Literatura Random House. Barcelona, 2015. 192 páginas. 16,90 €. Libro electrónico: 10,99 €
Por Rafael Narbona
Félix de Azúa (Barcelona, 1944) sigue la estela de la “novela del yo”, un género extraordinariamente popular en Japón, pero minoritario e incomprendido en el resto del mundo. Kenzaburo Oé es uno de los máximos representantes de ese peculiar género, donde se mezcla lo autobiográfico y lo ficticio, lo más íntimo y lo más remoto, provocando una deliberada perplejidad en el lector. Génesis es la tercera entrega de unas falsas memorias. En esta ocasión, Azúa ensaya una insólita pirueta, fundiendo la experiencia del exilio con una atípica lectura del primer libro del Antiguo Testamento. El narrador es “un profesor benévolo, aunque particularmente solitario. Arisco y misántropo”. Azúa ha aclarado que no es él, pero al mismo tiempo ha deslizado que el yo es una ficción que solo se esclarece al confundirse con el otro. Llamamos personalidad a la dispersión que se agita en nuestro interior.
Los capítulos de Génesis son las dos caras de una moneda que gira como una peonza enloquecida. Cuando atisbamos un lado, el otro ya ha ocupado la retina, mezclando pasiones, metáforas y perplejidades. Las penalidades de la viuda Mariló en la Venezuela de los cincuenta se aproximan al serial radiofónico y al culebrón televisivo, pero sin sus pretensiones de verosimilitud. En los años de la posguerra, una familia vasca huye de la represión franquista, prosperando con una actividad empresarial aparentemente normal. Sin embargo, su fortuna procede de una gigantesca estafa que desembocará en un enfrentamiento mafioso. Azúa se desenvuelve con la soltura de Scorsese por los turbios vericuetos del crimen organizado, logrando enredarnos e inquietarnos.
Paralelamente, la historia de Génesis se despliega como un conflicto cósmico y metafísico, que desmonta los relatos de la teología judeocristiana. Dios no creó el universo por amor, sino por una combinación de tedio y fatalidad. Después de aniquilar a otros dioses, el Ser brotó de un grito de espanto, que desató horripilantes cataclismos. Como cualquier nacimiento, fue traumático e implicó división, separación, pérdida, incertidumbre. Engendrar al hombre solo añadió más dolor. El ser humano es un animal más inteligente que el resto, pero eso no constituye una ventaja, sino una maldición. Su lucidez comprende, “aunque oscuramente, la inutilidad de despertar y ejercer el juicio”. El hombre intentó sofocar su incipiente conciencia, pero Dios extendió su dedo índice y abrió su mente, propiciando el ruido y la furia que desataría del despertar de la razón en un mundo sin sentido ni finalidad.
Ese momento trágico contrasta con la visión milagrosa de una niña, símbolo de la belleza que despunta en la corriente del devenir, aliviando fugazmente nuestro pesar. Azúa opina que la religión y la ciencia no pueden salvar al ser humano. La política es una quimera aún más frágil, que solo sirve para propagar el desconsuelo. Nietzsche no se equivocaba: el mundo solo se justifica como fenómeno estético. No hay otro absoluto que la belleza. El árbol de la ciencia no reveló el secreto de la vida, sino la impotencia de la carne frente a la muerte. “¡Que haya conocimiento, pero no para nosotros!”, exclaman Adán y Eva, cuando la serpiente les iguala a Dios, un ser desdichado que anhela morir.
Azúa convierte a Caín en el padre mítico de la horda primitiva. Al matar a su hermano, no se hace mil veces maldito, pues Adán y Eva -aunque lo ignora- le perdonan. Su destino es aún más dramático, pues arroja a la especie humana al vendaval del Tiempo, donde el hombre mata al hombre, transformando sus crímenes en edades o períodos. Abel es el pastor que pierde su tierra natal, cuando la quijada de un asno le devuelve a las entrañas de la tierra. Caín es su verdugo, pero su triunfo es el gesto que revela el pecado cometido por Dios al infundir vida a la materia. No es agricultor por azar, sino porque la Sangre y el Suelo echan raíces profundas y envenenadas. Escribe Azúa: “la creación es un castigo y lo hemos de vivir como una fiesta, si no queremos perder la razón”. Caín es un instrumento de Dios, un ser tan inocente como Judas Iscariote, inmolado para urdir la escenografía de la Pasión. Aunque Caín entrega a la horda primitiva el poder del fuego, no es Prometeo, sino Sísifo, condenado a vivir contra su voluntad. Desea ser “un montoncito de ceniza”, pero Dios ha prohibido matarle, encadenándole a la vida.
Félix de Azúa no decepciona. No es un novelista convencional, sino un escritor que se burla de los géneros, con humor e inteligencia. Génesis puede leerse como una novela que ha asimilado las lecciones de Stendhal, creando personajes con emociones complejas e imprevisibles, pero también como una ingeniosa parábola, que escarnece, desmenuza y reinventa los mitos fundacionales de nuestra cultura. La prosa es fluida, fresca, irónica y levemente poética. Pienso que Génesis es un apólogo, que nos enseña algo esencial, sin incurrir en la pedantería o la retórica: el Edén no es un remoto Paraíso, sino una sonata de Mozart bajo firmamento estrellado, con un azul tan profundo como el Mediterráneo en una noche de verano.