La llegada de la inversión extranjera a los países del tercer mundo ha sido promovida por el fenómeno de fragmentación de los procesos productivos que ellas sufren. Como las empresas internacionales usualmente reconstituyen sus encadenamientos, entonces los países, -especialmente aquellos en vías de desarrollo-, sostienen una agresiva competencia para capturar y sostener en sus naciones ese tipo de inversiones. El celo de esta competencia tiene una causa obvia. Está más que demostrado lo que provoca a la economía, y al desarrollo humano, la inversión extranjera directa en alto valor de conocimiento. Al fin y al cabo, qué es crecer sino el hecho de sustituir la producción simple con otros productos de cada vez mayor valor agregado en conocimiento. Es así aunque aquí hay quienes alegremente opinen en contra de ello y promuevan la idea de que debe gravarse esa inversión. Ahora bien, muchos de los enemigos de tal inversión extranjera lo son porque tienen expectativas erradas de lo que ella debe provocar. La inversión por sí sola no es una poción mágica que sustituya las soluciones que son responsabilidad del resto de los actores político-económicos de una sociedad. A largo plazo un país como el nuestro puede obtener beneficios permanentes y estables de la inversión en alta tecnología, pero únicamente si somos capaces de que los intereses estratégicos de dichas empresas se mantengan coincidentes con lo que los países subdesarrollados pueden ofrecer. Y sin una estrategia de Estado coherente, es imposible promover y sostener estas inversiones.
Es que el rol que juegan las políticas gubernamentales es fundamental. Solo una política pública enfocada en la protección y estímulo de la inversión puede elevar las capacidades locales de los países subdesarrollados. Veamos. Esencialmente, ¿qué buscan las empresas de alta tecnología al invertir? Es una verdad de perogrullo afirmar que, -por las presiones de la competitividad-, ellas demandan primeramente condiciones de privilegio y bajo costo. En investigaciones sobre el tema, Richard Caves y John Dunning, resumen lo que todo gobernante sensato debe saber: que las corporaciones de alto nivel requieren un ambiente laboral pacífico, garantía de estabilidad y seguridad jurídica que impidan cambios abruptos de las reglas del juego, estabilidad política, respeto irrestricto al derecho de propiedad, ventajas en los costos tributarios, servicios públicos que no sean onerosos, y finalmente, infraestructura adecuada para la logística y el transporte de su producto. Pero todo lo anterior no basta. La sociedad que las acoge debe tener la capacidad de realizar vinculaciones locales que les ofrezcan servicios complementarios eficientes y que se expanda la base doméstica de conocimientos de manera que sea posible satisfacer la demanda de una producción que, con el tiempo, se vuelve cada vez más sofisticada. Las sociedades que ofrecen esto, son las que tienen verdadero potencial para atraer y sostener la inversión en alta tecnología. Tal y como la distinguida economista Eva Paus afirma, -a cambio de lo anterior-, las empresas de alta tecnología elevan nuestras capacidades tecnológicas domésticas, incrementan nuestra posibilidad de desarrollo industrial sostenido, provocan el efecto de expansión de nuestros conocimientos, y además, como país anfitrión, accedemos a redes de producción global. Así mismo se estimula la dinámica de que productores locales sean proveedores de insumos de productos con mucho valor agregado en tecnología. Además, la demanda de servicios y la economía laboral que por sí sola genera la actividad de estas empresas, provoca una agresiva dinamización de la economía alrededor de donde se han instalado.
En los países del tercer mundo es indispensable aprobación de legislación marco que les ofrezca a las empresas de alta tecnología mejores condiciones de estabilidad y seguridad jurídicas. Y no seamos ingenuos. Para sostener las inversiones en alta tecnología, es indispensable un marco normativo integral que ofrezca condiciones de verdadera ventaja. ¿Sino por qué habrían de escoger la inversión allí? Lo que al final del camino estas empresas generan, bien vale aprobarles condiciones de ventaja. De no actuar pronto en esta materia, veremos pasivamente al tren de la modernidad arrancar sin estar en él sentados. Se dice que Enrique IV afirmó que París bien vale una misa.
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