Opinión

Compañía de Giner

TRIBUNA

Jorge Casesmeiro Roger | Viernes 22 de mayo de 2015

Los Jesuitas están en Cataluña de aggiornamento pedagógico, y el modelo de renovación emprendido por ocho de sus colegios ha descollado en los medios por su atrevido vanguardismo. Que unos religiosos tiren del carro de la renovación escolar ha asombrado a más de uno. Pero innovar, para los Jesuitas, es actualizar su tradición. En palabras de Xavier Aragay, director general de la fundación que tutela el proceso Horizonte 2020, Jesuïtes Educació: “Hay que volver a formular una Ratio Studiorum para el Siglo XXI”.

Para comprender qué significa esto conviene recordar que la Ratio Studiorum (1599) fue el documento pedagógico más influyente del orbe católico durante el Renacimiento. Condensador de los ideales humanistas de la época, Bacon llegó a decir tras su lectura: “Compone uno de los más admirables y acabados sistemas de enseñanza del siglo XVII”.

No es esta, obviamente, la primera puesta a punto del canon pedagógico ignaciano. De hecho, ya en el capítulo educativo del embrión de la R.S. (las Constituciones de 1551), el propio Loyola señalaba la posibilidad de realizar adaptaciones para el progreso de los estudios de acuerdo con la diversidad de los países, los tiempos y los hombres. Pero lo cierto es que la actual mutación de los citados colegios representa un giro copernicano. Motivo por el que sus cuadernos Transformando la Educación destilan un entusiasmo que resuena a aquello que escribió Dainville sobre los primeros maestros jesuitas: “Tuvieron la conciencia de ser los artesanos de una edad nueva”.

Pedagogía líquida
Y como al espíritu de nuestro tiempo le va muy bien eso que Bauman ha atinado en llamar sociedad líquida, estos Jesuitas han decidido que: “Si el mundo es líquido, hay que aprender a nadar”. Ahora bien, ¿qué dispositivos pedagógicos precisa esta zambullida? ¿Cómo es la escuela del mundo líquido?

Pues una, sugieren ellos, dispuesta a derribar sus tabiques físicos y mentales. Lo que en el caso que nos ocupa se ha sustanciado básicamente en lo siguiente: replanteamiento radical de los espacios, implementación real de metodologías activas, transformación de la función docente, mayor atención a la complejidad del educando, flexibilización de los tiempos, una apuesta absoluta por las etapas de infantil y primaria y un enfoque más fluido de la participación familiar. En resumen, una escuela articulada en torno a la motivación del alumno y sus procesos de aprendizaje en la aventura de construirse persona, donde el esfuerzo y el estudio no excluyan necesariamente el juego, la creatividad y la alegría.

Este es el proyecto de Jesuitas Educación, entre cuyos referentes declarados destacan el afamado modelo nórdico (Suecia, Finlandia) y experiencias de éxito tomadas de varios colegios del entorno (Montserrat, Jacint Verdaguer, Santa Eulàlia). Prometen, para soldarlo, estar al tanto de los últimos avances en pedagogía, psicología y neurociencias; con especial decantación por la teoría de las Inteligencias Múltiples (Howard Gardner, 1983), pero siempre desde un eclecticismo sujeto a criterios de viabilidad y eficacia.

Una empresa fascinante, la de estos jesuitas, que ha venido a eclosionar en la opinión pública justo durante el centenario luctuoso de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915). Y resulta esperanzador que una orden educadora del prestigio de la Compañía de Jesús retome hoy la pedagogía que la Institución Libre de Enseñanza puso en marcha en 1876; es decir, hace prácticamente siglo y medio: libertad, cercanía, espíritu de colaboración, centralidad del aprendizaje intuitivo, procedimiento socrático y método heurístico, educación de la inteligencia sin academicismo, naturaleza, movimiento, respeto profundo por la personalidad y procesos del educando, anclaje angular en la infantil y la primaria, importancia del juego y la educación estética, inclusión de la familia...

Giner educador
Basta con leer el propio Programa de la ILE para comprobar la vigencia, y aún el adelanto, de su tronco pedagógico. O léase por ejemplo lo que escribía Giner en “Instrucción y educación”, allá por 1879: “La educación de nuestro tiempo pide urgente reforma (...) Padece esta por suponer que el elemento intelectual es el único que necesita racional dirección (...) Y limitada ya en dicha esfera peca por ser casi exclusivamente pasiva, asimilativa e instructiva, (...) sin procurar el desarrollo de nuestras facultades intelectuales, su espontaneidad, su originalidad, su inventiva. ¡Qué convicciones arraigadas pueden esperarse de semejante sistema!”.

