Opinión

Viajando en ascensor (segunda parte)

Enrique Arnaldo | Jueves 14 de mayo de 2015
Como dice una amiga quizás no sea desasosiego lo que procura la entrada en el ascensor y mas bien lo que constituye es una aventura o un reto.

Muchos nos fijamos, antes que en los números de las plantas, en la chapita atornillada en la que con letra pequeña se hace constar el máximo de personas que pueden montar y los kilogramos que puede soportar el elevador. La división de una cifra por otra da una cifra propia de modelo de pasarela o de colegial con flequillo. De ahí la celeridad galopante en apretar el botón del piso al que pretendes llegar por si suben más y más personas y se pone en peligro la integridad de los primeros en llegar. Son momentos cruciales, segundos densos en los que se cruzan miradas de arriba abajo para hacer inmediatos cálculos de peso y cabida.

En las peores circunstancias se enciende la luz roja de “sobrecarga” y comienza a sonar una ingrata sirena cual mosca petarda que rompe los tímpanos y que acongoja. Las miradas se reproducen ahora más siniestras y se dirigen de inmediato al último en subir, aunque en más de una ocasión ha visto bajarse a medio ascensor pues la alarma no cejaba de pitar.

Otra de las chapitas más divertidas es aquella que reza más o menos lo siguiente: en caso de que se produzca alguna incidencia pulse el botón de alarma (la campanita) y entrará en comunicación oral (sic) con la empresa de mantenimiento. Imagino el escenario. Un grupo de personas encerrado en el ascensor en situación al menos de nervio, próxima al paroxismo, que aprieta el botón de la campana y aparece, como del limbo, la voz de uno de esos servicios telefónicos (que son máquinas) en los que una voz sudamericana desde el hemisferio sur les dice a uno sujetos que están en la calle Almansa, por ejemplo, que qué ocurre y demás. Quizás la comunicación oral sea (o debiera ser) con un psicólogo… argentino.

Es cierto que en ocasiones los ascensores son lugares de encuentro (con la vecina maciza) o de desencuentro (con el vecino ruidoso o poco aficionado a la higiene). Pero en la mayor parte de ellas son un engorro, sobre todo cuando son masas humanas las que te aprisionan el cogote y aprovechan para expulsar su irredento aliento para distribuir cuidadosamente su caspa en tu camisa. El roce no hace necesariamente el cariño.