Opinión

Desconcierto nacional

COSAS VEREDES

María Cano | Lunes 25 de mayo de 2015

Los españoles quieren un cambio y el discurso de Rajoy ya no convence. Ni el de Rajoy ni el de Pedro Sánchez, si es que el guaperas líder socialista convenció alguna vez. Toca negociar, bajar a la arena y abandonar cómodas poltronas con vistas privilegiadas para pelear por cada ayuntamiento.

Creo que este lunes es el del estupor generalizado y la jornada de reflexión se está viviendo a posteriori. Porque los resultados dan para reflexionar, y mucho. Y si no que se lo digan a Artur Mas, que debe de haber pasado la noche en vela preguntándose cómo no vio pasar por su izquierda rauda y veloz a Colau en su bólido radical. Seguro que iba tan tranquilo camino de la meta al pasito tranquilo que permite la soberbia de creerse vencedor antes de tiempo cuando, de repente, llegó al final de la carrera y se encontró a la que se convertirá en la primera alcaldesa de Barcelona en el podio festejando su victoria. Me imagino la cara de Mas en plan: “debe de haber un error, creo que me he equivocado de carrera”. Pobre, hasta pena me da.

Y también me la dio Esperanza Aguirre, a la que sólo le faltó echarse a llorar durante su comparecencia tras el desastre en la capital. Ganó, sí, pero perdió la mayoría absoluta de Madrid y además obtuvo unos resultados bastante peores que los de su “compañera”, Cristina Cifuentes. Otra, Aguirre, a la que la soberbia le ha pasado factura.

Igual que a Barberá pero no vamos a enumerar aquí cada uno de los casos. El refranero español ya advierte de que cuando las barbas de tu vecino veas pelar pongas las tuyas a remojar, y Rajoy no sé si será capaz de reaccionar a tiempo y cambiar de traje y de actitud. Todo apunta a que no. En la noche del domingo, probablemente se mesaba la barba mientras hacía sus cálculos mentales sobre pactos, derrotas y futuribles, pero no hizo lo más importante, lo que una buena parte del electorado y de sus propios compañeros (candidatos, sobre todo, en distintos ayuntamientos) esperaban: dar la cara y decir unas palabras, por pocas que fueran. Fue el único líder de los grandes partidos que no habló. Mal, Rajoy. Esa falta de empatía es, en parte, la que está condenando al PP.

Ahora estamos todos esperando lo que tenga que venir sin tener muy claro qué será. Hemos abandonado, como sociedad, la zona de confort y esperamos con una mezcla de ansiedad, preocupación y curiosidad el futuro inmediato. Que vamos a tener una alcaldesa en Madrid parece bastante claro pero, ¿será Carmena?

Y otra gran duda es la de que si los pactos permiten gobernar a la izquierda, ¿llevarán a cabo lo pregonado? Esto es, ¿aumentarán el gasto público? De ser así, no llegaremos a fin de mes y urge aumentar los ingresos, y la solución más inmediata se me antoja… ¡anda! ¡subir los impuestos!

Carmona, el socialista, anoche brillaba exultante frotándose las manos. Parece que ya se preparan las mesas de negociación y hasta el café con pastas. Y un detalle de la comedida y políticamente correcta Cifuentes, que ha aguantado carros y carretas hasta que ya no ha podido más y le ha soltado un dardito a Espe, de la que esperaba que hubiera obtenido un “mejor resultado”. Ahí lo llevas.

Y las miradas atisban, allá en la lontananza, el panorama de unas elecciones generales que ya han comenzado a disputarse. El bipartidismo no ha muerto, de hecho PP y PSOE han obtenido el 52 por ciento de los votos, pero es el porcentaje más bajo de la democracia a 5 puntos del siguiente peor dato, el de 1987, año en el que PP y PSOE sumaron un 57,46 por ciento de los votos escrutados. Hay que recordar que han llegado a sumar hasta un 70,54 por ciento de los apoyos (en 2007).

Ahora, a pactar y a tratar de recuperar la confianza perdida de aquí a final de año. No es tarea fácil.