Los Lunes de El Imparcial

Vicenta Márquez de la Plata: La conjura del profeta

NOVELA

Domingo 24 de mayo de 2015

Stella Maris. Barcelona 2015. 386 páginas. 21 €

Por Jorge Pato García




El Siglo de Oro en España sin duda alguna nos ha dejado un legado impresionante en diferentes campos que colocan a la cultura y a la historia de España en un lugar destacado. Es en este entorno temporal donde se desarrolla esta novela, en la que personajes históricos celebérrimos se entrecruzan a lo largo del relato biográfico de Miguel de Piedrola. Este inicialmente anónimo chaval, que vivió su infancia bajo los cuidados del arcipreste don Juan de Órbigo, parece abocado a un futuro mediocre y poco definido, casi tan poco definido como sus orígenes, ya que desconoce quiénes son sus progenitores. Pero aunque su vida es más bien anodina, su persona oculta un gran secreto, él tiene un ángel de la guarda, el gran profeta Ezequiel, que no solo le protege, también se le aparece en sueños aconsejándole e incluso propiciándole sueños premonitorios de acontecimientos que no tienen que estar directamente ligados a su persona, pero que tarde o temprano le acaban afectando, de muy diferentes maneras.

Como es comprensible, la Santa Inquisición, en su afán y labor por vigilar la ortodoxia de la fe en los territorios de Su Majestad Católica, no podía permitir que hubiese un oniromante de fama internacional. Por otro lado, lo acertado de sus predicciones hizo que el mismísimo Felipe II le librase de las zarpas inquisitoriales para poder seguir haciendo uso de las predicciones. Pero al igual que es una época de esplendor y de continuo día en el imperio español, fue una etapa convulsa y llena de intrigas en contra del que era el rey del mundo y Miguel de Piedrola también se vio envuelto en una de estas conjuras.

Él descendiente de los reyes de Navarra, profeta, soldado con destreza empuñando la espada, predijo la caída de la monarquía española, de la propia iglesia y el inicio de un nuevo tiempo en el que él junto a unos pocos elegidos detentarían el poder. Y tan rápido como fue su ascenso, lo fue su caída en desgracia. El estricto y férreo monarca Don Felipe, otrora defensor de Miguel tomó la decisión de borrarle del mapa, pero tras los acontecimientos de la conspiración de la Princesa de Éboli y Antonio Pérez no quería que el poder real volviese a estar puesto en tela de juicio al salpicarse de sangre.

Miguel de Piedrola, el que había compartido vivencias con Juan de Austria, con Andrea Doria, con notables como Juan de Herrera o Arias Montano, desapareció al quedar confinado en el Castillo de Guadamur. Allí estuvo recluido hasta que murió, viviendo dignamente, bien alimentado, pudiendo pasear por esta fortaleza toledana. La única condición era que nunca vería ni sería visto por sus guardianes. De este modo, sumido en el anonimato y aislado del mundo, solo le acompañó en esos días el único que nunca le abandonó, el profeta Ezequiel.