Opinión

Zanjado el asunto del "Memorial de la araña negra"

ENTRE ADOQUINES

Alicia Huerta | Miércoles 20 de mayo de 2015

¿Puede un príncipe heredero opinar, realizar ciertas recomendaciones o plantear quejas a los ministros de un gobierno? En Gran Bretaña, como, por otra parte, en la mayoría de las monarquías parlamentarias europeas, la reina Isabel II se ha distinguido siempre por su proverbial distancia e imparcialidad en todos aquellos asuntos que pertenecen al ámbito político. Quizá por ello, que la prensa – más en concreto The Guardian – pretendiese acceder al contenido de las 27 cartas que el eterno heredero Carlos había remitido entre 2004 y 2005 a siete departamentos ministeriales del ejecutivo de Tony Blair e incluso al entonces primer ministro, puso los pelos de punta a la real progenitora del príncipe ecologista. También a Clarence House y al fiscal general, quien, anulando la decisión del Tribunal Superior de Londres que dictaminó a favor del periódico, dio inicio a una década de litigio judicial. Hasta que hace unos pocos días la Corte Suprema Británica tomara finalmente la decisión de que las dichosas cartas viesen la luz.

Diez años preguntándonos qué demonios era lo que tanto preocupaba que se leyera a un príncipe que hace tiempo asumió que si reina algún día no será por mucho rato – inexorable ley de vida –, ha sido lo que en realidad más ha acabado erosionando la imagen de un heredero en apariencia gris, pero apasionado por aquello en lo que cree. Y no me estoy refiriendo a su pertinaz historia de amor con Camilla, que también. Porque desde hace años – seguramente demasiados para él – el Príncipe de Gales encontró en la defensa activa de determinadas causas, algunas un pelín extravagantes, una especie de misión a la que dedicarse hasta que le llegara la hora de ceñirse la corona, si es que algún día lo hace. Porque el príncipe Guillermo en estos momentos parece tener bastantes más papeletas que su padre para suceder a la Reina, que el próximo 9 de septiembre se convertirá, previsiblemente, en el monarca que más tiempo ha ocupado el trono británico: 63 años y 217 días, batiendo el record de la Reina Victoria.

Diez años de dudar hasta qué punto el príncipe Carlos había osado traspasar el límite de impecable neutralidad al que la Casa Real está obligada de acuerdo con la Constitución, han resultado a la larga más perniciosos que haber descubierto desde el principio que las cartas escritas con imposible caligrafía de tinta negra – bautizadas por ello como misivas de una araña de ese color – no eran, ni mucho menos, exigencias directas, peticiones de privilegios o de enchufes descarados. Quejas, sí pueden leerse. Algunas de indudable calado, aunque para muchos supongan más una legítima preocupación, como cuando en una carta dirigida a Blair, el Príncipe de Gales se lamenta del mal funcionamiento de los helicópteros británicos Lynx sometidos a altas temperaturas, aparatos que se estaban utilizando en la guerra de Irak. “Me temo”, llega a escribir con su arácnida y negra letra, “que esto es solo un ejemplo más de que a nuestras fuerzas armadas se les está pidiendo un trabajo de desafío extremo, particularmente en Irak, sin los recursos necesarios”. Por supuesto, el primer ministro le contestó – eso sí, un mes más tarde – que su carta era constructiva e invitaba a pensar. Todo, por supuesto, en ese tono tan british que confieso que me desarma.

Por lo que se refiere al resto de las cartas que el pasado miércoles 13 de mayo tuvo que publicar a regañadientes el gobierno de Cameron, las mismas pueden leerse íntegramente en la web gubernamental www.gov.uk, y lo cierto es que a ojos continentales su contenido resulta, digamos, light. Por ejemplo, para los únicos seres vivos que el Príncipe de Gales pide directamente un trato de favor son la merluza negra, el bacalao austral y el albatros de la Patagonia. No estoy de guasa, los de las islas siempre han sido rematadamente suyos.

En una carta enviada al ministro de Medio Ambiente Elliot Morley el 21 de octubre de 2004, por ejemplo, Carlos alaba los esfuerzos del gobierno para combatir la piratería y la pesca ilegal, añadiendo: “Particularmente espero que la pesca ilegal de la merluza negra esté en la cabeza de su lista de prioridades porque, hasta que no se frene su comercio, hay pocas esperanzas para los pobres y viejos albatros, por los que debo seguir haciendo campaña”.

Carlos de Inglaterra se preocupó también por asuntos más cotidianos – o normalitos – y escribió al ministro de Sanidad quejándose de las dietas de los alumnos de los colegios de South Gloucestershire. Abogó, asimismo, por la reconstrucción de edificios históricos en Irlanda del Norte, por los problemas de los trabajadores del sector lácteo, la política agraria de la UE - quizá uno de los temas más delicados en términos políticos -, por la medicina naturista o el sacrificio de los tejones. Incluso volvió a dirigirse a Blair en febrero de 2005, lamentándose de la “posición dominante” de las grandes cadenas de supermercados británicas, lo que a su juicio, constituía el mayor problema al que se enfrentaban los granjeros, afectando, por otra parte, a la seguridad de la cadena alimentaria.

No me digan que, entre tanta reivindicación social, no se echa de menos alguna petición más directamente relacionada con sus intereses particulares o los de su entorno personal. Difícil aventurar lo que pensarán de verdad los británicos, ahora que las han leído, de las misivas enviadas por el heredero de 66 años al gobierno laborista de la época. Tan opacos ellos, tan suyos, lo que opinen podrá escucharse en los enmoquetados saloncitos de sus casas o, entre pinta y pinta, en los pub cercanos que frecuenten. Porque los británicos ya han demostrado que pueden despistar hasta a las más sesudas y prestigiosas encuestas.