ENTRE ADOQUINES
Alicia Huerta | Miércoles 27 de mayo de 2015
Continúa siendo un insondable enigma explicarse fuera lo que ocurre dentro. Entender desde el otro lado de una frontera, y con sus indispensables matices, aquello que dentro de las mismas se decide, por ejemplo, en unos comicios. O por qué motivo, a líderes analizados con interés e, incluso, admirados en el extranjero, en casa se los ve con otros ojos: incapaces, anodinos, inclusive traidores a la patria. Por descontado, también a la inversa. Rusia y sus mandatarios de las últimas décadas son un interesante y, a la vez desconcertante, muestra de ello. Mijaíl Gorbachov y Vladimir Putin vendrían a ser los dos extremos. En el caso del primero, veterano político de origen campesino, aunque lograse que el mundo alabara sus, por entonces, impensables reformas - entre ellas las famosas Glásnot y Perestroika -, y que la apertura propiciada en el hermético régimen le valiese en 1990 el Premio Nobel de la Paz, no fue capaz de que en casa le quisieran demasiado. Es cierto que las nuevas libertades que había ido introduciendo en la Unión Soviética no lograron evitar su fracaso en la economía; y, para colmo, la apertura que debía de conducir a una democracia pluripartidista puso los pelos de punta a la vieja guardia, que la consideraba mucho más que excesiva. Invitado por los máximos líderes del Planeta, a Gorbachov, sin embargo, los suyos le querían lejos del poder, aislado en su dacha. Fue pieza clave para derribar la opresora dictadura del Este, pero los reconocimientos le llegaban desde el Oeste.
En la actualidad, ocurre precisamente lo contrario con el polémico y extravagante Vladimir Putin. Desde fuera, resulta un oscuro personaje que cada vez oculta menos su nostalgia por aquellos viejos tiempos en los que la Unión Soviética era una temible gran potencia y él ejercía como agente del KGB, destinado en la ciudad alemana de Dresde justo cuando cayó el muro. Moscú era entonces la capital de un imperio, y Putin ya ha declarado públicamente en diversas ocasiones que el colapso de la Unión Soviética fue, a su juicio, el mayor desastre geopolítico del pasado siglo. “Decenas de millones de nuestros conciudadanos y compatriotas se encontraron de repente fuera del territorio ruso y la epidemia de desintegración infectó a la propia Rusia”, aseguraba en 2007, y su actuación en lo concerniente, primero, a la península de Crimea y, a continuación, a la guerra que aún se libra en Ucrania, no dejan lugar a dudas de que el plan de Putin es “recuperar” territorios, apelar al patriotismo como tronco al que se agarra una población que ya ha vuelto a perder aquellas libertades que en Occidente tanto deseábamos para sus habitantes. Y, de paso, para la imposible paz mundial.
En todo caso, Putin se crece porque puede permitírselo. Sus índices de popularidad no han dejado de aumentar, con clubs de fans bien nutridos de jóvenes entusiastas de Facebook y otras redes sociales que lo consideran un referente como líder filosófico- social, y cada vez son menos los medios de comunicación o adversarios políticos que osan levantar la voz. La lista de periodistas, empresarios o activistas contrarios a Putin que han terminado víctimas de tragedias personales inexplicables, procesos judiciales sin claro fundamento o fallecimientos inesperados y altamente sospechosos empieza a ser demasiado larga. La opción es clara: apoyar a Putin o pasar desapercibido.
Estarse calladito. La última medida de Putin para evitar esas críticas que le enervan es la recién aprobada ley que permite declarar a organizaciones no gubernamentales, extranjeras o nacionales, como “indeseables” en Rusia si suponen una amenaza para el orden constitucional del país, su defensa o seguridad nacional, contemplando multas para los ciudadanos que colaboren con ellas.
Desde Human Rights Watch y Amnistía Internacional ya se ha condenado la medida, que ambas organizaciones consideran parte de una “represión draconiana que está asfixiando a la sociedad civil”. El eco de estas declaraciones, por supuesto, podrá escucharse solo fuera. Porque esta ley es únicamente una mínima parte de la intensa campaña puesta en marcha por el Kremlin para cercar a la disidencia, intensificada desde que Putin comenzó su tercera legislatura como presidente en 2012. Desde Estados Unidos también se alerta de la creciente represión del Gobierno ruso sobre las voces independientes y de las medidas deliberadas para aislar al pueblo ruso del resto del mundo. Pero, allí, en Rusia, 25 años después de la caída del muro, buena parte de la población aún se pregunta qué ocurrió con su imperio y quiere creer que, como defiende Putin, la Unión Soviética fue derrotada por una oscura conspiración internacional con el traidor Gorbachov como principal cómplice de su desgracia.
No importa en Rusia – o simplemente no se sabe – que Transparencia Internacional cifre el coste anual de los sobornos en aquel país en trescientos mil millones de dólares. O que la fuga de capitales a bancos occidentales, oficialmente estimada en treinta y cinco mil millones de dólares desde 2005, equivalentes al 5% del PIB, haya convertido a Rusia en la más desigual de todas las economías emergentes, donde solo un centenar de billonarios controlan el 35% de la riqueza total del país (energía, minerales, siderurgia, defensa). Todos ellos, esos billonarios que arrasan con sus abultadas billeteras en las ciudades más glamurosas y caras del mundo, son desde luego amigos de Vladimir Putin. Quien aún se atreve o tiene oportunidad de verlo dentro de Rusia, sabe que se juega mucho denunciándolo. Demasiado. La ruina, la libertad o, incluso, la propia vida. Que no existe la opción de discrepar con Putin, es lo que vemos desde fuera. Por el momento, sin embargo, dentro de Rusia ganan por goleada sus admiradores. Consideran a su estrambótico presidente como el Hércules del Siglo XXI. Que el destino o, mejor aún, el sentido común nos libre a todos, en cualquier parte del mundo, de los salva patrias.
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