Opinión

Necesidad de maestros

Alejandro San Francisco | Martes 19 de mayo de 2015

En los tiempos complejos que enfrentamos, urge la existencia de maestros, personas que den testimonios de vidas dignas de ser vividas, que pongan metas altas, ideales nobles, mensajes claros. La presencia de un Sócrates en el mundo clásico griego, y ciertamente de Jesús en la tradición cristiana, son casos ejemplares de ese magisterio, cuyo legado ha permanecido con el paso del tiempo.

El caso del ateniense es notable, y aparece muy bien expresado su testimonio en la famosa Apología de Sócrates, con la que su discípulo Platón logró que su maestro diera una de sus últimas lecciones a la humanidad para todos los tiempos. La muerte de Jesús también forma parte de un legado extraordinario, pero eso no puede opacar la vida del hijo de Dios: "pasó haciendo el bien", es uno de los resúmenes más elocuentes que se puede hacer sobre su corta, aunque fructífera existencia.

Podemos usar a ambas figuras, entre muchos otros, como puntos de referencia para nuestras propias vidas. Desde luego, ser cristiano significa precisamente eso, "ser discípulo de Cristo". Pero nuestra vida diaria demanda la existencia de personas que sean capaces de marcarnos, de exigirnos más, de enseñarnos con pasión. El mundo necesita maestros, que no solo proclamen enseñanzas con su palabra, sino que nos arrastren con su ejemplo.

Para quienes hemos tenido la fortuna de haber conocido en el camino algunas de estas personas, podemos decir que la vida nos ha dado una gran bendición y que debemos estar agradecidos. Haber contado con padres ejemplares, algunos amigos que superaron con largueza lo que buenamente podíamos esperar de ellos, es ciertamente un gran privilegio. Pero hay un ámbito donde siempre es necesario volver, como es la educación formal, la enseñanza escolar o universitaria, aquellos lugares donde adquirimos el conocimiento de ciertas disciplinas, descubrimos nuestra vocación y nos proyectamos hacia el futuro.

Acabo de leer el sugerente ensayo de Daniel Espartaco Sánchez, titulado "Mis maestros", que comienza con una cita lapidaria: "Durante los nueve años que padecí la educación pública mexicana, apenas si tuve maestros dignos de ser recordados". El artículo publicado en Letras Libres me provoca sentimientos ambivalentes. Por una parte tiendo a pensar que eso podría ser la experiencia de millones de estudiantes en los distintos lugares del mundo, como se han encargado de recordar diversos memoristas agotados con la mediocridad de la enseñanza que recibieron, y seguramente decepcionados con muchos de sus profesores. Pero no puedo dejar de pensar que detrás de cada recuerdo plano seguramente se levanta el relieve de un maestro digno de ser recordado, a quien tanto debemos y para quien todos los agradecimientos que les demos siempre serán insuficientes frente al gran bien que hicieron. Maestros que la vida nos puso en el camino y que, precisamente, nos abrieron otras rutas más nobles y hermosas, quizá también más difíciles.

Soy un agradecido de la vida. Descubrí en muchos de mis profesores, en el colegio y en la universidad, mi propia vocación de profesor. Para ser sincero, ya lo había comenzado a barruntar dentro de mi propia familia, donde un abuelo y dos tíos profesores de matemáticas me marcaron desde muy pequeño para seguir yo mismo ese camino. Más tarde, todavía en el colegio, descubrí las letras, a través de un profesor de historia estimulante y sabio, uno de letras que superaba las clases para profundizar en la amistad y en esas enseñanzas que no aparecen en el curriculum escolar, sino que forman parte de esas lecciones vitales que solo unos pocos pueden aportar. Y existió un tercero, muerto prematuramente -quizá por ello su figura se agranda más-, hombre sencillo, profundo, claro y sugerente, cuyas recomendaciones de lecturas he apreciado quizá todavía más con el paso del tiempo. Tres o cinco conversaciones fueron suficientes para saber que aprender tenía sentido, que leer era un placer que valía la pena, que la amistad no se compraba en el mercado.

En la Universidad Católica de Chile completé y profundicé el proceso. Después de unos pocos años estudiando Derecho sin vocación -etapa que, sin embargo, agradezco eternamente por enseñanzas y amigos que conservo hasta hoy- me decidí a estudiar historia porque quería ser profesor secundario. Profesores en la Facultad de Derecho y maestros en el Instituto de Historia, un amigo filósofo y otro profesor secundario me fueron mostrando el camino que esperaba desde siempre y al cual he dedicado gran parte de mi vida. Es verdad que me ha correspondido enseñar especialmente en las universidades, y que también me ha tocado hacer otras cosas que valoro, pero esos primeros años universitarios conservan su valor hasta hoy.

Requerimos volver al principio y tomarnos en serio la importancia de la educación. Tener buenos maestros o no haberlos tenido es una diferencia demasiado grande. Llenar las salas de clases en las escuelas, con profesores con vocación y pasión por la enseñanza, es probablemente la prioridad número uno de cualquier reforma educacional, de las muchas que se ensayan en el mundo con resultados mediocres. Enseñar determinadas materias y hacerlo con calidad es una tarea importante, pero podríamos decir que es apenas el comienzo de las tareas docentes. Hay muchas otras cosas importantes: ayudar a descubrir la propia vocación, despertar la ilusión por el saber, motivar al estudio sin necesidad de tener una prueba que rendir, sugerir una lectura, ayudar a resolver un problema, dar una palabra de consuelo, simplemente sonreír cuando sea necesario.

Uno de los problemas más grandes que enfrentamos los profesores es la sensación de estar siempre al debe. Poco tiempo para nuestros estudiantes, excesiva preocupación por las cuestiones simplemente burocráticas de la enseñanza, dificultades para estar al día en las propias lecturas, incapacidad de ver lo esencial y no quedarse en los detalles accesorios, quizá problemas para reencantarnos con nuestra vocación y no caer en la enseñanza rutinaria y sin pasión.

Siempre se puede volver a empezar, para hacerlo mejor y servir a los alumnos que la vida nos haya puesto por delante. Una buena manera de comenzar es mirar hacia atrás, y ver el rostro quizá gastado y lejano de aquellos maestros que nos motivaron con su enseñanza y nos sirvieron con su ejemplo.