A este concepto –seguía Giner– obedecen el espíritu interno y la organización exterior de todas nuestras escuelas, tanto las destinadas a dirigir al hombre en sus primeros años como las que presumen de más altos servicios: “El procedimiento usual de estampación, por medio del cual se lucha con el niño hasta hacerle repetir mecánicamente unas cuantas nociones, parece más enderezado a anular en él la inteligencia que a proteger su natural evolución”.

Para Giner, la infancia era el auténtico semillero de la regeneración. Ya que en la escuela primaria, decía, a pesar de todo no se desatienden completamente el sentimiento, la actividad corporal y el carácter moral del alumno. Una armonía que consideraba lamentablemente divorciada en la formación de los grados superiores. “Se nos enseña muchas cosas, menos a pensar y a vivir”, escribió Giner poniendo voz al estudiante de su tiempo; así como al del nuestro. Y al conservadurismo académico lo confrontaba diciendo: “Los griegos lo entendían de otro modo. Para ellos no cabía instrucción sin educación intelectual, ni educación intelectual sin cultura completa del espíritu y del cuerpo. Platón será en este punto el eterno modelo de toda enseñanza digna de tal nombre. Enseñanza sin reglamentos, concursos, oposiciones, libros de texto, exámenes; sin borlas, mucetas ni demás insignias solemnes; y sobre todo sin ese pedantesco abismo entre el maestro y el alumno, extraños uno a otro excepto en el efímero vínculo de la lección académica”.

Pero no fue Platón la fuente directa de la ILE, sino la “profunda concepción” de Friedrich Fröbel (1782-1852), cuya entonces puntera pedagogía llegó con Giner a tal extremo de sinergia que hasta una insigne discípula suya, Henriette Schrader, reconoció en 1882 refiriéndose a la ILE: “Nadie interpreta hoy en Europa el pensamiento de Fröbel como esa Institución. Alemania tiene mucho que aprender de ella. Sus ideas ni siquiera se sueñan hoy por aquí; vendrán también en su día, pero España va muy por delante de nosotros”.

Alianza evolutiva
Extraigo esta referencia del texto de Enrique Menéndez Ureña “Fundamentos filosófico-políticos y realizaciones educativas de la Institución Libre de Enseñanza” (Cien años de educación en España, 2002). Autor, por cierto, que da a este artículo otro giro más inesperado todavía. Pues si la Ratio Studiorum de la sociedad líquida diríase heredera pedagógica de Giner de los Ríos, para una plena comprensión de lo que fue la ILE debemos acudir hoy al legado de este investigador de la Universidad Pontificia de Comillas; es decir, a un jesuita.

Y es que los hallazgos que realizó Menéndez Ureña (1939-2014) sobre los orígenes, postulados y entrelazamientos de la ILE han marcado un punto de inflexión en el conocimiento de su historia. Su destape del fraude secular que fue el Ideal de la humanidad de Sanz del Río –plagio en realidad de unos artículos de Krause–, su monumental biografía de 1991 Krause, educador de la humanidad –reconocida en Alemania como la más importante obra publicada sobre este filósofo que tanto influyó en Fröbel y los institucionistas–, y luego su fundación en 1993 del Instituto de Investigación sobre Liberalismo, Krausismo y Masonería –grupo perteneciente a la citada Pontificia que cuenta con un selecto histórico de publicaciones–, fueron ya en vida de Ureña méritos suficientes como para hacer de su nombre un imprescindible; después de Ureña, se dice, ya no es posible escribir sobre el krausofröbelismo sin citar a Ureña.

En fin, que llegados a este punto y atreviéndome a divagar, me imagino qué cimas no habría coronado la educación española de haber contado Giner en su tiempo con el concurso de jesuitas como este; o sea, si los Jesuitas de entonces hubiesen aceptado de la ILE lo que ahora les viene de Harvard. Quizás habrían llevado su Ratio Studiorum al siglo XXI desde el XIX, impulsando en su salto al grueso de la nación española. ¡Ay, Compañía de Enseñanza, Institución Libre de Jesús! ¡Ay, Alianza de la Humanidad soñada por Krause y punto omega de la evolución cósmica columbrado por Teilhard de Chardin! Sobresaliente jesuita también, este último, y cuya muerte cumplió en abril su sesenta aniversario.

Pero todavía estamos a tiempo. Porque unos jesuitas catalanes piensan hoy, como entonces Giner, que la educación pide urgente reforma, y que en esta la Pedagogía tiene su decir y su quehacer. Y coinciden con Krause en que: “Lo tradicional en cuanto tal y porque haya sido entregado por la tradición no tiene derecho ni validez alguna para todos los tiempos”. Y parece que también están con Giner en que: “La reorganización de la escuela primaria y la ampliación depurada de sus formas y métodos constituye una empresa inmediatamente asequible”. Y que mientras esto no se comprenda –como añadía el genial malagueño–, poco ha de esperarse de nuestros centros docentes, públicos o privados, para la cultura y el progreso de nuestra patria.