nota de vida que hay en el ámbito moribundo, la única vena que allí llega del gran corazón inmortal que empuja al orbe… Y un día, al amanecer, también la fuente ha muerto.
Ha sido don Francisco Giner el único manantial de entusiasmo que hemos hallado en nuestro camino.
Somos herederos de una época ominosa de la historia española, la Restauración. Todos los poderes de eficacia espiritual parecieron huir de nuestra sociedad durante esos cincuenta años. Reinaban la ficción, el gesto, la palabra y el sueño. A los elementos del aire ambiente se había unido en químico adulterio la inmoralidad, aquella pavorosa inmoralidad negativa que consistía en aplaudir a todo el que se entraba manco de alma por la vida. Las mismas desdichas nacionales —trágico fruto de esta edad [...]— fueron sentidas más bien como algo que de fuera llega y nos aplasta que como un íntimo desgarrón de las entrañas.
Pero si aguardamos un poco llegará la historia con su divina capacidad de trasfigurar las cosas poniéndolas en la debida perspectiva. Toda esa apariencia teatral y dolorosa de la Restauración será relegada a segundo término y se irán dibujando con toda su energía en el primero las pocas figuras verdaderamente egregias y fecundas que, para salvar la dignidad de la raza y conservar intactas las tradiciones de la superior cultura humana, tuvieron que alejarse del terreno público, conquistado por los mercaderes y los impíos.
Como una anticipación de esta sentencia histórica sintieron la otra mañana los que reunidos en un momento de religiosa fraternidad —donde hay un santo hay siempre una religión— presenciaban el sepelio de don Francisco Giner. Al descender su cuerpo por una herida abierta en la tierra entre las tumbas de don Julián Sanz del Río y don Fernando de Castro debió parecer a todos que descendían a una España subterránea, a una España esencial.
José ORTEGA Y GASSET
Don Francisco Giner de los Ríos murió el 18 de febrero de 1915. Esta necrológica fue escrita después de su entierro, pero parece que no llegó a publicarse. Está recogida en Obras completas, Madrid, Taurus / Fundación José Ortega y Gasset, 2004-2010, tomo VII, pp. 403-404.