ORIENT EXPRESS
Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 24 de mayo de 2015
La toma de Palmira por los terroristas del Estado Islámico ha suscitado en todo el mundo la preocupación por el destino de sus prodigiosas ruinas romanas. Junto a la propia Roma, Pompeya y Petra –la ciudad de los nabateos- la capital de la reina Zenobia, que fue un punto fundamental en la Ruta de la Seda, es una de las grandes joyas de la arquitectura romana. El ejército sirio ha salvado cuanto ha podido en su retirada a medida que los hombres de Al Baghdadi avanzaban. El precedente de la destrucción de Nimrud en abril de este año hace augurar lo peor para Palmira.
Es cierto que la doctrina coránica no obliga a la destrucción de patrimonio histórico previo al nacimiento del Islam. Durante siglos, las ruinas y restos arqueológicos han sido preservados –o, al menos, respetados- en los lugares que quedaron dentro de los sucesivos imperios islámicos y los Estados que los sucedieron. El dicho del profeta Muhammad que el Estado Islámico invoca para justificar la destrucción de los tesoros arqueológicos y las ciudades antiguas –y que recogen las principales colecciones de hadices como Muslim y Al Bujari- ordena no dejar imagen sin desfigurar ni tumba sin nivelar. Sin embargo, esto se ha interpretado como una prohibición de la idolatría, es decir, del culto de imágenes y tumbas, y no como una obligación de destruir los restos de civilizaciones y culturas del pasado. El islam condena el culto de las imágenes pero no la arqueología.
Por otra parte, el Estado Islámico ha descubierto el poder propagandístico de la destrucción del patrimonio histórico. Sus vídeos producen conmoción y paralizan por la manifestación de fuerza que significan. A la indignación del mundo, se suma el miedo. Las protestas y los lamentos silencian el hecho de que son pocos los países que quieren enviar tropas a combatir contra el ISIS. Quienes luchan sobre el terreno –sirios, iraquíes árabes y kurdos, iraníes, árabes cristianos, chiíes de Hizbolá- saben que solo se puede vencer si se despliega la infantería sobre el terreno y que ningún país occidental quiere enviar tropas. A El Baghdadi tendrán que derrotarlo por tierra árabes, kurdos e iraníes.
Por otra parte, el ISIS suele denunciar la supuesta hipocresía de Occidente, que, según dicen los terroristas, se indigna ante la destrucción de las ruinas pero calla ante la muerte de seres humanos. Al margen de la demagogia que subyace en el argumento, no se debe minusvalorar su poder persuasivo.
La destrucción de los Budas de Bamiyán –de unos mil quinientos años de antigüedad- en 2001 elevó un clamor de horror y protesta, pero la reacción quedó ahí. Nadie hizo nada por salvarlos. Hoy el poder propagandístico de estas atrocidades se multiplica gracias a las redes sociales y la tecnología digital.
Es posible que el ISIS valore que puede serles contraproducente destruir los tesoros arquitectónicos de Palmira pero los precedentes no presagian nada bueno.