Opinión

Años y leguas

TRIBUNA

Rafael Narbona | Sábado 16 de mayo de 2015

Años y leguas, uno de los libros más hermosos de Gabriel Miró, apareció por entregas en el diario argentino La Nación entre 1923 y 1925. Poco después, el escritor reelaboró los capítulos y publicó una selección de los textos en el diario El Sol. Hasta 1927, no aparecería el libro, con su forma actual. Años y leguas no es una novela, sino una sucesión de estampas líricas y filosóficas que recrean un verano en tierras levantinas. El protagonista es Sigüenza, “alter ego” de Miró, que después de veinte años de ausencia regresa a su paisaje natal. En realidad, la obra nace cuando Gabriel Miró alquila una masía en Polop de la Marina, siguiendo las indicaciones del médico que atiende a Clemencia, su hija menor. Gravemente enferma, la niña debe hacer reposo en Guadarrama o el Levante. Gracias a la mediación de Antonio Maura, Miró había conseguido un empleo en el Ministerio de Trabajo, pero decide abandonar Madrid a finales de mayo, buscando un clima adecuado para el restablecimiento de su hija. Aunque había escrito páginas memorables sobre el barrio de Argüelles, comparando el Paseo de Rosales con un paseo marítimo, con su mezcla de frescor, misterio y pureza, el desierto levantino y el mar le producen la conmoción de una infancia recobrada. Escribe a su amigo Alfonso Nadal, confesándole que desea componer un libro, pero señala que no trasladará sus “impresiones campesinas” al papel hasta sentir que se han hilado en su interior: “Necesito esperarme a mí mismo”. Según Miró, la literatura es un camino que discurre lentamente, armonizando tiempo y espacio mediante intuiciones y hallazgos. Alterar su ritmo acarrea malograr la belleza que se configura poco a poco, sumando percepciones, experiencias y reflexiones. La metafísica puede disparar una flecha y escrutar su vuelo, sorteando toda clase de contingencias, pues su objeto son las ideas, no las menudencias. La metáfora del arquero no puede aplicarse a la literatura, pues el escritor es un alfarero que se enamora de lo pequeño y humilde. En palabras de Azorín, el escritor siempre es un “pequeño filósofo”, no un creador de grandes teorías.

Miró pasó ocho veranos en tierras levantinas, pero en Años y leguas ese periodo se condensa en un solo verano intemporal, con una prosa que sintetiza la renovación estética del Modernismo y la perspectiva intelectual de los novecentistas. Su hija mejoró y Miró descubrió que su sensibilidad siempre estaría concertada con el paisaje rural, inagotable fuente de dicha. Cada paseo es una epifanía que pervive en la memoria, transformándose en literatura. La metamorfosis no se produce inmediatamente, sino por medio del recuerdo. El recuerdo imprime a las cosas “la plenitud de la conciencia”. La distancia es imprescindible para alcanzar “la verdad profunda” del mundo, que sólo atisbamos en una primera mirada. Una tarde, Sigüenza contempla el crepúsculo y la salida de la luna, que arroja sobre el mar una claridad helada, casi de otro mundo o, mejor dicho, de otro tiempo. Es la “pura emoción de la eternidad”. Esa tarde, con su mar fulgurante de blancura y su aire inmóvil es “la misma tarde de 1.800, de 1.700, de 1.600”.

Miró escribe sobre la luz, las constelaciones, los campos, el vacío, el silencio, la sombra, las claridades y las lejanías. En un escarabajo descubre “el sol miniaturizado” en una gota de “azabache”. La Naturaleza no es algo inerte, sino voluntad, dinamismo, latido. Hasta las piedras tienen alma, voluntad, ritmo, pero sin la palabra se hallan aprisionadas, silenciadas. La sierra de Aitana, “tierna y abrupta”, con “sus cielos, sus abismos, sus resaltos, sus laderías […] es como es por nuestro concepto, por nuestro recuerdo, por nuestra lírica”. Seguirá existiendo “sin nuestra emoción, sin nuestros ojos, sin nosotros”, pero ya no será poesía, misterio, eternidad. Miró escribió la mayor parte de Años y leguas en un piso de la calle Rodríguez San Pedro, casi siempre en noches de invierno. La luz del Levante sólo era un recuerdo, pero reaparecía con su pluma. Se ha dicho que el escritor alicantino “veía con la palabra”. En su caso, la sinestesia era realidad encarnada, escritura que fluía henchida de “aire, luminosidad, agua, olor y tacto”. Miró es uno de nuestros grandes clásicos, pero lamentablemente casi nadie lee sus libros.

Parece increíble que Años y leguas hallara un hueco en la prensa. Ahora, los diarios sólo se ocupan de la actualidad política y la sección de cultura suele limitarse a críticas, reportajes o reseñas, casi nunca a textos de creación. Algunos estiman que la esencia del periodismo es lo efímero. El artículo es un chispazo sobre un carrusel de novedades, un fuego de artificio que apenas dura unos instantes. ¿Qué aporta entonces el periodismo literario? Tal vez lo que no tiene la prensa: belleza, serenidad, profundidad, compasión. Gabriel Miró siempre mostró una enorme ternura hacia los niños y los animales. Puede que hoy no parezca algo extraordinario, pero en esos años se prestaba poco atención a los niños y nadie reparaba en el sufrimiento de los animales. Miró habló con delicadeza de la infancia y, lejos de simpatizar con los toros y la caza, nunca ocultó su rechazó hacia actividades que le resultaban incomprensibles. En el Libro de Sigüenza (1917), relató con espanto cómo unos niños ahogaban un perro y un pastor degollaba a un cordero lechal, sin conmoverse ante sus gestos de afecto, pues el animal exteriorizaba su alegría al verle, sin pensar que le cortaría el cuello con un cuchillo viejo, pequeño y mellado. Gabriel Miró escribió algunas de las mejores páginas de la literatura española del siglo XX y, en muchas ocasiones, lo hizo en la prensa. No pierdo la esperanza de que se repita algo semejante, demostrando que un periódico puede ser un milagro perdurable, capaz de albergar la crónica, el pensamiento y la belleza.