José Bono forma parte de ese sector de la clase política española que si algo no suscita entre la población es indiferencia. Una afirmación similar puede predicarse de la obra que tenemos entre manos.
Tras su lectura, el lector podrá etiquetar al autor como políticamente incorrecto. Asimismo, también comprobará que existe cierto afán de revancha, nunca de justificación, cuando se refiere a ciertas personas (no solo “rivales” del Partido Popular) y analiza determinados escenarios (Irak, Afganistán, nacionalismos periféricos…).
Como eje transversal, Bono insiste, quizás demasiado, en que mientras integró el Gobierno de Rodríguez Zapatero, se caracterizó por su independencia de pensamiento y de acción. Esta tesis se advierte, por ejemplo, en sus relaciones con la Monarquía (institución que defiende a ultranza) o con los medios de comunicación (la cercanía hacia El Mundo y su director contrasta con la actitud equidistante, o incluso distante, hacia el Grupo Prisa).
Por tanto, quien tenga interés en analizar y reflexionar sobre el primer Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero hallará esta obra de inestimable valor. Así, aunque una pluralidad de temas desfilan a lo largo de sus casi 400 páginas, la dinámica de confrontación permanente impulsada por el tripartito presidido por Pascual Maragall (con la inestimable colaboración de CiU), supone el asunto al que más importancia cuantitativa y cualitativa concede el autor.
En efecto, las ideas expresadas por Bono sobre las verdaderas intenciones de la reforma del Estatuto de Cataluña le distanciaron de la política oficial seguida por su partido y le enfrentaron con el PSC. Al respecto, la figura de Pascual Maragall no sale bien parada, principalmente por haber liderado la mimetización del socialismo catalán con el nacionalismo de CiU y ERC. Dicho con otras palabras: el exalcalde de Barcelona inició una competición soberanista que, con el paso del tiempo, ha terminado por afectar negativamente al PSOE a nivel nacional, sin que por ello en Cataluña hayan mejorado sus resultados electorales, más bien ha ocurrido lo contrario.
En este sentido, se echa en falta algo más de crítica a la figura de Rodríguez Zapatero, del que en muchas ocasiones, sin quererlo, nos trasmite la imagen de convidado de piedra. Sin embargo, fue el artífice, en última instancia, del nuevo Estatuto de Cataluña, justificándolo bajo diferentes expresiones, como la “España plural”, que le sirvieron para estigmatizar al PP, aspecto este último que no goza de cabida en la obra.
A favor de Bono cabe que decir que ni antes ni ahora ha modificado un ápice su concepción sobre el nuevo Estatuto de Cataluña (ni, por extensión, del nacionalismo catalán o del PSC). De hecho, ciertamente se mostró visionario cuando anticipó, siendo ministro de Defensa, que fomentaría la división entre los españoles ya que sentaba las bases para la secesión. Igualmente, ni compartió (ni comparte) con su partido que el federalismo sea una suerte de ideología infalible, susceptible de solventar de un plumazo los problemas derivados de la articulación territorial del Estado.
Hubo otros asuntos que distanciaron a José Bono del Gobierno, por ejemplo, la memoria histórica o la visión de Estados Unidos. Así, aunque el manchego rechazó la guerra de Irak, de sus relaciones con los principales actores de La Casa Blanca no se deduce que practicara un antiamericanismo de cortas miras. De hecho, en cierta manera se atribuye un rol mesiánico cuando reconoce que el Rey Juan Carlos I depositó en él las esperanzas necesarias para reconducir las relaciones con Washington, muy deterioradas por actitudes como las de Rodríguez Zapatero de no levantarse ante el paso de la bandera americana. Sin embargo, como ha demostrado la historia, ni George Bush primero ni Barack Obama después, volvieron a considerar a España un estrecho aliado.